
Los hangares estaban sellados desde dentro. Eso fue lo que dijo el informe de 2003: cerrojos corridos, barras de acero cruzadas, candados oxidados en el lado interior de las puertas. Setenta años cerrados. Lo que nadie puso en el informe fue lo otro: que todas las noches, desde el campamento base, se escuchaba el motor de un avión que nunca despegaba.



Me llamo Andrés Vilaró y llevo catorce años haciendo lo mismo: vuelo sobre lugares donde ya nadie vuela, registro coordenadas, trazo líneas en mapas que nadie va a usar. Suena inútil y probablemente lo es, pero alguien tiene que actualizar los registros de la DGAC y ese alguien soy yo. Topógrafo aeronáutico. En la práctica significa que paso semanas enteras en sitios donde no hay cobertura de teléfono, comiendo arroz con charque y durmiendo en carpas que huelen a queroseno.
El contrato de Uyuni llegó en febrero de 2019. La Dirección General de Aeronáutica Civil de Bolivia necesitaba un relevamiento de las rutas de aproximación que se usaron entre 1930 y 1950 sobre el altiplano sur. Rutas fantasma, las llamamos en el gremio. Corredores aéreos que aparecen en cartas de navegación viejas pero que nadie ha verificado con instrumental moderno. La mayoría resultan ser errores de cálculo o caminos que se trazaron y nunca se volaron. Pero hay que confirmarlos uno por uno.
Lo del salar no era nuevo para mí. Había estado en Uyuni dos veces antes, ambas de paso, y conocía esa sensación particular de estar parado sobre diez mil kilómetros cuadrados de blanco absoluto. Es un lugar que engaña. De día parece el sitio más limpio del planeta, casi quirúrgico. Pero cuando el sol baja, la sal hace cosas con la luz que no tienen nombre. Sombras que van hacia el lado equivocado. Reflejos que aparecen donde no debería haber nada que refleje.
Llegué al campamento el 7 de marzo con Renato, un técnico de instrumentación que me habían asignado desde La Paz, y Doña Carmen, la cocinera que la DGAC contrataba siempre para misiones en la zona. El campamento estaba a unos trescientos metros de la pista abandonada. Tres carpas, un generador diésel, una mesa de trabajo plegable. Lo básico.
La pista en sí era más grande de lo que esperaba. El informe de redescubrimiento de 2003 hablaba de una instalación menor, un punto de reabastecimiento. Pero lo que encontramos eran dos kilómetros de hormigón agrietado con tres hangares de chapa al extremo norte. Construcción de los años treinta, claramente militar, con ese estilo utilitario que tienen las cosas construidas con prisa y sin presupuesto. La sal se había comido todo lo que era metal. Las paredes tenían esa textura de papel mojado que toma el acero cuando la corrosión lleva décadas trabajando.
Lo primero que noté fue el silencio. No el silencio normal del altiplano, que ya de por sí es denso. Esto era otra cosa. En el salar siempre hay algo: el viento arrastrando cristales de sal, algún flamenco en las lagunas cercanas, el crujido de la costra cuando cambia la temperatura. Pero cerca de los hangares el sonido se apagaba, como si el aire mismo fuera más espeso. Renato lo notó también. Me miró y dijo: «Qué raro que no haya pájaros, ¿no?». Lo dijo así, como quien comenta el clima, sin darle importancia. Le dije que probablemente era por el queroseno viejo. Que los residuos de combustible de aviación espantaban a los animales. Me lo creí a medias.
Doña Carmen fue la primera en decir algo sobre los hangares. Mientras preparaba la cena esa primera noche, sopa de maní con chuño, se paró a mirar las estructuras recortadas contra el cielo violeta del atardecer y dijo: «Esas puertas están cerradas por algo». No dijo por alguien. Dijo por algo. No le pregunté qué quiso decir. A los tres mil seiscientos metros de altitud, uno aprende rápido que la gente del lugar sabe cosas que no están en ningún informe.



