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Algo espera entre los postes de la N-232
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El kilómetro que no existe

Algo espera entre los postes de la N-232

El kilómetro que no existe - hook 1
Llevo veintidós años haciendo la misma ruta de noche. Conozco cada curva, cada bache, cada poste kilométrico entre Logroño y Soria. Pero hay un tramo de esa carretera que no aparece en ningún mapa, y lo que vi ahí dentro me quitó las ganas de volver a conducir de noche.
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Me llamo Tomás. Conduzco un frigorífico de dieciocho metros para una empresa de distribución de productos cárnicos. Mi ruta habitual es Logroño, Soria, Medinaceli y vuelta. Tres veces por semana, siempre de noche, porque la carga tiene que llegar a los almacenes antes de las seis de la mañana. La gente me pregunta si no me aburro. La verdad es que me gusta. Me gusta el olor a café del termo que preparo en casa antes de salir, ese aroma fuerte de tueste natural que se mezcla con el plástico caliente del salpicadero. Me gusta sintonizar la radio a las dos de la mañana, cuando los programas nocturnos ponen a gente rara a contar historias. Me gusta sentir el volante vibrar suave entre las manos, esa textura de cuero gastado que ya tiene la forma exacta de mis dedos después de tantos años. Conozco la N-232 como conozco el pasillo de mi casa. Sé en qué punto el asfalto cambia de textura, dónde hay un bache que nadie arregla desde 2014, en qué kilómetro el olor a tomillo salvaje entra por las rejillas de ventilación porque hay un campo enorme a la derecha. Sé que entre el kilómetro 87 y el 112 no hay absolutamente nada. Ni pueblos, ni gasolineras, ni casas. Solo monte bajo, postes de la luz y, si tienes suerte, algún zorro cruzando con los ojos brillantes en los faros. Ese tramo lo cruzo en veintitantos minutos si voy bien de tiempo. No me molesta. Es una recta larga con curvas suaves, fácil de conducir. A veces ni me entero de que lo he pasado. Pongo la radio, le doy un trago al termo, y cuando quiero darme cuenta ya estoy viendo las primeras luces de algún pueblo. Pero la noche del catorce de noviembre fue distinta. Recuerdo la fecha porque era el cumpleaños de mi hija mayor y no pude estar en la cena. Le mandé un audio desde el área de servicio de Logroño, antes de cargar. Eran las once y cuarto. Hacía un frío seco que se te metía entre la ropa, de ese que te aprieta las articulaciones. El termómetro del camión marcaba dos grados. El cielo estaba limpio, sin luna, y las estrellas se veían con una claridad que solo aparece cuando no hay humedad en el aire. Cargué los palés, firmé el albarán, me serví el primer café y salí a la N-232 dirección Soria. Todo normal. Exactamente igual que las últimas mil veces.
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Pasé el kilómetro 87 a la una y doce de la mañana. Lo sé porque siempre miro el reloj ahí, es una costumbre tonta. A partir de ese punto, la carretera se oscurece de verdad. Los postes de la luz están más separados y muchos tienen las bombillas fundidas. Los faros del camión son lo único que existe. Iba escuchando un programa de radio sobre ovnis. Uno de esos con gente que llama para contar que vio luces en el campo. Me hacía gracia. El presentador tenía una voz grave, pausada, como de locutor de otra época. Estaba entretenido con eso cuando el dial se descuadró. No fue un corte limpio. La voz del presentador empezó a alargarse, como si la cinta se estuviera estirando. Las vocales se hacían más largas, el tono más grave, y de fondo apareció un zumbido que no era estática normal. Era un sonido húmedo, orgánico. Como si alguien estuviera respirando muy cerca del micrófono con la boca abierta. Cambié de emisora. Música clásica. Bien. Pero a los treinta segundos, lo mismo. La música se deformaba, los violines sonaban como si alguien los estuviera tocando al revés, y ese zumbido de fondo volvía. Apagué la radio. Silencio. Solo el motor, el roce de los neumáticos contra el asfalto y el traqueteo suave de la carga en la caja. Sonidos que conozco perfectamente, que normalmente me calman. Pero esa noche el silencio tenía un peso distinto. Era como si al apagar la radio hubiera quitado una capa de protección. Fue entonces cuando vi el poste del kilómetro 93. Normal. Seguí conduciendo. Radio apagada, café a medio tomar, velocidad constante. Cinco minutos después, mis faros iluminaron otro poste kilométrico. Kilómetro 93. Parpadeé. Me froté los ojos con el dorso de la mano. Pensé que lo había leído mal, que estaba más cansado de lo que creía. Pero no. El número estaba claro, pintado en blanco sobre la plaquita verde, reflejando la luz de mis faros como todos los demás. Kilómetro 93. El mismo que había pasado cinco minutos antes. Miré el cuentakilómetros del camión. Había recorrido seis kilómetros desde la última vez que lo miré. Seis kilómetros a ochenta por hora. El poste debería marcar el 99. No el 93. Me dije que era un error del poste. Que alguien lo había puesto mal. Que los de mantenimiento se habían equivocado. Es lo que cualquiera se diría. Y seguí conduciendo.
