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Galería La Penumbra, Valparaíso — clausurada en 1996 por algo que nadie supo explicar
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El Barniz No Cubría Nada

Galería La Penumbra, Valparaíso — clausurada en 1996 por algo que nadie supo explicar

El Barniz No Cubría Nada - hook 1
Llevo diecisiete años limpiando cuadros antiguos. He retirado barniz de obras que estuvieron en sótanos, en iglesias quemadas, en casas donde murió gente sola. Pero hay una pintura que no pude terminar de limpiar. Y no porque el barniz fuera difícil.
El Barniz No Cubría Nada - contexto 1El Barniz No Cubría Nada - contexto 2
Me llamo Esteban y restauro cuadros desde los veintitrés. Trabajo de noche porque el taller de la fundación solo tiene un turno disponible después de las diez, y porque, siendo honesto, me gusta la soledad del edificio vacío. El olor a trementina y acetona se vuelve parte de ti después de tantos años. Es un olor limpio, químico, que te dice que estás haciendo algo útil: devolviendo color a lo que el tiempo apagó. El taller queda en un segundo piso del centro de Valparaíso, con ventanales que dan a un callejón donde solo se escucha el goteo de alguna cañería rota y, a veces, los perros. Mi rutina es sencilla: llego, me pongo los guantes, enciendo la lámpara de inspección y trabajo con una obra a la vez. Cada cuadro tiene capas. Barniz, suciedad, humo de cigarrillo, grasa de cocina. Todo se acumula sobre la pintura original como una piel muerta. Mi trabajo es quitar esa piel sin tocar lo que hay debajo. Esa noche de julio me tocó un óleo sin ficha técnica. Solo decía: «Procedencia: Galería La Penumbra. Autor desconocido. 1989».
El Barniz No Cubría Nada - primer evento 1
Conocía la historia de La Penumbra. Todo restaurador en Valparaíso la conoce. Una galería pequeña que cerró después de que tres personas, en visitas separadas y sin relación entre sí, tuvieran crisis nerviosas frente al mismo cuadro. Desmayos, gritos, una mujer que se arrancó mechones de pelo. La versión oficial habló de ventilación deficiente y posible intoxicación por solventes en el espacio. Nadie la creyó del todo, pero nadie investigó más. Empecé a retirar el barniz con un hisopo de algodón y acetona diluida. Las primeras pasadas fueron normales: el algodón salía amarillo, marrón, a veces casi negro. Pero a la tercera pasada noté que el olor cambiaba. Ya no era acetona sobre barniz viejo. Había algo orgánico debajo. Como carne guardada en un tupper que se olvidó tres días en la oficina. Pensé que algún animal habría muerto dentro del marco. Revisé. No había nada. El olor venía del lienzo.
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Me puse mascarilla y seguí. Uno no para un trabajo porque huela mal; he limpiado cuadros que estuvieron en inundaciones, en incendios, en casas con gatos muertos. Pero a medida que retiraba más barniz, la imagen empezó a aparecer y el olor se intensificaba como si la pintura estuviera sudando. Era un retrato. No de una persona, exactamente. Era un rostro construido con otros rostros. Ojos que no correspondían entre sí, una boca que parecía abierta pero si mirabas bien estaba cosida con algo fino, casi invisible. Y las manos. Había manos por todas partes del fondo, como si la figura estuviera rodeada de gente que intentaba tocarla desde atrás del lienzo. Le saqué una foto con el celular para el registro de avance. Cuando revisé la imagen en la pantalla, la foto estaba completamente negra. La cámara funcionaba bien. Hice tres intentos más. Todas negras. Le eché la culpa a la iluminación y seguí trabajando, pero noté que la lámpara de inspección había empezado a parpadear con un ritmo lento, como si respirara.
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A la una de la mañana sentí que la temperatura del taller había bajado. No de golpe, sino como cuando abres una puerta y el frío entra arrastrándose por el piso. Me toqué los dedos: estaban entumecidos bajo los guantes, como si hubiera estado trabajando dentro de una nevera. Y entonces escuché algo que me hizo soltar el hisopo. Un sonido húmedo, pegajoso, como cuando despegás un trozo de cinta adhesiva de una superficie lisa. Venía del cuadro. Me quedé quieto, con la mano suspendida a centímetros del lienzo, y lo escuché de nuevo. Un despegue lento, viscoso. Como si algo detrás de la tela estuviera moviéndose, separándose de la superficie interior. El lienzo se tensó hacia afuera, apenas un milímetro, en la zona donde estaban las manos pintadas. Lo vi porque la luz rasante de la lámpara proyectó una sombra diminuta, un relieve que antes no existía. Retrocedí dos pasos. El olor ya no era orgánico. Ahora olía a metal caliente, como cuando tocás un barandal oxidado en verano.
El Barniz No Cubría Nada - climax 1El Barniz No Cubría Nada - climax 2
Debería haberme ido. Lo sé. Pero hay algo en diecisiete años de oficio que te entrena para no reaccionar, para observar, para documentar antes de actuar. Me acerqué con la lámpara portátil y la orienté directamente sobre la zona del abultamiento. El relieve se había expandido. Ya no era un milímetro. Era como si una mano completa presionara desde el reverso del lienzo, los dedos definidos bajo la tela, la textura del tejido estirándose sobre nudillos que empujaban hacia mí. Y la pintura sobre esa zona seguía intacta. Eso es lo que me desarmó: la imagen de las manos pintadas coincidía exactamente con la forma que presionaba desde atrás. Como si la pintura y lo que estaba debajo fueran la misma cosa. La lámpara se apagó. No parpadeó, no bajó de intensidad. Se apagó como cuando alguien cierra los ojos. En la oscuridad, durante los tres o cuatro segundos que tardé en encender la linterna del celular, escuché algo que todavía escucho cuando el taller está en silencio. Una respiración. No mía. Húmeda, irregular, con un burbujeo al final de cada exhalación, como alguien respirando a través de líquido. Cuando la luz del celular iluminó el cuadro, el lienzo estaba plano. Perfectamente plano. Pero el barniz que yo había retirado durante horas estaba de vuelta. Cada centímetro de la superficie cubierto de nuevo por esa capa amarilla y opaca, como si nunca la hubiera tocado.
El Barniz No Cubría Nada - resolucion 1
Dejé el cuadro en el taller y me fui. No corrí, pero caminé más rápido de lo que camino normalmente. Al día siguiente informé que la obra tenía daño estructural en el bastidor y recomendé no intervenirla. Nadie preguntó más. El cuadro fue devuelto al depósito de donde salió. Eso fue hace ocho meses. Sigo trabajando en el mismo taller, con el mismo turno. Pero ahora, cada vez que limpio barniz de cualquier otra obra, reviso. Paso el dedo por el reverso del lienzo antes de empezar. Y dos veces, solo dos, he sentido que algo del otro lado estaba tibio. Como si acabara de apoyar la palma alguien que ya no estaba ahí. O que todavía no se había ido.

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