
Hay un piso en el edificio Chihuahua de Tlatelolco que no existe. Bueno, sí existe, pero alguien se tomó la molestia de rellenarlo con concreto hace treinta años. Yo fui el idiota que aceptó el trabajo de averiguar por qué ese concreto estaba llorando agua negra.



Me llamo Rogelio Tapia y llevo veintitrés años destapando caños, reparando tinacos y metiéndome en los rincones de la Ciudad de México que nadie quiere ver. He trabajado en vecindades de Tepito donde las tuberías tienen más parches que metal original. En edificios de la Doctores donde el drenaje lleva décadas mezclándose con cosas que prefiero no describir. He visto ratas del tamaño de un gato, cucarachas que ya ni se molestan en huir cuando prendes la luz, y una vez encontré un colchón entero atorado en un registro pluvial de la colonia Obrera. Lo que quiero decir es que no soy un tipo que se asuste fácil. Mi trabajo consiste en lidiar con lo desagradable, con lo que huele mal, con lo que los demás no quieren tocar.
El jueves doce de septiembre del año pasado recibí una llamada del administrador de la Unidad Habitacional Tlatelolco. Un tipo llamado licenciado Mondragón, voz seca, muy formal, de esos que dicen "le comento" antes de cada frase. Me explicó que en el edificio Chihuahua tenían un problema de humedad persistente en los departamentos del piso once. Manchas oscuras que aparecían en los techos, un olor que los vecinos describían como a tierra mojada con algo dulce debajo, y un líquido negruzco que a veces escurría por las paredes. Ya habían llamado a dos plomeros antes que a mí. El primero dijo que era un problema de impermeabilización y cobró doce mil pesos por un trabajo que no sirvió de nada. El segundo fue más honesto: subió al piso doce, vio que estaba sellado, preguntó qué había arriba, y cuando le explicaron la situación se fue sin cobrar. Simplemente recogió sus herramientas y se fue.
Mondragon me dijo que el piso doce llevaba sellado desde el noventa y cuatro. Tres familias vivían ahí: los Estrada en el 1201, los Villanueva en el 1202 y una señora mayor de apellido Cuevas en el 1203. Una noche de octubre, las tres familias desaparecieron. No se fueron. Desaparecieron. Nadie escuchó nada. Nadie vio mudanzas. Los vecinos del once dijeron que esa noche hubo un olor intenso, como a carne quemada mezclada con azúcar. La policía investigó, no encontró nada. Ningún rastro de violencia, ningún cuerpo, ninguna maleta faltante. La ropa seguía en los clósets. Los trastes del Villanueva todavía tenían restos de comida. La administración del edificio, en su infinita sabiduría burocrática, decidió que lo más práctico era sellar el piso completo. Rellenaron los accesos con concreto, bloquearon las escaleras con un muro a la altura del descanso entre el once y el doce, y desconectaron las tuberías. Treinta años sin que nadie subiera.
Cuando Mondragón me contó esto por teléfono, sentí curiosidad, no miedo. A mí lo que me preocupaba era la logística: ¿cómo iba a acceder a las tuberías de un piso tapiado? Le pregunté cuánto pagaban. Quince mil pesos por diagnóstico, más lo que costara la reparación. Acepté esa misma tarde.



Llegué al edificio Chihuahua un viernes a las siete de la mañana. Quería empezar temprano, antes de que el calor de septiembre convirtiera el trabajo en un infierno. El edificio por fuera es como cualquier otro de Tlatelolco: gigante, cuadrado, con esa arquitectura de los sesenta que parece diseñada para recordarte que eres pequeño. Mondragón me esperaba en la entrada con un juego de llaves y una carpeta con los planos hidráulicos del edificio. Me acompañó hasta el piso once por el elevador, que temblaba en cada piso como si también tuviera miedo de subir.
El pasillo del once olía raro. No era el olor normal de un edificio viejo. Conozco ese olor: humedad atrapada, pintura vieja, comida de cien cocinas mezclándose en los ductos de ventilación. Esto era distinto. Era un olor orgánico, como cuando levantas una piedra grande en un jardín y abajo hay algo pudriéndose, pero mezclado con algo metálico, como monedas viejas en la boca. Los vecinos tenían razón con lo de dulce, pero era un dulce enfermizo, de fruta que ya pasó de madura.
Mondragón abrió el departamento 1101, justo debajo del 1201 donde vivían los Estrada. El inquilino había dejado el departamento temporalmente. No lo culpo. El techo de la sala tenía una mancha del tamaño de una mesa de comedor, de un color marrón oscuro que tiraba a violeta en los bordes. La toqué con los dedos. Estaba tibia. Eso fue lo primero que me pareció raro. Las filtraciones de agua son frías, siempre. El agua que se acumula en una losa se enfría. Pero esta mancha se sentía como si hubiera algo caliente del otro lado, como tocar la pared detrás de un refrigerador.
