Saltar al contenido
Sellaron los túneles en 1994. Nadie preguntó si había algo dentro.
6 min de lectura5 min de audio

Lo que respira bajo Kowloon

Sellaron los túneles en 1994. Nadie preguntó si había algo dentro.

Lo que respira bajo Kowloon - hook 1
Los caracteres que encontré grabados en el tercer nivel no eran advertencias. Eran disculpas. Quien los talló no intentaba mantenernos fuera. Pedía perdón por lo que íbamos a despertar.
Lo que respira bajo Kowloon - contexto 1Lo que respira bajo Kowloon - contexto 2
Me llamo Andrés, soy ingeniero hidráulico de Zaragoza y llevo tres semanas viviendo en un contenedor de obra aparcado sobre la boca de acceso al antiguo sistema de drenaje de Kowloon City. El gobierno de Hong Kong quiere reconvertir los túneles sellados en cisternas de captación pluvial, y alguien tiene que bajar a medir caudales residuales, tomar muestras de hormigón y decidir si la estructura aguanta medio siglo más. Ese alguien soy yo. La rutina es siempre igual: a las seis bajo con el equipo, a las dos subo, como arroz con lo que haya en un puesto callejero del barrio y paso la tarde volcando datos en el portátil. Por las noches, el contenedor huele a óxido caliente y plástico recalentado por el sol del día. Se oye el zumbido constante del tráfico de la autopista elevada y, debajo de todo eso, algo que al principio tomé por el eco del agua estancada. Un goteo rítmico, lento, casi orgánico. Como una respiración húmeda que nadie está produciendo.
Lo que respira bajo Kowloon - primer evento 1
La primera semana encontré los caracteres. Estaban tallados a la altura de la cintura en un conducto lateral del nivel dos que no figuraba en ningún plano original. Mi linterna halógena los iluminó de golpe: trazos profundos, angulosos, cortados en el hormigón con algo metálico y afilado. Hice fotos y se las envié a un lingüista de la Universidad de Hong Kong que colaboraba con el proyecto. Me contestó al día siguiente con un mensaje que releí tres veces: «No es cantonés, ni mandarín, ni hakka. Algunos radicales parecen chinos arcaicos, pero la estructura gramatical no tiene sentido en ningún dialecto documentado. ¿Estás seguro de que esto no es vandalismo reciente?» Estaba seguro. El hormigón dentro de las incisiones llevaba décadas oxidándose. Esa misma tarde, al repasar las grabaciones de audio ambiental que dejo corriendo para registrar filtraciones, encontré algo en el minuto cuarenta y dos. Entre el goteo del agua y el eco metálico, había una voz. Muy baja. Un susurro repitiendo una cadencia de tres sílabas que no supe identificar. Revisé el túnel entero. Estaba completamente solo.
Lo que respira bajo Kowloon - escalada 1 1
Tres días después, la brújula de mi equipo topográfico empezó a dar lecturas imposibles. El norte magnético saltaba cuarenta grados cada vez que me acercaba al conducto lateral. Pensé en interferencias por las armaduras de acero del hormigón, pero llevo quince años trabajando en infraestructura subterránea y jamás había visto variaciones así. Era como si algo generara su propio campo magnético al otro lado de esa pared. Esa noche, en el contenedor, me desperté a las tres con un olor que no debería existir a nivel de calle: incienso. No el dulzón que venden en los templos del barrio, sino uno acre, amargo, como madera de sándalo quemada mezclada con algo animal, algo que recordaba a pelo chamuscado. Bajé la nariz hasta la rejilla del suelo del contenedor —hay una trampilla que da directamente al pozo de acceso— y el olor subía denso, tibio, como el aliento de algo grande. Puse la mano sobre la rejilla metálica. Estaba caliente. No templada por la noche tropical: caliente de verdad, como si alguien hubiera apoyado las palmas desde abajo durante horas, transfiriendo un calor paciente y sostenido.
Lo que respira bajo Kowloon - escalada 2 1Lo que respira bajo Kowloon - escalada 2 2