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Tres kilómetros después, según mi cuentakilómetros, pasé otro poste. Kilómetro 93. Otra vez. Se me secó la boca. Noté esa sensación metálica en la lengua, como cuando te muerdes el interior de la mejilla sin querer. El café del termo ya no olía bien. Tenía un fondo agrio, como a leche cortada, aunque lo había preparado hacía solo dos horas. Lo dejé en el soporte sin beber. Pisé el acelerador. No mucho, lo justo para subir a noventa. Quería salir de ese tramo. Llegar al kilómetro 112, donde empieza la bajada hacia el valle y hay cobertura de móvil. Porque me di cuenta en ese momento de que no tenía señal. El teléfono, que suelo llevar en el soporte junto al parabrisas, mostraba cero barras. Y eso no era normal. En ese tramo siempre hay algo, una barra, dos. Nunca cero. Fue ahí cuando lo vi por primera vez en el retrovisor. Una luz. Una sola. No dos faros. Uno. Como una moto, pero no se movía como una moto. No oscilaba, no se inclinaba en las curvas. Era un punto fijo de luz blanca que mantenía siempre la misma distancia. Calculé unos trescientos metros detrás de mí. Aceleré un poco más. La luz mantuvo la distancia. Frené suavemente. La luz mantuvo la distancia. Exactamente la misma. Como si estuviera conectada a mi camión por una barra rígida invisible. Introduje la mano en el hueco de la puerta donde guardo una linterna y la apreté sin encenderla. El plástico frío me dio algo a lo que agarrarme. Algo real, algo sólido, algo que no estaba jugando conmigo. Durante ocho minutos conduje con esa luz detrás. Ocho minutos que se estiraron como chicle. El motor sonaba igual que siempre pero yo notaba algo distinto. Una vibración nueva en el volante. Muy sutil, como un temblor que no venía del motor ni de la carretera. Venía de dentro de la columna de dirección, como si algo recorriera el metal desde abajo. Y entonces la luz desapareció. No se apagó. No giró. Simplemente dejó de estar. Un parpadeo y el retrovisor mostraba solo oscuridad. Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Me dolía el pecho de la tensión acumulada. Me sequé las manos en los pantalones, una y otra, porque las palmas me resbalaban en el volante. Pasaron dos minutos de calma. Dos minutos en los que casi me convencí de que todo tenía una explicación aburrida. Un poste mal puesto. Un motorista que tomó un desvío. Interferencias de radio por las antenas de alguna base militar. Entonces miré hacia delante y la luz estaba ahí. Ya no detrás. Delante. A trescientos metros exactos, en mitad de mi carril, avanzando a mi misma velocidad. La misma luz blanca, fija, sin oscilar. Como si hubiera atravesado mi camión sin tocarlo.