Saqué mi detector de humedad y lo pasé por toda la losa. Los niveles eran absurdos. El aparato marcaba noventa y ocho por ciento en algunas zonas, como si literalmente hubiera un charco del otro lado del concreto. Pero la mancha no goteaba. Solo sudaba. Una película delgada de líquido oscuro que, cuando la toqué y me acerqué los dedos a la nariz, tenía ese olor metálico más concentrado. Me limpié la mano en el pantalón y sentí que el líquido tenía una consistencia ligeramente aceitosa, como si no fuera solo agua.
Revisé la tubería de desagüe que baja del doce al once. Según los planos, la bajante principal del edificio pasa por dentro del muro entre la cocina y el baño. Pegué la oreja al tubo de PVC. En un edificio habitado, siempre se escucha algo: el agua de alguien bañándose, un excusado vaciándose, el rumor del tinaco llenándose. El piso doce estaba sellado. No había nadie arriba. No había conexión de agua. Pero yo escuché algo. Un sonido rítmico, grave, como un burbujeo lento. Como si alguien hubiera dejado una olla a fuego bajo del otro lado del muro. Un glup... glup... glup... cada cuatro o cinco segundos, perfectamente espaciado.



Mondragón no quiso acompañarme al descanso de las escaleras entre el once y el doce. Dijo que tenía que atender unos asuntos administrativos, pero noté cómo evitó mirarme cuando lo dijo. Me dio una marro de cinco kilos y un cincel. Me explicó que el muro de concreto que sellaba el acceso al doce no era estructural, era un tabique añadido, y que podía abrirlo para acceder a las tuberías. "Solo necesita ver la tubería, no entrar a los departamentos", me dijo. "Si puede resolver la fuga desde la bajante del pasillo, mejor. No abra las puertas de los departamentos." No me dijo por qué. Y en ese momento no pregunté.
Subí por las escaleras hasta el descanso del once. Las escaleras de Tlatelolco son amplias, con esos barandales de hierro pintado de verde que llevan décadas descascarándose. Pero entre el once y el doce, las escaleras cambiaban. Los últimos ocho escalones antes del muro estaban oscurecidos, como si algo se hubiera filtrado desde arriba y hubiera teñido el concreto. Pasé la mano por uno de los escalones. Estaba seco, pero la textura era distinta, rugosa, como si el concreto hubiera absorbido algo y se hubiera hinchado ligeramente. Y el olor ahí arriba era mucho más fuerte. Ya no era un trasfondo. Era un golpe. Ese dulzor enfermizo mezclado con metal y algo más, algo que mi cerebro asoció con una carnicería un lunes por la mañana, antes de que laven el piso.
Empecé a golpear el muro con el marro. El primer golpe fue sólido, esperado. El segundo también. Al tercero, sentí una vibración rara en la herramienta, como si del otro lado el concreto tuviera una densidad distinta. Al quinto golpe se abrió una grieta del tamaño de mi mano y salió un chorro de aire que me dio directo en la cara. Tuve que voltearme. El aire de adentro era caliente, húmedo, denso. Olía a encierro de treinta años, pero no solo a eso. Había un componente vivo en ese aire, como entrar a un invernadero abandonado donde las plantas siguieron creciendo sin luz y sin nadie que las podara.
Seguí golpeando hasta abrir un hueco del tamaño suficiente para pasar agachado. Prendí mi lámpara de cabeza y asomé la luz. El pasillo del piso doce estaba ahí, intacto, como una cápsula del tiempo de mil novecientos noventa y cuatro. Las paredes seguían pintadas de ese verde institucional que usaban entonces. Había un directorio de residentes colgado en la pared con los nombres de las tres familias. Las puertas de los departamentos estaban cerradas. El piso tenía una capa de polvo tan gruesa que parecía terciopelo gris. Pero lo que me hizo detenerme fue el sonido. El silencio de un lugar normal tiene textura: se cuelan ruidos del exterior, del edificio, del viento. El silencio del piso doce era hermético, pesado, como tener los oídos tapados con agua. Y debajo de ese silencio, muy al fondo, como si viniera del interior de las paredes mismas, estaba el burbujeo. Más claro ahora. Más cerca. Glup... glup... glup. Pero ya no cada cuatro segundos. Ahora era cada dos. Como si algo hubiera notado que el muro estaba abierto. Como si algo se hubiera acelerado.



