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Siete ancianos murieron en la misma semana. Nadie revisó el ascensor.
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El montacargas del ala norte

Siete ancianos murieron en la misma semana. Nadie revisó el ascensor.

El montacargas del ala norte - hook 1
Llevo cuarenta años metido en huecos de ascensor. He visto ratas del tamaño de gatos, he encontrado huesos de paloma soldados a la grasa de los raíles, he respirado aire que no se movía desde la posguerra. Pero lo que encontré en el montacargas del ala norte de Los Olivos no era suciedad, ni abandono, ni ninguna cosa que pueda arreglarse con herramientas.
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Me llamo Paco. Bueno, Francisco Ramírez Soler, pero nadie me ha llamado Francisco desde que mi madre me pegaba con la zapatilla por llegar tarde a cenar. Sesenta y siete años tengo ya. Me jubilé en 2019, aunque a veces me llaman antiguos clientes para trabajitos que los jóvenes no quieren hacer. Ascensores viejos, de los de verdad. No estas cabinas modernas con pantallita y música. Hablo de montacargas Macpuarsa de los años sesenta, con puertas de tijera que te arrancan un dedo si no las respetas, motores que huelen a grafito caliente y aceite de ricino, cabinas de madera con arañazos de medio siglo. Mi zona siempre fue el Eixample. Cuarenta años subiendo y bajando por las entrañas de esos edificios modernistas que por fuera parecen palacios y por dentro tienen las tripas podridas. Conozco el olor de cada hueco de ascensor de esta ciudad. El del Passeig de Gràcia huele a humedad de sótano mezclada con el perfume caro que baja de los pisos altos. El de Urgell huele a comida de los restaurantes, a sofrito viejo que se mete en la grasa de los raíles. Cada edificio tiene su olor. Es lo primero que noto cuando abro una puerta de mantenimiento: el aliento del edificio. En octubre de 2003, mi empresa me mandó a un trabajo fuera de mi zona habitual. La residencia geriátrica Los Olivos, en Hospitalet. Llevaba cerrada solo tres semanas cuando recibimos el encargo. El ayuntamiento necesitaba una inspección técnica de los dos montacargas del edificio antes de decidir qué hacer con él. Trámites de cierre definitivo, me dijeron. Algo rutinario. Yo conocía la historia, claro. Todo el mundo en Hospitalet la conocía. Siete internos del ala norte habían muerto en la misma semana de septiembre. Todos en la misma planta, la tercera. Ninguno tenía diagnóstico terminal. Las autopsias no encontraron nada concluyente: paradas cardíacas, dijeron, como si eso explicara algo. Parada cardíaca significa que el corazón se paró. Eso ya lo sabíamos. La pregunta era por qué se paró siete veces en siete días en el mismo pasillo. La residencia cerró por presión de las familias. Los periódicos hablaron de negligencia, de legionela en el sistema de ventilación, de un escape de gas que nadie detectó. Pero las pruebas no dieron positivo en nada. Al final, el tema se fue apagando como se apagan todas las noticias. La gente olvidó. Yo no tenía miedo cuando acepté el trabajo. A ver, tenía cincuenta y cuatro años, llevaba décadas entrando solo en sótanos oscuros a las seis de la mañana. El miedo no era algo que yo conociera en el contexto laboral. Un cable suelto a doscientos voltios, eso sí me daba respeto. Pero un edificio vacío era solo eso: un edificio vacío. Ladrillos, cemento y silencio. O eso pensaba.