El segundo día empecé el trabajo de campo. Necesitaba tomar mediciones GPS de alta precisión en seis puntos a lo largo de la pista para triangular las coordenadas de aproximación que figuraban en las cartas de 1935. Trabajo mecánico, lento, que requiere plantar un trípode, esperar a que el receptor estabilice la señal y registrar durante veinte minutos en cada punto. Renato me asistía con el nivel de burbuja y el datalogger.
Estábamos en el cuarto punto, a unos cien metros del hangar más grande, cuando Renato levantó la mano para pedirme silencio. Me quedé quieto. Al principio no escuché nada. Después, muy débil, un golpe metálico. Regular. Cada cuatro o cinco segundos. Toc. Toc. Toc. Como alguien dando golpes con algo pesado contra una superficie de acero. Venía de adentro del hangar.
Nos miramos. Renato tenía esa expresión que pone la gente cuando quiere que le digan que lo que acaba de escuchar tiene una explicación obvia. Le dije que probablemente era dilatación térmica. El sol del altiplano calienta el metal a más de sesenta grados durante el día y cuando empieza a bajar la temperatura, las chapas se contraen y suenan. Es algo que he escuchado mil veces en estructuras abandonadas. El golpeteo tenía sentido.
Excepto que no. Porque los golpes eran regulares. La dilatación térmica produce crujidos aleatorios, chasquidos dispares. Esto era rítmico. Constante. Toc. Toc. Toc. Y algo más que no mencioné en ese momento: entre golpe y golpe, si agudizabas el oído, había una especie de arrastre. Como algo pesado siendo empujado sobre un piso de concreto.
Seguimos trabajando. Los golpes pararon unos diez minutos después, tan gradualmente que no sabría decir en qué momento exacto dejé de oírlos. Terminamos las mediciones y volvimos al campamento. No hablamos del tema.
Esa noche, mientras revisaba los datos en el portátil, noté algo en los registros del GPS. El receptor había marcado una anomalía de señal en el cuarto punto, justo donde estábamos cuando empezaron los golpes. No era una pérdida de señal. Era una interferencia. El receptor había registrado una fuente de emisión electromagnética a menos de cien metros, frecuencia baja, entre 60 y 80 hercios. Consistente con un motor eléctrico en funcionamiento. Pero los hangares llevaban setenta años sin electricidad. No había cables, no había generador aparte del nuestro, que estaba a trescientos metros en la dirección opuesta.
Le mostré los datos a Renato. Se quedó un rato mirando la pantalla, se quitó los lentes, los limpió con la camiseta, se los volvió a poner. Dijo: «Puede ser un eco del generador nuestro rebotando en la estructura metálica». Era una explicación terrible desde el punto de vista técnico. Las ondas electromagnéticas de nuestro generador diésel no tenían cómo rebotar a trescientos metros y registrarse como una fuente independiente. Pero le dije que sí, que probablemente era eso, y cerré el portátil. A veces la ignorancia es un acto voluntario. Esa noche dormí con la cremallera de la carpa bien cerrada, como si el nylon fuera a protegerme de algo.



Al tercer día, Doña Carmen se fue. No dio explicaciones elaboradas. Simplemente se levantó antes del amanecer, preparó el desayuno, dejó dos ollas de comida lista para calentar y dijo que un sobrino iba a recogerla en una hora. Le pregunté si estaba bien. Me miró con esa franqueza que tiene la gente que ha vivido toda su vida a tres mil metros y dijo: «Algo camina de noche alrededor de mi carpa. No son pisadas de persona». Después añadió: «No la pasa sobre la sal. La pasa por debajo». Se fue antes de las siete.
Renato y yo nos quedamos solos. Le resté importancia. Le dije que los zorros andinos se acercan a los campamentos por la comida y que sus pisadas sobre la costra de sal suenan raras. Renato asintió, pero noté que esa mañana tardó más de lo normal en salir de su carpa.
Decidí que necesitábamos documentar los hangares por dentro. Técnicamente mi contrato era solo para las mediciones de las rutas aéreas, pero los hangares podrían contener registros, cartas de navegación, cualquier cosa que ayudara a entender el trazado original. Me lo justifiqué así. La verdad es que quería entrar porque necesitaba explicar los golpes y la interferencia electromagnética. Necesitaba ver hormigón vacío y chapas oxidadas y sentirme idiota por haberme asustado.