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No frené. Quiero que eso quede claro. No frené porque una parte de mí, la parte que lleva veintidós años conduciendo de noche por carreteras vacías, sabía que frenar era lo peor que podía hacer. No sé explicar por qué. Era un instinto. El mismo instinto que te dice que no mires debajo de la cama cuando eres niño. No es que tengas miedo de lo que puedas ver. Es que tienes miedo de que lo que hay debajo sepa que lo estás buscando. La luz se mantuvo delante durante lo que mi reloj dijo que fueron once minutos. Once minutos en los que el termómetro exterior bajó de dos grados a menos cuatro. Imposible. En seis kilómetros no baja la temperatura seis grados. Vi cómo los números cambiaban en el display: dos, uno, cero, menos uno, menos dos. Cada número nuevo me apretaba un poco más el estómago. El parabrisas empezó a empañarse por los bordes. Subí la calefacción al máximo. El aire que salía de las rejillas olía distinto. No era el olor habitual a polvo caliente y plástico. Era un olor dulzón, pesado. Como fruta podrida. Como flores marchitas en agua estancada. Un olor que no tenía ningún sentido dentro de la cabina de un camión en mitad de noviembre. La luz de delante empezó a cambiar. No de color, sino de forma. Se alargaba verticalmente, como si algo se estuviera poniendo de pie dentro de ella. Como si la luz fuera líquida y algo la estuviera estirando desde dentro hacia arriba. Duró unos segundos y luego volvió a ser un punto. Pero esos segundos bastaron para que me temblara la mandíbula. No de frío. De algo que no tiene nombre, algo anterior al miedo, algo que está grabado en los huesos. Miré el poste kilométrico cuando pasé junto a él. Kilómetro 93. Otra vez. Cuarta vez. Y entonces la radio se encendió sola. No la toqué. Tenía las dos manos en el volante, a las diez y diez, como me enseñaron. La radio se encendió y de ella salió un sonido que no era música ni voz ni estática. Era un golpe rítmico. Toc. Toc. Toc. Como nudillos contra madera. Cada golpe separado por exactamente dos segundos. Los conté. Uno, dos, toc. Uno, dos, toc. Uno, dos, toc. El sonido era demasiado cercano. No salía de los altavoces del camión como sale la radio normal, con esa distancia que tiene lo que viene de una emisora. Esto sonaba como si alguien estuviera golpeando algo dentro de la cabina. Detrás de mí. En la litera. No me giré. No me giré porque recordé lo de debajo de la cama. No busques lo que no quieres que te encuentre. Estiré la mano y apagué la radio. Los golpes continuaron tres segundos más. Toc. Toc. Luego pararon.
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Necesitaba parar. No quería, pero necesitaba. Las manos me temblaban tanto que el volante se movía solo. Sentía las piernas como si fueran de otro, pesadas y torpes. Había un área de descanso en ese tramo, un ensanche de grava al lado de la carretera con un contenedor de basura oxidado y una farola que nunca funciona. Lo conozco. He parado ahí cien veces a orinar cuando la vejiga no aguanta hasta Soria. Pero esa noche, la farola estaba encendida. Emitía una luz anaranjada que parpadeaba cada pocos segundos, iluminando el ensanche de grava con pulsos irregulares. Y debajo de la farola había un camión. Otro camión frigorífico. Parado, con el motor apagado, sin luces. Blanco. Del mismo modelo que el mío. Reduje la velocidad. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en el cuello, en las sienes, detrás de los ojos. Mis faros barrieron el lateral del camión aparcado y vi el logo de la empresa. Mi empresa. Las mismas letras azules y rojas que llevo yo en las puertas. El mismo número de matrícula en la parte de atrás. Mi camión estaba aparcado ahí. Y yo estaba dentro de mi camión, en la carretera, mirándolo. Paré. No sé por qué paré. Cada célula de mi cuerpo me gritaba que siguiera, que pisara el acelerador y no mirara atrás. Pero paré. Porque necesitaba ver. Necesitaba saber si estaba perdiendo la cabeza o si había algo más. Abrí la puerta y el frío me golpeó como una pared. Menos ocho grados, o eso sentí. El aire