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Llegué a las ocho de la mañana de un martes. El conserje del ayuntamiento, un tipo calvo con bigote que se llamaba Tomás, me abrió la puerta principal y me dio un juego de llaves. Me explicó que la luz general estaba cortada pero que habían dejado un generador portátil conectado en el sótano para la inspección. Me deseó suerte con una sonrisa que no me gustó nada y se fue. Así, sin más. Me dejó solo en un edificio donde habían muerto siete personas tres semanas antes. El vestíbulo olía a lejía industrial mezclada con algo más dulce, algo orgánico que la lejía intentaba tapar sin conseguirlo. Como cuando limpias una nevera que ha estado desenchufada un mes: puedes frotar todo lo que quieras, pero el olor se queda en el plástico. Me até el pañuelo sobre la nariz, cogí mi caja de herramientas y mi linterna de casco, y fui directo al sótano. El montacargas principal estaba en la zona central del edificio. Era un Macpuarsa modelo MP-300, el mismo que tenían la mitad de los hospitales de Barcelona en aquella época. Lo conocía bien. Puerta de tijera exterior, cabina de acero con suelo de madera prensada, motor trifásico en la sala de máquinas del ático. Empecé la inspección por abajo, como siempre: foso, amortiguadores, poleas de desvío, tensores de cable. Todo normal. Sucio, descuidado, con el mantenimiento vencido, pero nada peligroso. Rellené los formularios, tomé las fotos y subí a revisar el segundo montacargas: el del ala norte. Este era más pequeño. Un modelo antiguo, probablemente de los años cincuenta, reconvertido varias veces. Servía para subir carritos de comida, ropa de cama, material médico. Estaba al fondo de un pasillo largo de baldosas verdes que brillaban con la luz de mi linterna como si estuvieran mojadas, aunque al tocarlas estaban secas y frías. Abrí la puerta del foso con mi llave maestra. Y ahí fue cuando noté lo primero raro. El aire que salió del hueco del ascensor estaba caliente. No tibio. Caliente. Como abrir un horno que lleva encendido una hora. En octubre, en un sótano de un edificio sin calefacción y sin electricidad más que un generador portátil, eso no tenía ningún sentido. Los huecos de ascensor son corrientes de aire frío, siempre. Funcionan como chimeneas invertidas. El aire frío del sótano sube por el hueco. Es física básica. Pero este aire bajaba. Caliente, denso, con un olor que no era el de la lejía del vestíbulo. Era un olor metálico, como de monedas de cobre mojadas, mezclado con algo que mi cerebro identificó antes que mi nariz: sudor humano. Sudor viejo, concentrado, el que impregna las sábanas de alguien que lleva semanas en cama con fiebre. Me quedé quieto un momento. Apunté la linterna hacia arriba por el hueco. Tres plantas de oscuridad. El cable colgaba inmóvil. La cabina estaba arriba, en la tercera planta, donde siempre se quedaban estos modelos cuando nadie los usaba. Nada se movía. Pero el aire seguía bajando caliente, como si algo respirara allá arriba.
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Decidí subir a la tercera planta para inspeccionar la cabina desde arriba. Así podría comprobar si había alguna fuga de calor desde alguna tubería o algún cortocircuito en el motor. Explicaciones racionales. Eso era lo que buscaba. Lo que necesitaba. La escalera del ala norte era estrecha, de esas con peldaños de mármol artificial que se han ido comiendo por los bordes con el paso de las décadas. Cada paso mío levantaba un eco corto y seco que rebotaba en las paredes. No había ventanas en el hueco de la escalera. Solo mi linterna y las sombras que proyectaba delante de mí, alargándose y encogiéndose con cada giro. En el segundo piso me detuve. Había algo en el suelo, justo delante de la puerta que daba al pasillo. Al principio pensé que era una mancha de humedad. Pero al agacharme vi que era una marca alargada, oscura, como si alguien hubiera arrastrado algo pesado y húmedo desde la puerta hasta la escalera. La toqué con la punta del destornillador. Estaba