El hangar principal tenía una puerta lateral además de los portones frontales sellados. La puerta lateral estaba cerrada pero la cerradura había sido destruida por la corrosión. Bastó una palanca para forzarla. Lo primero que nos golpeó fue el olor. No era el olor que esperaba. En una estructura cerrada setenta años debería haber humedad estancada, moho, descomposición de materiales. Pero esto olía a otra cosa. Olía a ozono. Ese olor eléctrico que deja el aire después de una tormenta, o cuando acercas la nariz a un motor que lleva rato funcionando. Intenso. Fresco. Completamente imposible en un espacio sellado en medio de un desierto de sal.
Adentro había un avión.
No sé qué esperaba encontrar, pero no era eso. Un monoplano de ala baja, probablemente un Curtiss Hawk o algo de esa época, pintado en un verde militar descolorido. Estaba entero. No restaurado, no conservado: entero. Como si alguien lo hubiera estacionado ahí la semana anterior. Las ruedas tenían presión. Pasé la mano por el fuselaje y no había corrosión. La chapa estaba lisa, con una capa fina de algo aceitoso, como si hubiera sido engrasado recientemente. En un ambiente donde el metal exterior de los hangares se deshacía como galleta mojada, este avión estaba impecable.
Renato se acercó a la cabina. Se subió al ala con cuidado y miró adentro. Se quedó muy quieto. Desde abajo le pregunté qué veía. Tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz tenía un tono que no le había escuchado antes. «Los instrumentos están encendidos», dijo. «La aguja de combustible marca tres cuartos. Y el aceite está tibio».
Me subí a verificar. Puse la mano sobre la cubierta del motor. Estaba tibio. No caliente como si estuviera funcionando, sino tibio como la piel de algo que acaba de dejar de moverse. El altímetro marcaba 3.656 metros, la altitud exacta del salar. El horizonte artificial estaba nivelado. Todo indicaba que ese avión estaba operativo. Que alguien, o algo, lo mantenía listo para volar.
Salimos del hangar sin hablar. Renato caminaba rápido, con las manos en los bolsillos, mirando al suelo. Yo cerré la puerta lateral detrás de nosotros y puse una piedra de sal contra ella. No sé por qué lo hice. Era un gesto absurdo, como cerrar una puerta con llave cuando sabes que lo que te preocupa no usa puertas.


Esa noche pasó algo que todavía no puedo explicar sin que me tiemblen las manos.
Eran las dos de la mañana. Lo sé porque miré el reloj justo antes. Me despertó un sonido que al principio confundí con el generador, pero el generador lo apagábamos a las once para ahorrar diésel. Era un zumbido grave, constante, que sentías más en el pecho que en los oídos. Como estar parado al lado de un transformador eléctrico enorme. Venía de la dirección de los hangares.
Me quedé acostado un rato, escuchando. El zumbido subía y bajaba de intensidad, como si respirara. Después empezó otro sonido encima del zumbido. Un chirrido metálico largo, sostenido, como las bisagras de algo muy grande abriéndose muy despacio. Duró tal vez treinta segundos. Después, silencio.
Y entonces escuché el motor.
Un motor de aviación. Inconfundible. Ese tosido inicial cuando las bujías prenden y los cilindros empiezan a girar, la aceleración progresiva de una hélice ganando velocidad. Lo escuché tan claro como estoy escuchando mi propia voz ahora. Un motor de avión arrancando a trescientos metros de mi carpa, a las dos de la mañana, en medio del salar de Uyuni.
Salí de la carpa. Renato ya estaba afuera, en calzoncillos, con una linterna. No dijo nada. Los dos mirábamos hacia los hangares. La noche estaba despejada y la luna iluminaba el salar lo suficiente para ver las siluetas de las estructuras. El sonido del motor era real, físico, podías sentir la vibración en la suela de las botas. Subía de revoluciones como si alguien estuviera calentando la máquina.
Entonces la vi. Una luz. Tenue, anaranjada, parpadeante, moviéndose dentro del hangar principal. Se filtraba por las grietas de los portones frontales, esos mismos portones que estaban sellados con barras de acero desde dentro. La luz se desplazaba de izquierda a derecha, como una linterna caminando alrededor del avión. O como la llama piloto de algo que se estaba encendiendo.
