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Veinte años callando lo que pasó en aquel cumpleaños
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El Payaso de Torres del Nogal

Veinte años callando lo que pasó en aquel cumpleaños

El Payaso de Torres del Nogal - hook 1
Llevo veinte años pintándome la cara para hacer reír a niños. Pero hay una fiesta de la que nunca hablo. La del doce de octubre de 2003, en Torres del Nogal. Porque lo que vi esa tarde no tiene explicación, y lo peor es que creo que todavía no ha terminado.
El Payaso de Torres del Nogal - contexto 1
Me llamo Héctor, pero los niños me conocen como Pirulín. Llevo desde el noventa y ocho animando cumpleaños en conjuntos residenciales del norte de Bogotá. Usaquén, Cedritos, Santa Bárbara. Siempre la misma rutina: llego dos horas antes, inflo globos hasta que me duelen las mejillas, monto el equipo de sonido, me pinto la cara en el baño de servicio. El olor a látex de los globos mezclado con la pintura grasa se me quedó metido en la nariz para siempre. Es un olor dulce y químico, como caramelo podrido. Torres del Nogal era uno de mis conjuntos favoritos. Cuatro torres de ladrillo rojo rodeando un parque central con columpios, un rodadero amarillo y un arenero grande. Los sábados se llenaba de familias. Doña Carmen, la administradora, me contrataba tres o cuatro veces al año. Yo conocía a casi todos los niños por su nombre. Era un lugar seguro. O eso creíamos todos.
El Payaso de Torres del Nogal - primer evento 1
La fiesta era para Valentina, que cumplía siete. Había como quince niños corriendo por el parque. Yo estaba haciendo figuras de globos junto al rodadero cuando noté que el arenero olía raro. No a arena húmeda, que es lo normal. Olía a metal. Como cuando uno se corta y se huele el dedo. Pensé que algún niño se había raspado, pero no vi sangre en ningún lado. Me acerqué y la arena estaba tibia. No caliente por el sol, tibia como si algo debajo la estuviera calentando desde abajo. Pasé la mano y sentí esa temperatura uniforme, pareja, como la piel de alguien con fiebre. Me pareció raro pero seguí con mi trabajo. Entonces una niña, Sofía, se me acercó jalándome el pantalón. Tenía los dedos llenos de arena. Me dijo con una voz muy tranquila: 'Pirulín, la arena está respirando'. Me reí. Los niños dicen cosas así. Pero cuando volteé a mirar el arenero, vi que la superficie se movía. Despacio, rítmico. Como un pecho que sube y baja.
El Payaso de Torres del Nogal - escalada 1 1El Payaso de Torres del Nogal - escalada 1 2
Seguí con la fiesta porque qué más iba a hacer. Puse música, hicimos la ronda del lobo, canté cumpleaños feliz. Pero algo había cambiado. Los columpios se movían solos. No con viento, porque las hojas de los árboles estaban quietas. Se mecían despacio, con un chirrido constante que sonaba como una canción infantil desafinada. Los niños no se acercaban a ellos. Ninguno. Quince niños en un parque y nadie quería columpiarse. No se dijeron nada entre ellos, simplemente los evitaban como si hubiera un acuerdo silencioso. Doña Carmen trajo la torta y cuando la puso en la mesa de cemento, las velas se encendieron solas. Yo tenía el encendedor en el bolsillo. Ella me miró, yo la miré a ella, y las dos miradas decían lo mismo: eso no acaba de pasar. Pero las quince llamitas estaban ahí, firmes, sin que nadie las hubiera tocado. Olían distinto a las velas normales. Olían a tierra mojada después de un entierro, ese olor dulzón y pesado que se te pega en la garganta.
El Payaso de Torres del Nogal - escalada 2 1
Después de partir la torta, tres niños se separaron del grupo. Santiago, Mariana y el pequeño Tomás. Yo estaba recogiendo platos de cartón cuando escuché a Santiago decir algo que me heló las manos. Dijo: 'Ya nos están llamando'. Lo dijo tranquilo, como quien dice que ya llegó el bus. Los tres caminaron hacia el arenero. Yo solté los platos y fui detrás de ellos. El arenero ya no respiraba. Ahora vibraba. La arena se movía en círculos lentos, como un remolino que se forma en una bañera cuando se destapa. Y del centro salía un sonido. No era un ruido fuerte. Era un murmullo, como muchas voces de niños hablando al mismo tiempo pero a un volumen tan bajo que no se entendía nada. Sentí el frío primero en los tobillos. Un frío húmedo que subía desde el suelo a pesar de que eran las cuatro de la tarde y hacía veintitrés grados. Los tres niños se pararon al borde del arenero y se quedaron mirando el centro del remolino. Ninguno parpadeaba.
El Payaso de Torres del Nogal - climax 1El Payaso de Torres del Nogal - climax 2
Grité sus nombres. No se movieron. Corrí hacia ellos y agarré a Santiago del brazo. Su piel estaba helada, como tocar una bolsa de hielo. Le di la vuelta y tenía los ojos abiertos pero no me estaba viendo a mí. Miraba a través de mí, como si yo fuera transparente. Entonces la arena del centro del remolino se hundió. Se abrió un hueco negro del tamaño de una tapa de alcantarilla. No se veía fondo. Solo oscuridad y ese olor a metal que ahora era tan fuerte que me daban arcadas. De adentro del hueco salió una mano. No era una mano de adulto ni de niño. Era del tamaño de la mano de un niño pero los dedos eran demasiado largos, y se movían como si no tuvieran huesos, ondulando como gusanos. La mano tocó la arena del borde y dejó marcas que parecían letras, pero en ningún idioma que yo conozca. Mariana dio un paso adelante. Tomás dio otro. Yo jalé a Santiago con toda mi fuerza pero fue como tratar de mover una estatua de cemento. Un niño de seis años que pesaba como si estuviera anclado al suelo. Entonces alguien gritó. Creo que fue doña Carmen. Y el hueco se cerró en un segundo, la arena se alisó como si nunca hubiera pasado nada, y los tres niños cayeron al suelo inconscientes. Pero no eran tres. Eran dos. Cuando los conté, eran dos. Santiago y Mariana. Tomás no estaba. Después encontraron que faltaban también los otros dos. Nadie vio cuándo ni cómo. Solo dejaron de estar.
El Payaso de Torres del Nogal - resolucion 1
Sellaron el parque con cadenas esa misma semana. La policía investigó durante meses y no encontró nada. Ni túneles, ni huecos, ni rastros. La arena era arena normal. Yo declaré tres veces y cada vez me miraban como si estuviera loco. Dejé de trabajar seis meses. Cuando volví a pintarme la cara, evité Torres del Nogal para siempre. Pero a veces paso por ahí en el bus. El parque sigue sellado, la arena sigue ahí, los columpios siguen oxidándose. Y cada octubre, los vecinos dicen que se escuchan risas de niños de madrugada. Risas que vienen de abajo. Yo ya no animo fiestas que tengan arenero. Y si algún niño me dice que la arena se mueve, recojo mis cosas y me voy. Porque hay algo debajo de ese parque que come niños. Y tiene paciencia. Mucha paciencia.

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