olía a hierro. A sangre vieja. A ese olor que tienen las cámaras frigoríficas cuando se estropean y la carne se descongela y vuelve a congelar varias veces. Un olor pesado, dulce y metálico que se te pega al fondo de la garganta. Bajé del camión. Mis botas crujieron en la grava. La farola parpadeó: luz, oscuridad, luz, oscuridad. En cada pulso de luz, el otro camión estaba un poco distinto. No se movía. Pero los detalles cambiaban. En un parpadeo, la puerta del conductor estaba cerrada. En el siguiente, estaba entreabierta. En el siguiente, abierta del todo. Me acerqué diez pasos. Podía ver el interior de la cabina del otro camión en los pulsos de luz. El asiento del conductor. El volante. El termo en el soporte. Mi termo. El mismo termo verde con la tapa rayada que me regaló mi mujer. Y en el asiento, una forma. No una persona. Una forma. Algo que tenía la silueta de alguien sentado pero que no estaba hecho de carne ni de ropa. Era como una mancha tridimensional, una ausencia de luz con volumen. Ocupaba el espacio de un cuerpo humano pero no reflejaba nada, no se movía, no respiraba. La farola parpadeó y en el momento de oscuridad escuché algo que me heló más que el frío. Mi propia voz. Mi voz salía de dentro de la cabina del otro camión, diciendo algo que no pude entender. Era mi voz, mi tono, mi acento de Calahorra, pero las palabras estaban desordenadas. Como una frase pasada por una trituradora. Sílabas que reconocía en un orden que no significaba nada. Retrocedí. Un paso, dos, tres. La grava crujía bajo mis botas. La farola parpadeó otra vez y la forma del asiento había cambiado de posición. Ahora estaba girada. Hacia mí. Lo que fuera que no tenía cara estaba mirándome. Corrí. Corrí como no he corrido en treinta años. Me subí a mi camión, cerré la puerta con el seguro, metí primera, segunda, tercera. Las ruedas derraparon en la grava y el camión salió a la carretera con un bandazo que casi me mete en la cuneta. No miré por el retrovisor. No miré por el retrovisor. No miré por el retrovisor.
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Conduje lo que quedaba hasta Soria sin parar, sin radio, sin café, sin mirar los postes kilométricos. Cuando llegué al almacén eran las cuatro y cuarto de la mañana. Los operarios me dijeron que parecía enfermo. Que estaba blanco como la cera y que me temblaban las manos al firmar el albarán. Pedí dos semanas de baja. Mi médico dijo estrés laboral. No le conté lo que había visto. ¿Para qué? Para que me mandara al psicólogo y me quitaran el carnet. Pero hay cosas que no puedo explicar con estrés. Cuando volví al camión después de la baja, revisé el cuentakilómetros. Los kilómetros que marqué esa noche entre Logroño y Soria no cuadran. Hay cuarenta y tres kilómetros de más. Cuarenta y tres kilómetros que recorrí y que no existen en ningún mapa. Y hay otra cosa. El termo. El termo verde que estaba en el soporte cuando llegué a Soria esa noche no es el mío. Es idéntico. Mismo modelo, mismo color, misma tapa rayada. Pero el mío tenía una abolladura en la base, del día que se me cayó en la gasolinera de Ágreda. Este no la tiene. Este termo es nuevo. O es de otro sitio. O es de otro. Volví a la ruta nocturna hace tres semanas. No he vuelto a ver la luz ni el camión. Los postes kilométricos marcan lo que deben marcar. La radio funciona normal. Todo parece normal. Pero cada vez que paso el kilómetro 93, el termómetro del salpicadero baja un grado durante unos segundos. Solo uno. Y luego vuelve a subir. Y a veces, cuando llego a casa después de la ruta y me sirvo café del termo, el café sabe ligeramente distinto. Un fondo dulce que no debería estar ahí. Como fruta podrida. Como flores marchitas. Probablemente no sea nada. Probablemente sea mi cabeza. Pero cada noche, antes de salir a la N-232, reviso la litera de atrás con la linterna. Cada noche, sin excepción. Y cada noche me pregunto lo mismo: si lo que vi en el asiento de aquel camión era algo que intenta ser yo, ¿cómo sé que lo que volvió a Soria esa noche fue el original?

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