Renato dio un paso hacia atrás. Yo quise avanzar. No por valentía. Por esa compulsión absurda que tenemos los que trabajamos con datos: necesitaba ver qué estaba produciendo ese sonido. Necesitaba una explicación. Di tres pasos hacia los hangares.
El motor se apagó de golpe. No se apagó como se apaga un motor, gradualmente. Cortó. Como si alguien hubiera arrancado el cable de encendido. El silencio que siguió fue tan abrupto que me dolieron los oídos. La luz anaranjada desapareció al mismo instante.
Y en ese silencio, escuché otra cosa. Pasos. Sobre la pista de hormigón. Pasos que no eran pasos exactamente. Eran demasiado lentos, demasiado pesados, y tenían un patrón que no era humano. Uno. Pausa larga. Uno. Pausa larga. Uno. Como algo que camina con una sola pierna, o algo que no sabe caminar y lo está aprendiendo.
Los pasos venían hacia nosotros.
Renato me agarró del brazo. Sus dedos estaban helados y apretaban con una fuerza que no le conocía. Retrocedimos al campamento sin quitar la vista de la oscuridad. Los pasos se detuvieron cuando llegamos a la carpa. No gradualmente. De golpe. Como si lo que fuera que caminaba supiera exactamente dónde estábamos y hubiera decidido parar.
Nos metimos en mi carpa y no dormimos. Pasamos las siguientes cuatro horas sentados espalda contra espalda, con las linternas encendidas, escuchando. No volvió a pasar nada. Pero la sal alrededor de la carpa, cuando salimos con la luz del amanecer, estaba marcada. Marcas circulares, del tamaño de un plato hondo, en un patrón que iba desde la pista hasta un metro de nuestra carpa. Eran depresiones perfectas, simétricas, hundidas un centímetro en la costra. No eran huellas de ningún animal que yo conozca.



Debimos irnos esa mañana. Cualquier persona razonable hubiera desarmado el campamento y conducido las tres horas de vuelta a Uyuni pueblo sin mirar atrás. Pero Renato tenía el equipo de medición de la DGAC y yo tenía un contrato que cumplir, y hay algo en el orgullo profesional que te hace estúpido de formas que el miedo no puede compensar. Decidimos terminar las dos últimas mediciones y largarnos antes del anochecer.
Fue un error.
El último punto de medición estaba directamente frente al portón principal del hangar grande. Necesitaba esa coordenada para cerrar la triangulación. Renato plantó el trípode mientras yo configuraba el datalogger. Eran las cuatro de la tarde. El sol empezaba a bajar y el salar estaba entrando en esa fase donde la luz rebota horizontal y todo parece plano, sin profundidad, como una fotografía sobreexpuesta.
Fue Renato quien lo vio primero. Dejó de ajustar el nivel de burbuja y se quedó mirando el portón del hangar. Seguí su mirada. El portón tenía una separación de unos cinco centímetros entre las dos hojas, donde la corrosión había comido el sello. Por esa rendija, desde adentro, algo nos estaba observando.
No era un ojo. Quiero dejar eso claro porque sé cómo suena. No era un ojo humano ni animal mirando por una rendija. Era una luz. Una luz con intención. Un punto de luminiscencia anaranjada, del tamaño de una moneda, que estaba a la altura exacta donde estarían los ojos de una persona de pie al otro lado de la puerta. Y se movía. Seguía nuestros movimientos. Cuando me moví a la izquierda, la luz se desplazó a la izquierda. Cuando di un paso hacia el portón, la luz retrocedió. Nos estaba mirando.
El olor a ozono volvió. Pero esta vez era tan fuerte que picaba en la garganta, como respirar cerca de un cortocircuito. Y con el olor llegó el sonido. No el motor esta vez. Algo peor. Una voz. No, no era una voz. Era algo que intentaba ser una voz. Un sonido que salía de adentro del hangar y que tenía la cadencia del habla pero no las palabras. Subía y bajaba como una frase, tenía pausas donde irían las comas, se aceleraba donde iría el énfasis. Pero no era ningún idioma. No era español, no era quechua, no era aymara. No era humano. Era como si algo hubiera escuchado hablar a personas durante mucho tiempo y estuviera intentando reproducir el patrón sin entender qué significa.