seca, pero pegajosa. Y el olor volvió: cobre, sudor, algo agrio que se metía en la parte de atrás de la garganta. Seguí subiendo. En la tercera planta, la puerta del pasillo estaba entreabierta. Yo recordaba que Tomás me había dicho que todo estaba cerrado con llave. Empujé la puerta con el pie y la linterna iluminó el pasillo del ala norte. Habitaciones a ambos lados, todas con la puerta abierta. Las camas todavía tenían las sábanas puestas, algunas revueltas, otras estiradas como si las hubieran hecho esa mañana. Mesitas de noche con vasos de agua a medio beber. Un calendario de pared de septiembre de 2003 con una foto de un campo de girasoles. El pasillo estaba en silencio. Pero no un silencio normal. Era un silencio comprimido, como cuando estás debajo del agua y notas la presión en los oídos. Un silencio que parecía empujar contra los tímpanos. Y hacía calor. Mucho calor. La temperatura era absurda para un edificio cerrado en octubre. Mi camisa se empezó a pegar al pecho. Fui hasta el montacargas. La puerta de tijera de la tercera planta estaba cerrada, como debía estar. Pero a través de las rejillas de la puerta pude ver la cabina. Y dentro de la cabina, en el suelo de madera prensada, había algo que no debería estar ahí. Eran marcas. Arañazos profundos en la madera, como hechos con las uñas. No dos o tres: docenas. El suelo entero de la cabina estaba cubierto de arañazos que iban en todas direcciones, como si alguien hubiera intentado cavar a través de la madera con las manos desnudas. Algunos eran superficiales, otros habían levantado astillas del grosor de un dedo. Mi primera reacción fue pensar en animales. Un gato encerrado, quizá. Pero los arañazos eran demasiado anchos, demasiado separados entre sí. Eran de manos. De muchas manos. Y en las astillas levantadas, en los bordes de las marcas más profundas, había restos de algo oscuro, seco, incrustado en la madera. No quise pensar en qué era. Saqué la cámara para fotografiarlo. Cuando miré la pantalla para encuadrar, vi algo que no había visto a simple vista. En la pared interior de la cabina, a la altura de la cintura de una persona sentada en el suelo, alguien había escrito algo con el dedo. Las letras eran torpes, temblorosas, como escritas a oscuras o con los ojos cerrados. Decían: «NOS BAJA».
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Debería haberme ido. Lo sé. Cualquier persona con sentido común habría bajado las escaleras, habría salido al aparcamiento, habría llamado a Tomás y le habría dicho que mandara a otro. Pero yo tenía cincuenta y cuatro años y una reputación. Paco Ramírez no deja un trabajo a medias. Paco Ramírez no se asusta de un edificio vacío. Eso me repetía mientras abría la puerta de la sala de máquinas en el ático. La sala de máquinas estaba un piso por encima de la tercera planta, en un altillo accesible por una escalera de mano metálica atornillada a la pared. El motor del montacargas era viejo, un trifásico de los que ya no se fabrican, con una bancada de hierro fundido que debía pesar más que yo. Los cables de tracción salían de la polea motriz y bajaban por el hueco. Todo estaba cubierto de una capa de grasa negra mezclada con polvo que formaba una pasta espesa, casi como barro. Revisé las conexiones. Todo desconectado, como debía estar. Sin corriente. Sin alimentación. El motor estaba muerto, frío al tacto. Los frenos mecánicos estaban echados. La cabina no podía moverse ni aunque quisieras. Era físicamente imposible. Entonces escuché el sonido. No vino del hueco del ascensor. Vino de abajo. Del pasillo de la tercera planta. Un chirrido largo, metálico, que conocía perfectamente porque lo había oído diez mil veces en mi vida: el sonido de una puerta de tijera de ascensor abriéndose. Ese deslizamiento de las barras de acero plegándose unas sobre otras, ese chasquido final cuando el mecanismo llega al tope. Me quedé inmóvil. Las manos apoyadas en la bancada del motor, la linterna apuntando a la pared, el corazón golpeándome en las sienes. El sonido se repitió: ahora