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La inspección de rutina en el dirigible varado sobre Riaño no terminó cuando bajé de la plataforma
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Bajo la Panza del Santa Elvira

La inspección de rutina en el dirigible varado sobre Riaño no terminó cuando bajé de la plataforma

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La primera vez que escuché a alguien caminar por debajo de mí, estábamos colgados a más de cuarenta metros sobre el embalse y yo sabía, con total seguridad, que no había nadie más en la plataforma. Lo peor no fue eso. Lo peor fue oír cómo se detenía justo debajo de mis botas, como si estuviera esperando a que yo mirara por la rejilla.
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Yo no soy de los que exageran. Mi trabajo, de hecho, depende de lo contrario. Llevo años inspeccionando aeronaves cautivas, globos publicitarios, dirigibles turísticos fuera de servicio, cualquier cosa inflada con helio que siga amarrada a tierra y que todavía necesite revisiones de seguridad. Mi rutina suele ser bastante aburrida, y te lo digo como algo bueno. Llegar, abrir ficha, revisar tensiones en las líneas, escuchar si hay pérdida de gas en válvulas o costuras, comprobar balizas nocturnas, tomar fotos, firmar y marcharme. Si un día termina sin novedad, para mí es un día perfecto. Lo del Santa Elvira empezó por correo, con un encargo normal sobre el papel. El dirigible llevaba varado sobre el embalse de Riaño desde la tormenta eléctrica del 14 de octubre de 2019. No se había estrellado, pero quedó inutilizado. El sistema de sujeción de la estación turística aguantó a medias, el casco no llegó a rasgarse del todo y la aeronave quedó inclinada, desplazada de su anclaje principal, como si el viento la hubiera empujado y luego se hubiera cansado a mitad del gesto. Desde la carretera se veía incluso bonito, una cosa absurda, blanca y enorme suspendida sobre agua oscura y montes pelados. A la gente le encantan esas ruinas raras. A mí me interesaban las pérdidas en la envolvente y las luces de balizamiento que, según el informe, se activaban cuando querían. Subí allí una tarde fría de finales de octubre. El aire tenía ese olor mineral que deja el agua embalsada, húmedo, con algo de barro y hierro viejo. La barquilla turística ya no se usaba. Para acceder a la panza del dirigible habían montado una plataforma de mantenimiento estrecha, colgada por cables y tirantes, con suelo de rejilla galvanizada. Cada paso devolvía un crujido fino y un zumbido que se transmitía por toda la estructura. Llevaba mono térmico, arnés, linterna frontal, medidor ultrasónico de fugas, cámara, libreta impermeable y una radio que solo funcionaba bien cuando le daba la gana. El encargado del recinto, un hombre llamado Salas, me recibió abajo. Tenía los dedos manchados de nicotina y hablaba bajito, como si el agua oyera. Me explicó lo básico, que no subía nadie desde hacía semanas, que las baterías auxiliares de las balizas se habían cambiado en verano y que desde la tormenta a veces aparecían incidencias eléctricas fantasmas en el panel. Dijo fantasmas sonriendo, como broma cansada. Yo también sonreí. Es muy común que la gente adorne estas cosas, sobre todo si hay una mole de casi cien metros flotando inmóvil sobre un valle que antes fue un pueblo. En mi cabeza solo había trabajo. Viento leve, seis grados, metal frío en los guantes y dos horas de luz por delante. Nada más.
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Los primeros cuarenta minutos fueron exactamente lo que esperaba. Comprobé costuras longitudinales, medí pérdida en dos válvulas de compensación y marqué una baliza lateral cuya carcasa estaba sulfatada por dentro. El Santa Elvira olía a lona humedecida, a caucho reseco y a ese rastro dulce, casi limpio, que dejan algunos compartimentos donde ha habido helio escapando durante mucho tiempo. No es un olor fuerte, más bien una sensación en la nariz, como si el aire estuviera demasiado lavado. La tela exterior, donde podía tocarla, tenía una textura extraña, fría y tensa, pero con zonas blandas, fatigadas por los años y el sol. Fue al llegar a la parte central de la plataforma cuando oí el primer golpe. Un toc seco, metálico, justo debajo de la rejilla. Me detuve pensando que habría sido una herramienta mal colocada chocando contra algún peldaño. Miré mis mosquetones, la bolsa lateral, la linterna. Todo en su sitio. Volví a avanzar y sonó otra vez, dos veces seguidas, toc... toc... con la separación exacta de unos nudillos llamando desde abajo. No me asusté. Lo primero que sentí fue fastidio, porque cuando una estructura vieja se enfría empieza a quejarse de mil maneras y luego todo el mundo te dice que había algo raro. Me agaché, acerqué la frente a la rejilla y alumbré entre los rombos metálicos. Debajo no había más que la sombra de la propia panza del dirigible, cables tensores, y mucho más abajo, el agua del embalse, negra y quieta, con una película mínima moviéndose cerca de la orilla. La luz rebotó en una abrazadera, en un tramo de tubo, en gotas pegadas al metal. Nada más. Seguí con el protocolo. Anoté valores, saqué dos fotos y revisé la línea de alimentación de las balizas. Entonces me di cuenta de otro detalle. Mi radio, que hasta ese momento había soltado el siseo normal de fondo, empezó a emitir una especie de respiración corta. No una voz ni palabras, eso lo quiero dejar claro. Era un sonido húmedo, irregular, como cuando alguien tapa el micrófono con la manga y habla sin apretar el pulsador. La aparté del pecho, la golpeé con dos dedos y se cortó. Enseguida volvió el silencio, salvo el rozamiento del viento en la envolvente del dirigible, un sonido fino, parecido al de una mano enorme alisando una sábana. En ese momento ya había perdido un poco la comodidad, aunque todavía seguía dentro de lo racional. Pensé en condensación, en un cable suelto, en las vibraciones. Pero antes de seguir marqué la posición en la libreta y, por simple manía, miré hacia la escalera por la que había subido. Seguía vacía. Ni Salas, ni otro técnico, ni nadie. Solo la plataforma balanceándose apenas, con ese movimiento casi imperceptible que notas en las rodillas antes que en los ojos. Y aun así, mientras volvía a ponerme en pie, tuve la sensación incómoda de haber interrumpido algo muy paciente.
