
Mi esposa dice que nunca tuvimos hijos. Que las dos habitaciones del fondo siempre fueron un despacho y un cuarto de invitados. Pero yo los escucho cada noche, detrás del yeso del sótano, llamándome papá con voces que huelen a tierra mojada.



Me llamo Tomás Heredia. Tengo cincuenta y tres años, las rodillas destrozadas y una pensión del Ejército de Tierra que no alcanza para lo que alcanzaba antes. Fui sargento de zapadores durante dieciséis años. Estuve en Bosnia entre el noventa y cinco y el noventa y siete, en la UNPROFOR primero y luego con la SFOR. Hice cosas allí. Vi cosas. Pero esto no va de Bosnia, aunque a veces pienso que todo empezó allí, en algún sótano de Mostar que olía exactamente igual que el mío.
Vivo en Estepona con mi mujer, Carmen. Llevamos juntos desde el noventa y uno. Nos casamos justo antes de que me destinaran a la base de Sierra Bermeja, que estaba a menos de cuarenta minutos por carretera. Sierra Bermeja. Si has crecido en la zona la conoces: peridotitas rojizas, pinsapos, cabras montesas. Un sitio bonito para hacer senderismo, un sitio horrible para meter una instalación militar subterránea. Pero la metieron.
La base no aparecía en mapas. Oficialmente era un centro logístico de apoyo, que es la manera que tiene el Ejército de decir que no te importa lo que hay dentro. Yo trabajé allí entre el noventa y dos y el noventa y siete, antes y después de Bosnia. Mi trabajo era mantenimiento de infraestructura subterránea: túneles, galerías, sistemas de ventilación. Zapadores. Nos metíamos en los sitios donde nadie quería meterse.
La base tenía tres niveles. El primero era oficinas, almacenes, nada interesante. El segundo eran los barracones y las salas de comunicaciones. El tercero... el tercero era raro. Lo habían excavado en la roca viva, directamente en la peridotita, y las paredes tenían ese color marrón rojizo que parecía carne seca. Siempre hacía frío ahí abajo, un frío húmedo que se te pegaba a la ropa y no se iba ni con la calefacción del coche de vuelta a casa. Olía a mineral, a hierro, como cuando te muerdes el interior de la mejilla y notas ese sabor metálico.
Mi rutina era sencilla. Bajaba a las siete, revisaba los conductos de ventilación del nivel dos, rellenaba informes que nadie leía y subía a comer a las catorce. Dos veces por semana bajaba al tercer nivel con el cabo Andújar para inspeccionar las bombas de achique, porque la roca filtraba agua constantemente. Agua marrón, tibia, que dejaba un residuo granate en los sumideros. Andújar decía que olía a sangre. Yo le decía que olía a óxido de hierro, que era lo mismo pero con nombre científico.
Carmen y yo llevábamos una vida normal. Cenábamos juntos, veíamos las noticias, los fines de semana íbamos a Marbella o a Gibraltar a comprar tabaco barato. No teníamos hijos. Eso es lo que dice Carmen. Lo que dicen los papeles. Lo que dice cualquiera a quien le preguntes.
Pero yo recuerdo dos camas pequeñas en el cuarto del fondo. Recuerdo un olor a champú de fresa en el baño. Recuerdo una mochila del Betis colgada detrás de una puerta y un dibujo pegado con celo en la nevera: una casa amarilla con un sol enorme y cuatro figuras de palitos. Papá, mamá, y dos niños. Marcos y Lucía. Seis y cuatro años.


La primera vez que los escuché fue un jueves de noviembre del noventa y siete. Llevaba tres meses de vuelta de Bosnia. Todavía dormía mal, me despertaba a las cuatro con la camiseta empapada y ese olor agrio que tiene el sudor cuando viene del miedo y no del calor. Carmen se había acostumbrado a no preguntarme por qué me levantaba.
Bajé al sótano a buscar una caja de herramientas. Teníamos un grifo que goteaba en la cocina y yo necesitaba hacer algo con las manos, lo que fuera. El sótano de nuestra casa es pequeño, cinco metros por cuatro, con suelo de cemento pulido y paredes de ladrillo enfoscadas con yeso blanco. Hay una bombilla con cadena, una estantería metálica con cajas de Navidad y una caldera que hace un ruido como de gato ronroneando cuando se enciende.
Tiré de la cadena. La bombilla tardó en encender, hizo ese parpadeo de las fluorescentes viejas, y mientras la luz se decidía, escuché algo. No fue un sonido fuerte. Fue como cuando alguien habla en la habitación de al lado y tú solo captas el ritmo, la melodía de las palabras, pero no entiendes ninguna. Venía de la pared del fondo, la que da al terreno, la que siempre está más fría y en invierno suda gotas diminutas que parecen condensación.
