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Nadie termina lo que Zubieta empezó en el piso 47
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El fresco inacabado

Nadie termina lo que Zubieta empezó en el piso 47

El fresco inacabado - hook 1
Tengo más de doscientas horas de vuelo filmando catedrales, puentes y fachadas que se caen a pedazos. He grabado ruinas donde no entraba nadie en décadas. Pero lo que registró mi dron en el piso cuarenta y siete de aquella torre en Bilbao no debería existir en ningún archivo.
El fresco inacabado - contexto 1
Me llamo Sergio. Llevo seis años volando drones para una empresa que documenta patrimonio arquitectónico. Lo normal son encargos municipales: iglesias románicas en pueblos de Burgos, fachadas modernistas en el Ensanche. Trabajo limpio, técnico, aburrido a veces. En noviembre del año pasado me llegó un encargo raro. Una fundación cultural quería material audiovisual de un mural que un tal Álex Zubieta dejó sin terminar en 2003 en una torre de oficinas del centro de Bilbao. Zubieta se había caído del andamio mientras pintaba. Murió en el acto. Desde entonces nadie tocó ese espacio. Veintiún años cerrado. Me mandaron las llaves por mensajería, un código de acceso al montacargas y un plano del piso. Sin acompañante. Sin guía. Me dijeron que el ascensor principal no funcionaba desde 2015 y que el montacargas tardaría exactamente tres minutos y cuarenta segundos en subir. Contados. Les pregunté si había electricidad. Me dijeron que parcial. Suficiente para el montacargas y poco más.
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El taller olía a trementina. Eso fue lo primero que noté y lo primero que no tenía sentido. Veintiún años cerrado y olía a trementina fresca como si alguien hubiera limpiado pinceles esa misma mañana. El espacio era enorme, un loft diáfano con ventanales industriales que daban a la ría. Había plásticos cubriendo el suelo, botes de pigmento en estanterías metálicas, un andamio de tres cuerpos pegado a la pared norte. Y el mural. Ocupaba toda la pared, unos diez metros de ancho por cuatro de alto. Zubieta había pintado lo que parecía una procesión de figuras caminando hacia una puerta que no existía. Las figuras estaban acabadas de cintura para abajo. De cintura para arriba eran bocetos a carboncillo, trazos sueltos. Excepto una. La última figura de la derecha tenía el rostro completo. Monté el dron, calibré la cámara y empecé a grabar planos generales. Fue al revisar el primer clip en la pantalla cuando lo vi: en la grabación, la pared del mural tenía una grieta que no estaba ahí cuando miré directamente.
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Aparqué el dron y me acerqué a la pared. La toqué. Yeso liso, frío, sin grietas. Volví a levantar el dron. En la pantalla, la grieta seguía ahí y se había extendido. Ahora cruzaba el torso de la última figura, la del rostro completo. Sentí algo húmedo en los dedos. Me miré las manos: tenían pigmento ocre, fresco, como si la pintura del mural llevara horas, no décadas. Pero yo no había tocado la parte pintada. Rebobiné el vídeo para verificar. Y entonces escuché algo. No venía de la calle ni del edificio. Venía de dentro de la pared. Un sonido rítmico, suave, como alguien raspando yeso con una espátula. Tac, tac, tac. Con una cadencia perfecta, casi mecánica. Me quedé inmóvil unos diez segundos cronometrados por la grabación. El sonido se detuvo exactamente cuando pulsé pausa en el controlador. Exactamente. Como si lo que fuera que producía ese ruido supiera que yo estaba grabando.
El fresco inacabado - escalada 2 1El fresco inacabado - escalada 2 2
Pensé en irme. Lo pensé de verdad. Pero necesitaba el material y la fundación pagaba bien. Así que levanté el dron otra vez y lo acerqué al mural para un plano detalle de la figura con rostro. En la pantalla del controlador vi el rostro de cerca por primera vez. Zubieta lo había pintado con un realismo que daba náuseas. Los ojos eran de un verde turbio, la boca estaba ligeramente abierta y tenía los labios agrietados. Parecía alguien que lleva mucho tiempo intentando hablar sin conseguirlo. Fue entonces cuando la temperatura bajó de golpe. No gradualmente. Un segundo hacía frío normal de noviembre en un edificio sin calefacción, y al siguiente mi aliento salía en vapor denso. El dron empezó a perder estabilidad. La gimbal vibraba. En la pantalla, la imagen temblaba y entre el temblor vi algo que me secó la boca: las figuras incompletas del mural, las que solo eran bocetos a carboncillo, tenían más detalle que antes. Alguien las estaba terminando.
El fresco inacabado - climax 1El fresco inacabado - climax 2
Aterricé el dron con las manos temblando. No de miedo todavía, o eso me dije, de frío. Guardé el equipo en la mochila y caminé hacia el montacargas. Iba a mitad del taller cuando la luz del montacargas se apagó. La única luz que quedaba era la de los ventanales, gris, insuficiente. Y entonces lo oí. No dentro de la pared. Detrás de mí. El sonido de un pincel mojado deslizándose sobre yeso húmedo. Largo, deliberado. Pude distinguir la textura de las cerdas, el peso de la pincelada, la forma en que la pintura se asentaba en el poro del revoque. No me giré. Quiero que entiendas esto: no fue valentía. Fue que mi cuerpo decidió que girarse era peor que no saber. Caminé los treinta metros hasta el montacargas mirando fijamente la puerta metálica. El sonido del pincel no se detuvo. Siguió en un ritmo lento, metódico, como alguien que tiene todo el tiempo del mundo. Cuando llegué al montacargas pulsé el botón y esperé los tres minutos y cuarenta segundos más largos de mi vida escuchando cómo alguien pintaba a mis espaldas. Las puertas se abrieron. Entré. Y justo antes de que se cerraran, en el reflejo del metal bruñido de la puerta, vi algo que todavía no he podido racionalizar. La pared del mural estaba iluminada. No por los ventanales, no por ninguna fuente de luz que existiera en ese espacio. Brillaba desde dentro del propio yeso. Y las figuras de la procesión, todas, tenían rostro.
El fresco inacabado - resolucion 1
Entregué el material a la fundación sin revisar el metraje. No quería verlo. Dos semanas después me escribieron para decirme que las tomas eran inutilizables. Todas. En cada fotograma, dijeron, había artefactos de imagen. Glitches que tapaban el mural. Les pedí que me mandaran una captura de ejemplo. Lo que me mandaron no eran glitches. Eran trazos. Líneas de carboncillo superpuestas sobre la imagen digital como si alguien hubiera dibujado directamente sobre cada frame del vídeo. Pregunté si habían mandado a alguien más al piso cuarenta y siete. Me dijeron que no. Que habían cancelado el proyecto. Que la última persona que subió antes que yo fue el técnico del montacargas en 2019 y que ese hombre dejó el trabajo al día siguiente sin dar explicaciones. A veces, cuando calibro el dron antes de un encargo, la cámara muestra un frame suelto. Dura menos de un segundo. Un muro blanco con trazos a medio hacer. Siempre el mismo muro.

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