Duró tal vez quince segundos. Renato empezó a llorar. Sin ruido, sin aspavientos. Le caían las lágrimas por la cara mientras miraba el portón con la boca abierta. No por miedo. O no solo por miedo. Había algo en ese sonido que te abría por dentro, que tocaba una parte del cerebro que no tiene nombre, la parte que sabe que hay cosas más antiguas que nosotros y que no necesitan que las entendamos para existir.
La luz anaranjada pulsó una vez. Fuerte. Como un flash. Y sentí algo que voy a intentar describir aunque sé que no puedo hacerle justicia: sentí que me reconocía. No como se reconoce a una persona, sino como se reconoce a una especie. Como si lo que estuviera al otro lado de ese portón hubiera estado esperando que alguien viniera a esa pista, y ahora que estábamos ahí, estuviera satisfecho. No contento. Satisfecho. Como una trampa que finalmente se activa.
Agarré a Renato del brazo. Él no se movía. Le grité su nombre y fue como si lo despertara. Trastabilló hacia atrás y los dos corrimos. Corrimos sobre la sal que se rompía bajo nuestras botas con un sonido como de huesos pequeños quebrándose. No miré atrás. Llegamos al campamento, metimos todo en la camioneta sin desmontar las carpas, arrancamos el motor y condujimos.
Miré por el retrovisor una sola vez. El hangar tenía los portones abiertos. Los portones que habían estado sellados con barras de acero desde dentro durante setenta años estaban abiertos de par en par. Y adentro, donde debería haber estado el avión, había oscuridad. Pero no la oscuridad normal de un espacio sin luz. Una oscuridad que parecía tener volumen. Que parecía moverse. Que parecía respirar.


Condujimos tres horas sin parar. Llegamos a Uyuni pueblo de noche. Renato se bajó de la camioneta, caminó hasta un hotel de la calle principal y no volvió a hablarme. Renunció a la DGAC dos semanas después. No sé dónde está ahora. Su número de teléfono ya no funciona.
Yo presenté mi informe. Completé la triangulación con los cinco puntos que tenía. En las observaciones escribí que las condiciones de campo impidieron completar la sexta medición y que recomendaba una inspección de las estructuras del sitio por posible presencia de gases volcánicos subterráneos. Gases volcánicos. Eso escribí. Porque necesitaba poner algo en el formulario que no fuera la verdad.
Busqué información sobre la pista después. Lo poco que encontré no me ayudó a dormir mejor. La pista fue construida en 1933 por un batallón de ingenieros bolivianos durante la Guerra del Chaco. Pero las coordenadas no coincidían con ninguna ruta logística conocida de ese conflicto. Estaba demasiado lejos del frente, demasiado aislada, demasiado grande para ser un punto de reabastecimiento. Encontré una referencia en un archivo militar digitalizado en La Paz. Un memorándum de 1934, parcialmente censurado, que mencionaba la pista como parte de algo llamado «Proyecto Viracocha». No había más detalles. Solo una nota al margen, escrita a mano, que decía: «Se encontró lo que se buscaba. Cerrar instalación. No volver».
Doña Carmen tenía razón. Esas puertas estaban cerradas por algo.
Han pasado cinco años. No he vuelto. Pero hay noches, sobre todo cuando el aire está seco y quieto como lo está en el altiplano, en que me despierto a las dos de la mañana y escucho algo. No un motor. No pasos. Algo más sutil. Como una frecuencia baja, en el límite de lo audible, que siento más en los dientes que en los oídos. Y siempre, siempre, huelo el ozono.
La semana pasada busqué en Google Earth las coordenadas de la pista. Las imágenes de satélite muestran el salar blanco, plano, vacío. No hay pista. No hay hangares. No hay nada. La resolución de las imágenes es suficiente para ver un coche. Pero donde deberían estar dos kilómetros de hormigón y tres hangares de chapa, solo hay sal.
O algo que parece sal.
Escucha este relato con ambientación sonora
Ver en YouTube