Me quedé quieto con la mano todavía en la cadena de la bombilla. La luz ya estaba fija. El murmullo también. Era constante, como una conversación entre dos personas que intentan no ser oídas. Dos voces. Una un poco más aguda que la otra. Pensé en tuberías. Pensé en vecinos. Pensé en las ratas que a veces se meten por los desagües y hacen ruidos que parecen palabras si tienes suficiente insomnio encima.
Me acerqué a la pared. Puse la palma abierta sobre el yeso y estaba tibio. No frío, como siempre. Tibio. Como piel. Y cuando toqué, las voces pararon. De golpe. Como cuando entras en una habitación y dos personas dejan de hablar porque estaban hablando de ti.
Me quedé ahí un minuto entero con la mano en la pared, notando ese calor imposible en los dedos, respirando polvo de sótano y ese olor a calcio viejo que tiene el yeso cuando se humedece. Nada. Silencio. Ni siquiera la caldera ronroneaba.
Subí sin la caja de herramientas. Carmen estaba en la cocina y me preguntó si la había encontrado. Le dije que no, que ya la buscaría mañana. No le conté lo de las voces. No le conté lo de la pared tibia. Esa noche dormí cinco horas seguidas por primera vez desde Mostar, y soñé con dos niños sentados en un suelo de cemento, jugando con placas de identificación militares como si fueran cromos.



Pasaron dos semanas antes de que volviera a bajar. Carmen necesitaba las luces de Navidad y sabía exactamente en qué caja estaban. No me ofrecí voluntario, ella me lo pidió directamente, así que no podía inventar una excusa sin tener que explicar por qué un ex-sargento de zapadores que ha desactivado minas antipersona en los Balcanes le tiene miedo a su propio sótano.
Bajé a mediodía. Con el sol entrando por la ventana de la cocina y la radio puesta, que se oía desde la escalera. Condiciones óptimas para no sentir nada raro. Tiré de la cadena, busqué la caja de Navidad, la encontré en la segunda balda. Perfecto. Normal. Nada.
Entonces vi la pared del fondo.
Alguien había dibujado en el yeso. Con algo fino, como la punta de un clavo o la esquina de una moneda. Eran líneas temblorosas, irregulares, a la altura de un niño de cinco o seis años. Un sol con rayos desiguales. Una casa con una puerta muy grande y dos ventanas que parecían ojos. Y debajo, cuatro figuras. Las mismas cuatro figuras del dibujo de la nevera. La misma distribución: el más alto a la izquierda, la más alta a su lado, y dos más pequeños. Los más pequeños tenían los brazos levantados, como si pidieran que los cogieran en brazos. O como si estuvieran intentando salir.
Solté la caja. Las bolas de Navidad hicieron un ruido de cristal contra cartón. Me acerqué y pasé los dedos por las líneas grabadas. El surco era real, físico, podía notar el polvo de yeso acumulado en las incisiones. La pared estaba tibia otra vez. Y olía. No a humedad, no a calcio. Olía a champú de fresa. Ese olor dulce, artificial, de champú infantil barato. El olor que yo recordaba del pelo de Lucía cuando la sacaba de la bañera envuelta en una toalla con capucha de ranita.
Lucía. Mi hija que no existe.
Subí con la caja y sin decir nada. Carmen sacó las luces, probó las que funcionaban, tiró las fundidas. Me preguntó si estaba bien. Le dije que sí. Esa noche, mientras ella dormía, bajé otra vez. Con una linterna, porque no quería encender la luz del sótano y que Carmen viera la rendija de luz bajo la puerta.
El dibujo seguía ahí. Pero había cambiado. Ahora las dos figuras pequeñas estaban más cerca de la pared. Más hundidas en el yeso, como si se estuvieran metiendo dentro. Y debajo del dibujo, arañado con la misma punta fina, había una palabra. Una sola palabra que me hizo sentarme en el suelo frío del sótano con la espalda contra la estantería metálica mientras la linterna me temblaba en la mano.
Papá.
La leí tres veces. Pasé el dedo por cada letra. La pe, la a, la pe, la a con tilde. Grabadas en el yeso de mi sótano, en una casa donde nunca ha habido niños, a la altura exacta de un crío de seis años. Marcos tenía seis cuando... cuando lo que sea que pasó, pasó. Si es que pasó. Si es que Marcos existió.
La pared latía. Lo juro. Como un pulso. Lento, regular, debajo del yeso tibio. Como si la casa tuviera corazón y estuviera justo ahí, detrás de esa pared.