la puerta cerrándose. El chasquido metálico, los pasadores encajando. Y después, algo que hizo que se me secara la boca de golpe: el zumbido del motor arrancando. Estaba tocando el motor. Mis manos estaban encima de la bancada. El motor no estaba girando. Estaba frío, muerto, desconectado. Pero el zumbido estaba ahí, vibrando en las paredes, en el suelo, subiendo por los cables como si viniera de otro motor, de otro ascensor que no existía en los planos. Y luego vino el movimiento. Los cables de tracción, esos cables que yo estaba mirando directamente, empezaron a moverse. Despacio. Hacia abajo. La cabina estaba bajando. Sin motor, sin electricidad, sin ninguna fuerza mecánica que pudiera explicarlo. Los cables se deslizaban por la polea con un susurro aceitoso, y desde abajo llegaba el sonido de la cabina descendiendo por el hueco: un roce continuo de las guías, un traqueteo rítmico cada vez que pasaba una junta entre secciones de raíl. Conté los pisos por el sonido. Tercera. Segunda. Primera. Sótano. La cabina llegó abajo con un golpe suave, amortiguado, como si alguien la hubiera frenado con cuidado. Los cables se detuvieron. Y el silencio volvió, pero ahora era un silencio diferente. Un silencio que esperaba. Mis manos temblaban. Nunca en cuarenta años me habían temblado las manos en un trabajo. Intenté pensar. Un contrapeso desequilibrado podría mover la cabina por gravedad si los frenos fallaban. Pero los frenos estaban echados, los había comprobado yo mismo hacía diez minutos. Y el sonido de la puerta abriéndose y cerrándose... las puertas de tijera no se abren solas. Necesitas una mano. Necesitas fuerza. Necesitas intención.
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Bajé. No me pregunten por qué. A veces pienso que fue orgullo profesional. A veces pienso que fue algo más, algo que tiraba de mí hacia abajo igual que tiraba de esa cabina. Bajé la escalera de mano, bajé los peldaños de la tercera planta a la segunda, de la segunda a la primera, de la primera al sótano. Cada planta estaba más caliente que la anterior. Cuando llegué al sótano el sudor me caía por la cara y me picaban los ojos. El pasillo del sótano era corto. Cuatro puertas a cada lado: almacenes, lavandería, archivo, sala del generador. Y al fondo, la puerta de tijera del montacargas. Estaba cerrada. La cabina estaba ahí, lo sabía por los indicadores mecánicos del marco. Apreté la cara contra la rejilla de la puerta para mirar dentro. La cabina estaba vacía. Pero el suelo ya no tenía solo arañazos. Ahora había algo más. En la madera, entre los surcos que habían dejado las uñas, había condensación. Gotas de agua formando un patrón. No era humedad aleatoria, no era goteo de una tubería. Las gotas dibujaban formas. Líneas paralelas, como los barrotes de una cama. Y alrededor de cada grupo de líneas, una forma ovalada. Como marcos. Como las cabeceras de siete camas vistas desde arriba. La linterna empezó a parpadear. Le di un golpe con la palma. Se estabilizó dos segundos y luego se apagó del todo. Oscuridad completa. No la oscuridad de cerrar los ojos: la oscuridad de un sótano sin ventanas, sin rendijas, sin ninguna fuente de luz. Una oscuridad tan sólida que casi podías masticarla. Y en esa oscuridad, el ascensor empezó a subir. Lo escuché perfectamente: el roce de la cabina contra las guías, el susurro de los cables, el traqueteo rítmico que ya conocía. Subía despacio, casi con delicadeza. Pasó la planta baja. Pasó la primera. Pasó la segunda. Se detuvo en la tercera. Silencio. Cinco segundos. Diez. Quince. La puerta de tijera de la tercera planta se abrió. Escuché el deslizamiento metálico tres pisos por encima de mi cabeza, amortiguado por la distancia pero perfectamente reconocible. Y después vino otro sonido. Un sonido que no era mecánico. No era metálico. No era nada que perteneciera a un ascensor. Eran ruedas. Ruedas pequeñas, de goma, rodando sobre baldosas. El sonido que hace un carrito de hospital cuando lo empujan por un pasillo. Pero no era un carrito. Eran