La segunda semana dejé una cámara GoPro grabando toda la noche en el conducto lateral, sujeta con cinta americana al techo. A la mañana siguiente la encontré a veintidós metros de donde la había dejado, apoyada con cuidado contra la base de la pared, con la lente orientada directamente hacia los caracteres. La cinta seguía pegada al techo, sin cortar, sin rasgar. Simplemente despegada con delicadeza. La batería estaba muerta. En el contenedor, conecté la tarjeta SD al portátil con las manos sudando sobre el trackpad. Las primeras cuatro horas mostraban el túnel vacío, el charco de siempre reflejando el LED de la cámara como un ojo blanco. Luego, en el frame 58.407, la imagen se saturaba de un tono rojizo, como si alguien hubiera encendido una bengala fuera de plano. Durante exactamente diecinueve segundos, los caracteres de la pared parecían húmedos, brillantes, como recién repasados con un dedo mojado en algo oscuro. Después, negro. Dos horas de negro absoluto. Y luego la cámara ya estaba al otro lado del conducto, filmando la pared. Envié un correo a mi empresa pidiendo un segundo técnico. Me dijeron que no había presupuesto.
Lo que respira bajo Kowloon - climax 1Lo que respira bajo Kowloon - climax 2
El jueves de la tercera semana bajé al nivel tres. Técnicamente estaba sellado desde 1994, pero la pared de bloques que cerraba el acceso tenía una grieta suficiente para pasar de lado apretando el pecho contra el hormigón frío. El aire al otro lado era distinto a todo lo que había respirado en semanas allí abajo: quieto, denso, pegajoso, con una temperatura estable de treinta y un grados que no correspondía con ningún modelo geotérmico del terreno. Mi linterna alcanzaba unos doce metros antes de que la oscuridad se la tragara entera, como si la luz tuviera un límite físico. Caminé despacio por el canal central. El agua me cubría los tobillos, más espesa de lo normal, casi viscosa, y cada paso producía un sonido de succión que no era solo agua. Entonces los vi. Los caracteres no estaban solo en las paredes. Cubrían el techo. El suelo. Cada centímetro de superficie disponible, grabados con una regularidad que no podía ser humana: mismo ángulo exacto, misma profundidad, misma distancia entre trazos. Miles de ellos, decenas de miles, como si el túnel entero fuera un mensaje escrito desde dentro hacia fuera. Apagué la linterna un segundo para comprobar algo que no quería comprobar. No estaba completamente oscuro. Al fondo del conducto, quizá a treinta metros, o quizá a trescientos —la perspectiva no tenía sentido—, había un resplandor pálido, anaranjado, que pulsaba a un ritmo lento y constante. Como un latido. Y el aire se movía hacia él, aspirado suavemente, como si el túnel entero estuviera respirando hacia dentro. Di tres pasos hacia atrás sin darme la vuelta. Luego corrí.
Lo que respira bajo Kowloon - resolucion 1
Subí mi informe el viernes. Recomendé sellado permanente del nivel tres y abandono del proyecto de cisternas citando «riesgo estructural crítico y anomalías geotérmicas no documentadas». Lo aceptaron sin una sola pregunta, lo cual me inquietó casi tanto como lo de abajo. Volé a Zaragoza el domingo. Han pasado dos meses. La semana pasada recibí un correo del lingüista de Hong Kong. Había encontrado una coincidencia parcial para los caracteres en un manuscrito funerario de la dinastía Song, siglo XII. La traducción aproximada decía: «Lo que duerme debajo del agua no está muerto. Solo cuenta los pasos de quien se acerca.» No le contesté. Pero desde que volví, cada noche, cuando bajo al garaje de mi edificio, cuento los pasos entre la puerta y el coche. Treinta y dos. Siempre treinta y dos. No sé por qué lo hago. Y lo que más miedo me da es que no puedo parar.

Escucha este relato con ambientación sonora

Ver en YouTube

Compartir

Más relatos