Empecé a investigar. No porque fuera valiente, sino porque necesitaba una explicación que me dejara dormir. Fui al Ayuntamiento de Estepona y pedí los planos originales de la casa. La construyeron en mil novecientos setenta y ocho, sobre una parcela que antes había sido parte de una finca agrícola. No había nada debajo. No había enterramientos, no había pozos, no había galerías. Solo tierra y roca.
Busqué en los archivos del Ejército. Pedí mi expediente completo, el de Sierra Bermeja, todo lo que me dejaron ver. En ningún documento figuraban hijos. En mi cartilla militar, en mi seguro, en mi nómina: cónyuge, Carmen Reyes Gallardo. Sin descendencia. Fui al registro civil. No había certificados de nacimiento a mi nombre ni al de Carmen. Ningún Marcos Heredia Reyes. Ninguna Lucía Heredia Reyes. No habían nacido, no habían muerto, no habían existido en ningún papel firmado por nadie.
Pero yo recordaba el peso de Marcos en brazos. El peso exacto: dieciocho kilos. Recordaba cómo se le marcaban las costillas cuando se estiraba para alcanzar un vaso en la encimera. Recordaba que Lucía tenía una marca de nacimiento en el tobillo izquierdo, del tamaño de una moneda de céntimo, y que le daba vergüenza en la piscina. Recordaba la textura de los deberes de Marcos, esas fichas con líneas pautadas donde escribía las emes con las patas torcidas. Recordaba que Lucía olía a plastilina y a galletas María.
Carmen me encontró en el sótano un domingo por la mañana. Yo llevaba tres horas ahí abajo. Había arrancado un trozo de yeso del tamaño de un plato, debajo del dibujo, y detrás no había ladrillo. Había más yeso. Capa tras capa, como la piel de una cebolla. Y entre las capas, cosas. Un botón azul de plástico. Un trozo de tela con estampado de dinosaurios. Una goma del pelo rosa, de esas que se enganchan y tiran y las niñas lloran.
Carmen se quedó en la escalera mirándome con una cara que no era de miedo. Era de pena. La cara de alguien que ve a otra persona romperse y sabe que no puede hacer nada. Me dijo Tomás, por favor, sube. Me dijo que no había niños. Que nunca había habido niños. Que desde Bosnia yo a veces confundía cosas y que teníamos que volver al psiquiatra.
Le enseñé el botón. Le enseñé la tela de dinosaurios. Le enseñé la goma rosa. Los miró como si fueran piedras. Dijo que serían de las obras, de los albañiles, basura de construcción. Me dijo que subiera.
Subí. Me lavé las manos en la cocina. El agua salió marrón de yeso y debajo del yeso mis uñas tenían algo oscuro, granate, con ese olor metálico que yo conocía perfectamente. El mismo olor del tercer nivel de Sierra Bermeja. El mismo olor del agua que filtraba la peridotita. Hierro. Sangre. La misma cosa con diferente nombre.



Lo que voy a contar pasó el catorce de febrero de mil novecientos noventa y ocho. Lo sé porque Carmen había comprado una botella de vino para cenar, era San Valentín, y la botella se quedó sin abrir en la encimera hasta que se cubrió de polvo y un día la tiré.
Me desperté a las tres de la madrugada. No fue un ruido lo que me despertó. Fue la ausencia de ruido. ¿Sabéis ese silencio que ocurre cuando nieva? Cuando parece que el mundo se ha quedado sordo. Así. Pero no nevaba. Era febrero en la costa de Málaga, hacía once grados y olía a jazmín a través de la ventana entreabierta.
Bajé. No sé por qué bajé. No quería bajar. Las piernas me llevaron al sótano como me llevaban a las galerías del tercer nivel en Sierra Bermeja, con esa obediencia automática del cuerpo que ha recibido órdenes durante dieciséis años. Cada escalón crujía diferente. El tercero siempre sonaba a madera verde. El quinto estaba suelto.
No encendí la luz. No necesitaba encenderla.
La pared brillaba.
No con luz propia, no como algo eléctrico o fosforescente. Brillaba como brilla la piel cuando tiene fiebre y la miras de cerca bajo la luna. Un resplandor orgánico, tenue, que pulsaba con el ritmo de aquel latido que ya conocía. La pared del fondo, la que daba al terreno, estaba abombada. Se había hinchado hacia dentro como un vientre embarazado, y la superficie del yeso se movía. Se movía como la superficie de un estanque cuando algo grande nada justo por debajo.
Y entonces hablaron.