Entré al pasillo. Cada paso que daba levantaba una nube pequeña de polvo que flotaba en el haz de mi lámpara. Me dirigí a la bajante principal, que según los planos estaba empotrada en el muro entre el 1201 y el 1202. Necesitaba encontrar la llave de paso y el registro de la tubería para inspeccionar de dónde venía la fuga. Caminé pegado a la pared izquierda, pasando los dedos por la superficie. La pintura estaba ampollada en algunas zonas, como si debajo hubiera algo empujando. Cuando presioné una de esas ampollas con el pulgar, reventó y salió un líquido tibio y oscuro que me escurrió por la muñeca. Di un paso atrás. La pared, en el punto donde había presionado, empezó a supurar lentamente, como una herida que alguien hubiera dejado de presionar.
Encontré el registro de la bajante detrás de una tapa metálica oxidada a la mitad del pasillo. Necesité el cincel para forzarla porque el óxido la tenía soldada. Cuando la abrí, el olor me dobló. Tuve que ponerme el cubrebocas que llevaba en el bolsillo y aun así sentía las náuseas empujando. La tubería de cuatro pulgadas estaba ahí, vertical, pero no estaba vacía. Había algo dentro. No era una obstrucción normal, no era grasa acumulada ni raíces que se hubieran metido por una junta. Acerqué la lámpara. El interior del tubo tenía una especie de recubrimiento orgánico, como una membrana húmeda de color rojizo oscuro que palpitaba. Cada pulsación coincidía con el burbujeo. Glup. La membrana se contraía. Glup. Se expandía. Toqué el tubo con la llave stilson y la membrana se retrajo hacia arriba, rápido, como un animal que se asusta.
Me alejé del registro. Las manos me temblaban y las apreté contra los muslos para que dejaran de hacerlo. Me dije que podía ser algún tipo de hongo, una colonia bacteriana, algo con explicación. Los edificios viejos desarrollan ecosistemas en sus tuberías. Lo he visto. Nunca así, pero lo he visto.
Fue entonces cuando escuché la puerta. El departamento 1201, el de los Estrada, estaba a tres metros de donde yo estaba parado. La puerta era de madera, pintada de gris, con el número en calcomanías doradas medio despegadas. Y detrás de esa puerta, algo se movió. No fue un golpe. No fue un crujido. Fue el sonido de algo arrastrándose sobre un piso duro, lento, pesado, continuo. Como si alguien estuviera moviendo un mueble grande por el departamento. Pero no con prisa. Con calma. Con paciencia. El sonido iba de un extremo del departamento al otro y luego regresaba. De ida y vuelta. De ida y vuelta. Y entre cada recorrido, un silencio de exactamente cinco segundos. Lo conté. Fue involuntario, mi cerebro simplemente empezó a contar. Uno, dos, tres, cuatro, cinco. Y otra vez el arrastre.
Mondragón me había dicho que no abriera las puertas. En ese momento, parado en ese pasillo que olía a carne y a metal, con la tubería pulsando a mis espaldas y ese sonido rítmico al otro lado de una puerta que llevaba treinta años cerrada, entendí que la instrucción no era por protocolo. Era una advertencia.




Debí irme. Cualquier persona sensata hubiera regresado por el hueco del muro, bajado las escaleras, cobrado lo que pudiera y olvidado el asunto. Pero tengo un defecto que mi exesposa llamaba terquedad y que yo prefiero llamar compromiso con el trabajo: necesitaba entender de dónde venía la fuga. Si el problema estaba en la bajante, necesitaba seguir la tubería hasta su origen. Y el origen, según los planos, estaba dentro de los departamentos. En el baño del 1201, específicamente, había una derivación que conectaba con la bajante principal.
Puse la mano en la manija de la puerta. El metal estaba caliente. No tibio como el techo del once. Caliente, como una taza de café recién servido. Giré la manija. No tenía llave. La puerta se abrió hacia adentro con un sonido de succión, como cuando abres un tupperware que lleva días cerrado. El aire que salió era espeso, casi masticable, y me golpeó con una temperatura que no tenía sentido: hacía calor ahí dentro, un calor húmedo de invernadero tropical, tal vez treinta y cinco o treinta y ocho grados en un departamento sellado sin calefacción ni luz solar en tres décadas.
El arrastre se había detenido en el momento exacto en que toqué la manija.
Alumbré con la lámpara. La sala del departamento de los Estrada estaba amueblada. Un sofá de tela floreada, una mesa de centro con un cenicero de vidrio, un televisor de tubo sobre un mueble de madera. Todo cubierto por esa capa de polvo gris. Pero el polvo del piso tenía marcas. Surcos largos y paralelos que iban de la sala a la cocina y de la cocina a la sala, como si alguien hubiera arrastrado algo pesado una y otra vez, durante años, haciendo siempre el mismo recorrido. Los surcos eran profundos, de más de un centímetro. Lo que sea que los hizo había desgastado el piso.
