
Yo celebré mi cumpleaños número siete en Pelotástico. Quince años después me mandaron a desmontar las máquinas recreativas que quedaban dentro. Ojalá no hubiera reconocido el olor.


Me llamo Diego y llevo seis años reparando máquinas arcade, claw machines, esas de peluches que nunca sueltan nada. Trabajo para una empresa que compra lotes de máquinas antiguas en locales cerrados, las restaura y las revende. Es un trabajo solitario. Llegas a un sitio que lleva años sin abrir, desconectas, cargas, te vas. La mayoría de veces son boleras, salones recreativos, algún bingo. Pero cuando mi jefe me dijo que había un lote en el centro comercial Las Vías de Getafe, en un parque de bolas llamado Pelotástico, se me secó la boca. Yo había estado ahí. Mi madre me llevó por mi séptimo cumpleaños, en 2004. Recuerdo las luces ultravioleta, el suelo pegajoso de zumo derramado, el ruido constante de niños gritando dentro de los tubos de plástico. Recuerdo que me encantó. También recuerdo que cerró de golpe unos años después. Mi madre dijo algo sobre una denuncia, un niño que se perdió. Nunca pregunté más.

El guardia de seguridad del centro comercial me abrió la persiana metálica a las nueve de la noche. Dijo que prefería no entrar. Pensé que era broma. Dentro olía a plástico caliente y a algo dulce, como caramelo quemado, pero debajo de eso había otra cosa. Algo orgánico. Como cuando abres un táper que olvidaste dos semanas en la mochila. Encendí la linterna del casco y el haz barrió la sala principal. Las bolas seguían ahí. Miles de bolas de colores apiladas en la piscina central, cubiertas por una capa de polvo gris que las hacía parecer piedras. Los toboganes de plástico amarillo se curvaban desde el techo como huesos rotos. Y entonces lo oí: un chasquido suave, rítmico, como alguien apretando una bola de plástico con la mano. Clic. Pausa. Clic. Venía de la piscina. Me quedé quieto treinta segundos. Paró. Pensé: dilatación térmica. El plástico lleva quince años sin climatización. Se expande, se contrae. Normal.


Tardé una hora en localizar las tres máquinas. Dos claw machines y un air hockey. Estaban al fondo, detrás de la zona de cumpleaños, esas mesas largas con manteles de plástico que todavía tenían platos y vasos encima. Como si alguien hubiera montado una fiesta y todos se hubieran ido a mitad. Estaba desatornillando el panel trasero de la primera claw machine cuando noté movimiento en la piscina de bolas. No un sonido. Movimiento. Las bolas de la esquina derecha se desplazaron. Despacio, como si algo se arrastrara por debajo. Se movieron unos treinta centímetros en línea recta y pararon. Apunté la linterna. Nada. Solo bolas de plástico, polvo y el reflejo de mis propios ojos en el metacrilato de la máquina. Pero las bolas se habían movido. Eso no lo hace la dilatación térmica. Me arrodillé junto a la piscina y acerqué la mano. El plástico de las bolas estaba tibio. Quince años cerrado, sin calefacción, en marzo. Las bolas no deberían estar tibias.

Llamé a mi jefe. No contestó. Eran casi las once. Decidí terminar rápido y largarme. Desconecté la primera máquina, la cargué en la carretilla y la saqué al pasillo. Cuando volví a entrar, el aire había cambiado. El olor a caramelo quemado era más fuerte, casi espeso, y la temperatura había subido. Lo noté en la cara, ese calor húmedo de cuando entras en un baño después de que alguien se haya duchado. Y había otro olor debajo. Sudor. Sudor infantil. Ese olor ácido y limpio que tienen los niños cuando llevan horas corriendo. Lo reconocí porque yo tuve ese olor. Todos lo tuvimos. Entonces mi linterna parpadeó y en el medio segundo de oscuridad escuché algo que me dejó clavado: una risa. Corta. Aguda. Como la de un niño que acaba de tirarse por un tobogán. No venía de la piscina. Venía de los tubos. De dentro de los tubos de plástico del techo. Y cuando la linterna volvió, vi que una de las bolas de la piscina estaba fuera, en el suelo, a medio metro de mi pie. Era roja.


No recogí la bola. No toqué nada. Fui directo a la segunda máquina, la desconecté en dos minutos y la arrastré hacia la salida. Pero para llegar a la puerta tenía que pasar junto a la piscina. Y cuando pasé, las bolas empezaron a moverse. No como antes, no un desplazamiento suave. Se agitaban. Como si debajo hubiera alguien haciendo el ángel de nieve, moviendo brazos y piernas. El sonido era ensordecedor: miles de bolas de plástico chocando entre sí, un ruido que me transportó directamente a mis siete años, al sonido exacto de cuando nos tirábamos en la piscina y nos hundíamos hasta el cuello. Solté la carretilla y corrí. Pero antes de llegar a la persiana, me resbalé. Caí de rodillas y la linterna se estrelló contra el suelo. En los tres segundos que tardé en recuperarla, sentí algo tocar mi mano. Algo pequeño. Dedos. Dedos cortos y calientes que me agarraron el meñique y tiraron hacia abajo, hacia la piscina. No tiraron fuerte. Tiraron como tira un niño cuando quiere que juegues con él. Eso fue lo peor. No fue un tirón agresivo. Fue una invitación. Me arranqué la mano de lo que fuera aquello, cogí la linterna y salí de ahí gateando. No miré atrás. No recogí la carretilla. No cerré la persiana.

Le dije a mi jefe que la tercera máquina estaba soldada a la pared y que no merecía la pena. No volví. Pero hay algo que no puedo quitarme de la cabeza. Cuando llegué a casa esa noche y me quité la ropa, encontré algo en el bolsillo del pantalón. Una bola. Roja. Del tamaño exacto de las de Pelotástico. Yo no la cogí. Estoy seguro de que no la cogí. La tiré a la basura. A la mañana siguiente estaba en la mesa de la cocina. La volví a tirar. Dejó de aparecer al tercer día. Eso fue hace dos meses. La semana pasada mi jefe me llamó para decirme que el centro comercial va a demoler toda esa ala. Que necesitan que alguien saque la última máquina antes del viernes. Me ofreció el doble. Le dije que no. Me ofreció el triple. Y lo peor es que estoy pensando en decir que sí. Porque una parte de mí quiere volver a esa piscina.
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