No detrás de la pared. Desde la pared. Como si el yeso fuera una garganta y la casa estuviera pronunciando palabras con una boca que no era boca.
Papá, tenemos frío.
La voz de Marcos. Ronca para un niño de seis años, como siempre había sido. Un niño con la voz de un viejo pequeño, así lo describía Carmen cuando... cuando existía. Si es que existía.
Papá, aquí está oscuro.
Lucía. Más aguda, con ese arrastre de las eses que tienen los niños que todavía no pronuncian bien. Lucía, que no aparece en ningún registro civil de este país.
Me arrodillé frente a la pared. El suelo de cemento estaba caliente, no tibio, caliente, como si debajo hubiera algo vivo, algo con metabolismo, algo que generaba calor. Puse las dos manos en el yeso abombado. Era blando. Cedía bajo mis dedos como masa de pan. Y debajo, debajo del yeso blando, noté dedos. Dedos pequeños. Cuatro deditos que se alinearon con los míos desde el otro lado, separados por tres centímetros de material que ya no era yeso ni era pared ni era nada que tenga nombre en el manual de construcción.
Papá, sácanos.
Las dos voces juntas. Marcos y Lucía. Mis hijos que nunca nacieron hablándome desde dentro de la pared de mi sótano en una casa que según todos los documentos solo ha albergado a dos adultos.
Apreté. Empujé contra la pared blanda. Mis dedos se hundieron un centímetro, dos, tres. Noté calor húmedo. Noté algo que se movía. Noté respiración, un aliento tibio que salía entre mis nudillos y olía a leche cortada y a tierra de cementerio. Y en ese momento la luz del sótano se encendió sola.
Carmen estaba en la escalera. Me estaba mirando. Y cuando la luz bañó la pared, vi mis manos hundidas hasta las muñecas en yeso blanco perfectamente liso, perfectamente sólido, perfectamente normal. No había abombamiento. No había dibujos. No había surcos ni la palabra papá ni figuras de palitos.
Solo mis brazos metidos en una pared sólida hasta las muñecas. Y no podía sacarlos.



Carmen llamó a emergencias. Vinieron los bomberos, que tardaron cuarenta minutos en sacar mis manos de la pared con un cincel y un martillo. El yeso era completamente sólido. Normal. Un enfoscado estándar de dos centímetros sobre ladrillo macizo. Los bomberos no entendían cómo había metido las manos ahí dentro. Yo tampoco.
Me llevaron al hospital. Me hicieron radiografías: las muñecas estaban intactas, pero los dedos tenían restos microscópicos de material calcáreo incrustado bajo las uñas. Yeso, dijeron. Me derivaron a psiquiatría. Estrés postraumático, dijeron. Bosnia, dijeron, como si esa palabra explicara todo.
Carmen tapó el agujero de la pared con masilla y lo pintó de blanco. Me hizo prometer que no bajaría más al sótano. Prometí. Cumplí durante seis meses.
Lo que no le dije es que no necesitaba bajar. Porque las voces subieron. Primero las oía en la planta baja, débiles, como una radio mal sintonizada al otro lado del suelo. Luego en las paredes del salón. Luego en el cabecero de la cama. Marcos y Lucía, mis hijos que no existen, hablando de cosas de niños a través del yeso de mi casa. Pidiendo la cena. Pidiendo un cuento. Pidiendo que les deje salir.
Fui a Sierra Bermeja. La base estaba cerrada desde el dos mil tres. La entrada principal estaba sellada con hormigón. Pero encontré un acceso de ventilación en la ladera norte, medio tapado por jaras, y me metí. Bajé al tercer nivel con una linterna de obra y las rodillas destrozadas.
Las paredes de peridotita estaban cubiertas de dibujos. Miles. Casas amarillas, soles enormes, figuras de palitos. Cubrían cada metro cuadrado de roca, desde el suelo hasta donde alcanzaba el brazo de un niño. Y en el centro de la galería principal, en el mismo punto donde el pelotón de doce soldados desapareció durante el simulacro del dos mil tres, había una pirámide de placas de identificación. Doce placas. Pero debajo, apiladas como cromos, había más. Muchas más. Placas sin nombre. Placas del tamaño de un pulgar infantil.
No toqué nada. Salí. Conduje a casa.
Esta noche, mientras escribo esto, las paredes están tibias en toda la casa. Carmen duerme. Desde la habitación de invitados, la que Carmen dice que siempre ha sido la habitación de invitados, viene un olor a champú de fresa. Y si me quedo muy quieto y contengo la respiración, puedo oír a Marcos enseñándole a Lucía a escribir la eme. Con las patas torcidas.
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