Saltar al contenido
La avería del adosado 17 que seguía sonando con la luz cortada
6 min de lectura5 min de audio

El timbre de las 19:43

La avería del adosado 17 que seguía sonando con la luz cortada

El timbre de las 19:43 - hook 1El timbre de las 19:43 - hook 2
He arreglado porteros en casas okupadas, chalets vacíos y pisos donde no abría nadie, pero nunca había visto un timbre sonar todos los días desde dentro de una casa sin corriente. Lo peor no fue oírlo a las 19:43. Fue descubrir que alguien, o algo, ya me estaba esperando detrás de la mirilla.
El timbre de las 19:43 - contexto 1El timbre de las 19:43 - contexto 2
Me llamo Mireia Coves y me gano la vida instalando persianas motorizadas, cerraduras con cámara y videoporteros en urbanizaciones donde todas las fachadas parecen copiadas con papel carbón. Mi rutina suele ser simple: llegar, revisar cableado, aguantar al cliente explicándome una avería que no entiende y salir con olor a aluminio, yeso y plástico caliente pegado en la ropa. Esa semana me mandaron a Los Olmos, bloque 4B, por una incidencia que el administrador describió como absurda. El timbre del número 17 sonaba cada tarde a la misma hora, exactamente a las 19:43, aunque la casa llevaba cerrada desde 2004 y el suministro eléctrico figuraba cortado desde hacía diecinueve años. Cuando aparqué vi la hilera de adosados iguales, con sus jardincitos secos y toldos beige, y el 17 destacaba por una cosa mínima: la puerta tenía un tono más mate, como si hubiera pasado demasiadas manos por ella antes de dejarla sellada.
El timbre de las 19:43 - primer evento 1El timbre de las 19:43 - primer evento 2
El presidente de la comunidad me esperaba en la acera de enfrente. No quiso acercarse. Me dijo, medio en broma, que ya vería “la gracia” si me quedaba hasta esa hora. Yo pensé en una derivación rara o en humedad dentro del pulsador. El precinto municipal estaba viejo, cuarteado, y aun así la cerradura cedió con una llave que me dio el administrador en un sobre sin remitente. Al abrir, salió un aire inmóvil, más frío que la calle, con olor a polvo húmedo, colonia infantil rancia y tela encerrada. No era un olor de casa vacía, era un olor detenido. Dejé la puerta entornada, revisé el cuadro y confirmé lo obvio: no había tensión. Ni una luz piloto, ni un zumbido, nada. A las 19:43 en punto, mientras estaba agachada mirando el cable del portero, el timbre sonó a mi espalda, una sola vez, limpio, metálico, desde el interior de la casa, no desde la calle.
El timbre de las 19:43 - escalada 1 1El timbre de las 19:43 - escalada 1 2
Me giré tan rápido que me golpeé el codo con el mueble del recibidor. El sonido había salido del fondo del pasillo, no del mecanismo junto a la puerta. Fui siguiendo el cableado visto, apartando telarañas que se pegaban a los nudillos como hilo mojado. El suelo de gres estaba helado incluso a través de las suelas, y cada paso levantaba un olor fino a escayola vieja. En la cocina encontré el primer detalle que me hizo dejar de pensar en una avería normal: sobre la encimera había una taza con un cerco oscuro pegado al fondo y una cucharilla apoyada al lado, cubierta de una película mate de polvo menos en el mango, como si alguien la hubiera tocado hacía poco. Entonces sonó otra vez. No fuerte, no agresivo. Más bien doméstico. Dos notas cortas, casi educadas. Venían de arriba. Y justo después, muy suave, oí el motor de un monitor antiguo encendiéndose, ese zumbido fino de tubo que vibra en el aire antes de dar imagen.
El timbre de las 19:43 - escalada 2 1El timbre de las 19:43 - escalada 2 2
Subí con la linterna en la boca porque necesitaba las dos manos libres. La barandilla estaba pegajosa, como barniz reblandecido por años de encierro, y el aire se volvía más cálido conforme avanzaba, algo que no cuadraba con una casa sin luz ni ventilación. Arriba había tres puertas cerradas y una entreabierta al final. Antes de llegar, me fijé en un detalle ridículo que todavía recuerdo mejor que el miedo: en la pared del pasillo había una marca de dedos pequeños dibujada sobre el polvo, cinco líneas cortas a la altura de una cuna. Empujé la puerta y entré en un cuarto infantil. Cortinas tiesas, peluches amarillentos, un móvil de estrellas inmóvil. En la esquina, sobre una cómoda, estaba encendido un monitor de vigilancia de esos antiguos, pantalla curva, blanco y negro. La imagen no mostraba el cuarto del bebé. Mostraba la entrada de la casa. Mi furgoneta seguía fuera, la puerta principal seguía entornada y, en medio del encuadre, se veía mi caja de herramientas. Luego una sombra tapó durante un segundo la mirilla desde dentro.
El timbre de las 19:43 - climax 1El timbre de las 19:43 - climax 2
No sé por qué hice lo que hice después. Supongo que por orgullo, o por esa manía profesional de querer encontrarle lógica a todo. Cogí el monitor con las dos manos. El plástico estaba tibio, casi caliente, y tenía esa textura granulada que raspa la yema de los dedos. Al tocarlo, la imagen cambió sola. Ya no enfocaba la entrada. Empezó a recorrer la casa como si alguien moviera una cámara que no existía: la cocina, el pasillo, la escalera, subiendo hacia mí con un balanceo lento. Escuché el timbre otra vez, abajo, tres veces seguidas. Desde la pantalla vi la puerta principal cerrarse poco a poco hasta encajar. Yo la había dejado abierta. Quise bajar, pero en ese momento oí un crujido detrás de mí, muy cerca, como el peso leve de un colchón infantil hundiéndose. No me giré al principio. Noté primero el olor, una mezcla de talco antiguo y cable quemado. Luego un calor localizado en la nuca, como cuando alguien se acerca demasiado para hablarte al oído. La pantalla hizo un chasquido y mostró por fin el cuarto donde yo estaba. Se veía la cuna, la cómoda, la puerta... y a mí, de espaldas, sujetando el monitor. A mi lado derecho, pegada a mi hombro, había una forma más oscura que el resto de la habitación. No tenía contorno limpio. Era como una zona donde la imagen se había quedado sin detalle. Entonces la forma levantó algo parecido a una mano y señaló la pantalla. Ahí sí me giré. No vi a nadie. Pero el colchón de la cuna seguía hundido en el centro, balanceándose apenas, y el timbre sonó una última vez, dentro del armario cerrado frente a mí.
El timbre de las 19:43 - resolucion 1El timbre de las 19:43 - resolucion 2
Bajé sin cerrar nada, dejé el monitor en la cómoda y salí a la calle con la boca seca, notando el sabor a metal que te queda después de morderte sin darte cuenta. El presidente me preguntó si estaba arreglado y le dije que no había avería que reparar. Esa misma noche redacté el parte como “incidencia no reproducible por causas ajenas al sistema”, una frase cobarde, ya lo sé. Desde entonces no he vuelto a aceptar avisos en Los Olmos. Pero el mes pasado, cambiando un videoportero en otra urbanización, vi la hora en el móvil: 19:43. Y en el bolsillo de mi chaqueta de trabajo, que juraría haber vaciado, sonó un timbre breve, limpio, idéntico al de aquella casa. Cuando metí la mano, solo encontré un tornillo viejo y tibio.

Escucha este relato con ambientación sonora

Ver en YouTube

Compartir

Más relatos