varios. Muchos. Rodando todos a la vez, entrando en la cabina del ascensor desde el pasillo de la tercera planta. Rueda tras rueda tras rueda, con un ritmo irregular, como si los empujaran manos que no recordaban bien cómo hacerlo. Y debajo de las ruedas, otro sonido. Más suave. Más difícil de identificar al principio, pero cuando lo hice sentí que las piernas me dejaban de funcionar. Eran respiraciones. Respiraciones cortas, superficiales, entrecortadas. Como las de alguien que respira con dificultad. No una persona. Muchas. Respirando a destiempo, cada una con su propio ritmo roto, formando un coro arrítmico que bajaba por el hueco del ascensor hasta donde yo estaba, en la oscuridad total del sótano, con la espalda contra la pared y el destornillador apretado en el puño. La puerta de la tercera planta se cerró. Y la cabina empezó a bajar. Tercera. Segunda. Primera. Cada piso más cerca, cada traqueteo más fuerte, las respiraciones haciéndose más claras, más presentes, más reales. Podía distinguirlas ahora: algunas sibilantes, con un pitido agudo al final de cada exhalación. Otras húmedas, con un burbujeo en el fondo. Otras apenas un hilo de aire entrando y saliendo de una boca que ya no debería respirar. La cabina se detuvo en el sótano. Justo delante de mí. A un metro de mi cara. La puerta de tijera era lo único que nos separaba. No se abrió. Pero a través de la rejilla, en la oscuridad absoluta, sentí el calor. Un calor húmedo, pegajoso, que olía a cobre y a sudor y a algo medicinal, como alcohol desinfectante evaporándose de sábanas empapadas. Y sentí las respiraciones contra mi cara. Siete exhalaciones distintas, una detrás de otra, como si cada una esperara su turno para hacerme saber que estaba ahí. Que estaban todos ahí. Que nunca se habían ido de esa cabina.
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No sé cuánto tiempo estuve ahí. Pudieron ser dos minutos o veinte. En algún momento la linterna volvió a encenderse sola, como si alguien hubiera decidido que ya era suficiente. La cabina estaba vacía. Sin condensación, sin calor, sin olor. Solo la madera arañada y el silencio de un edificio muerto. Subí las escaleras sin correr pero sin pararme. Crucé el vestíbulo. Salí al aparcamiento. Respiré el aire de octubre, frío, limpio, con olor a gasoil de los autobuses de la Ronda. Nunca un aparcamiento de Hospitalet me había parecido tan hermoso. Llamé a mi empresa y dije que el segundo montacargas necesitaba una inspección estructural que yo no podía hacer solo. Necesitaban mandar un equipo. Mentí, claro. Lo que necesitaba era no volver a entrar ahí. Nadie volvió. El informe quedó incompleto. El ayuntamiento acabó demoliendo el edificio en 2008 sin que nadie terminara esa inspección. Hoy hay un bloque de pisos en ese solar. Sesenta y tantas familias viviendo encima de donde estaba el ala norte. A veces conduzco por la avenida de Fabregada y paso por delante. Un edificio nuevo, bonito, con balcones de aluminio y toldos de colores. Normal. Pero siempre miro la fachada y cuento los pisos. Y siempre me hago la misma pregunta: si esas familias tienen ascensor, y si alguna noche, a las tres o las cuatro de la mañana, alguien ha oído cómo la cabina se mueve sola. Cómo baja despacio, piso a piso, como si recogiera a alguien en cada planta. No lo he contado nunca. Bueno, hasta ahora. Mi mujer sabe que no me gusta hablar de aquel trabajo de Hospitalet, pero nunca le he dicho por qué. Hay cosas que si las dices en voz alta se hacen más reales. Y hay cosas que ya son demasiado reales como para darles más fuerza. Pero les voy a decir algo. Yo he reparado ascensores toda mi vida. Conozco cada pieza, cada cable, cada engranaje. Sé exactamente cómo funcionan y por qué funcionan. Y precisamente por eso sé que lo que pasó en ese montacargas no tiene explicación mecánica. Los ascensores no bajan solos. Las puertas no se abren solas. Y los muertos no respiran. Pero en el ala norte de Los Olivos, las tres cosas pasaban a la vez.

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