Caminé hacia la cocina siguiendo los surcos. Los platos de los Villanueva no, de los Estrada, seguían en la mesa. Dos platos hondos con algo que alguna vez fue sopa y que ahora era una costra negra. Un vaso con un residuo blanquecino. Una silla volcada. La estufa estaba apagada pero la toqué de todos modos: caliente. Todo en ese departamento irradiaba un calor que no tenía fuente visible.
El baño estaba al fondo del pasillo interior. La puerta estaba abierta. Desde donde yo estaba, a unos seis metros, mi lámpara alcanzaba a iluminar los azulejos blancos del piso. Pero no eran blancos. Eran rosados. Un rosa orgánico, húmedo, como tejido vivo. Los azulejos del baño estaban cubiertos por la misma membrana que había visto en la tubería, pero extendida, cubriendo el piso, las paredes, subiendo por el espejo. Pulsaba. Todo el baño pulsaba al ritmo de aquel burbujeo que ahora era un latido constante, sin pausas, un corazón enorme y lento.
Di un paso hacia el baño. La membrana del piso del pasillo, que hasta entonces no había notado porque era delgada y transparente como una película de humedad, se adhirió a la suela de mi bota. La sentí jalar, suave pero firme, como caminar sobre cinta adhesiva. Di otro paso. El jalón fue más fuerte. Miré hacia abajo y vi que la membrana se estiraba desde mi bota hacia el interior del baño, tensa, como si algo la estuviera recogiendo.
Entonces la luz de mi lámpara parpadeó. En el medio segundo de oscuridad, vi algo en el reflejo del espejo del baño. No era mi reflejo. Era una forma más grande que yo, estática, de pie, justo detrás de donde yo estaba. No tenía contornos definidos. Era como una mancha oscura con volumen, una sombra tridimensional que ocupaba el espacio del pasillo a mis espaldas. Cuando la luz volvió, el espejo solo mostraba mi reflejo, mi cara detrás del cubrebocas, los ojos muy abiertos. Pero la sensación de que algo estaba detrás de mí no se fue. Sentí su calor en la nuca. Sentí el aire desplazarse como cuando alguien se inclina hacia ti.
No me di vuelta. Arranqué el pie de la membrana con un sonido húmedo de velcro orgánico y caminé hacia la puerta de entrada. No corrí. Quería correr, cada músculo me lo pedía, pero algo en mi instinto me dijo que correr era peor. Que lo que estaba detrás de mí reaccionaría al movimiento rápido. Caminé despacio, con los puños cerrados, sintiendo ese calor en la espalda todo el trayecto, hasta el pasillo, hasta el hueco del muro, y me agaché para cruzar al otro lado.



Le dije a Mondragón que la fuga era un problema estructural que estaba fuera de mi especialidad. Le recomendé contactar a un ingeniero civil. No le conté lo que vi. ¿Qué le iba a decir? ¿Que las tuberías de su edificio están vivas? ¿Que hay algo adentro de un departamento que lleva treinta años arrastrándose de la sala a la cocina? Me pagó, le di la factura y me fui.
Eso fue en septiembre. Estamos en enero y no he vuelto a Tlatelolco. Pero hay cosas que no me dejan. La primera es que la mancha oscura de mi pantalón, donde me limpié los dedos después de tocar el techo del once, no salió con nada. Ni cloro, ni solvente, ni nada. Terminé tirando el pantalón. La segunda es que me metí en internet a buscar información sobre el edificio Chihuahua y el piso doce. No encontré casi nada. Unas pocas menciones en foros viejos sobre las familias desaparecidas, pero siempre las mismas tres líneas, como si alguien hubiera limpiado la información. Sin embargo, encontré algo en un blog abandonado del dos mil nueve: un post de un tipo que decía ser nieto de la señora Cuevas, la del 1203. Decía que su abuela no desapareció esa noche de octubre. Decía que fue la primera en desaparecer, tres semanas antes. Pero que la administración del edificio había cambiado la fecha para que pareciera que todos se fueron al mismo tiempo. Y lo más perturbador: decía que antes de desaparecer, su abuela le había contado por teléfono que algo estaba creciendo en las tuberías del baño. Algo que salía de noche y dejaba marcas en el piso.
La tercera cosa que no me deja dormir es más simple y más horrible. El martes pasado me llegó un mensaje al celular de un número que no tengo registrado. Decía: "La fuga sigue. ¿Cuándo regresa?" Llamé al número. El tono de espera sonó cuatro veces y luego alguien contestó. No habló. Solo se escuchaba un sonido. Un burbujeo lento, rítmico, perfectamente espaciado. Glup... glup... glup. Colgué. El número, cuando lo busqué, no existe. Ninguna compañía lo tiene registrado.
A veces, por las noches, pongo la mano en la pared de mi departamento. Solo para asegurarme de que está fría.
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