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Decidí terminar el tramo central antes de avisar abajo. No por valentía, sino porque en este trabajo, si llamas por cualquier ruido, acabas pareciendo uno de esos inspectores que ven peligros para justificar horas. Revisé las conexiones del circuito de balizamiento y encontré algo que sí era anómalo: una de las cubiertas protectoras estaba abierta. No rota, no vencida por el viento. Abierta. Los dos cierres habían quedado sueltos y colgaban, golpeando muy despacio contra la chapa con cada balanceo. Eso podía explicar uno de los sonidos, pero no el ritmo de nudillos que había oído antes. Metí la mano con guante para comprobar el estado del cableado y noté la humedad al instante. El interior estaba mojado, pero no por lluvia. Era una humedad pegajosa, más densa, y al sacar la mano vi que el guante había quedado con un brillo opaco, como de grasa diluida. Lo acerqué a la linterna y olía raro, no combustible, no aceite eléctrico, tampoco agua estancada. Era un olor tibio, orgánico, parecido al interior de una venda recién retirada o al aire que sale de una habitación cerrada donde ha dormido alguien enfermo. Me dio asco, esa es la palabra exacta. Probé las balizas desde el panel portátil y las luces respondieron tarde, primero un destello débil a babor, luego otro arriba del lomo, y finalmente la roja inferior, justo unos metros detrás de mí. Cuando se encendió, la rejilla proyectó una sombra cuadriculada sobre mis botas y sobre algo más. Una forma larga, pegada bajo la plataforma, como una sombra de cable demasiado grueso. Duró menos de un segundo, porque la baliza volvió a apagarse. Me giré de golpe y solo vi oscuridad, tirantes, metal mojado. Nada que pudiera asegurarte que estaba ahí. Llamé a Salas por radio. Le dije que tenía retrasos en el circuito y posible humedad anómala en una caja de conexión. Me respondió con mucho ruido de fondo, la voz yéndose y volviendo. Entendí más o menos que iba a reiniciar el panel desde abajo. Esperé agachado, con una rodilla clavada en la rejilla helada. El frío ya me estaba entrando por la tela del mono, y las manos, incluso con guantes, empezaban a sentirse torpes. Entonces el sistema volvió a activarse. Una a una, las balizas del dirigible fueron encendiéndose en secuencia. Roja, blanca, roja. Cada pulso de luz me dejaba ver un pedazo distinto de la estructura inferior. Y en uno de esos pulsos, muy claro, vi una mano agarrada al marco de la plataforma desde abajo. No una mano entera, no como en una película. Vi cuatro dedos largos, demasiado pálidos bajo la luz roja, con las uñas oscuras o llenas de suciedad, aferrados al borde metálico justo a mi izquierda. El pulso siguiente dejó solo vacío. Me aparté tan rápido que me golpeé la espalda con un tirante y la plataforma se balanceó de verdad por primera vez. Todo empezó a sonar a la vez: cables tensándose, chapa vibrando, mi respiración rebotando dentro del cuello del mono. Quise decir algo por radio y no me salió la voz hasta el segundo intento. Salas respondió después de una pausa rara. No preguntó qué había pasado. Solo dijo: “No mire debajo mucho rato”. Así, como si ya me hubiera entendido. Y te juro que eso me dejó peor que la mano.
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En ese punto debería haber bajado. Y si te soy sincero, durante unos segundos lo único que quise fue enganchar la línea de vida corta y retroceder sin mirar a ningún lado. Pero cuando haces inspección técnica hay una cosa que te mete problemas en la cabeza: la necesidad de comprobar. Si vi algo, necesitaba saber qué había sido. Un trapo atrapado, una cincha suelta, un animal. Cualquier explicación mediocre me habría servido con tal de no dejar aquello abierto dentro de mí. Avancé hacia la parte de popa, donde la plataforma se estrechaba y la tela del dirigible quedaba tan cerca que a veces rozaba el hombro al balancearse. Allí el aire cambiaba. Bajo la panza se había acumulado un olor más frío, como de plástico mojado y agua profunda, pero mezclado con otro más difícil de definir, una nota agria, casi de aliento antiguo. Mi linterna iluminaba partículas suspendidas, niebla fina o polvo de lona, y el haz parecía frenarse antes de llegar al otro extremo. El embalse debajo reflejaba apenas las luces, y esa falta de profundidad me daba una sensación horrible, como si no hubiera agua sino una lámina negra colocada para ocultar algo. Encontré la segunda anomalía en la línea de balizamiento trasera. El cable no estaba roto, sino peinado. Esa es la palabra. Los recubrimientos externos aparecían abiertos en tiras muy finas, como si alguien los hubiera raspado con paciencia, apartando el aislante con uñas o con algo estrecho y duro. Toqué una de esas tiras y estaba tibia. Tibia, después de una tarde entera a seis grados. Me quedé quieto con el dedo encima, esperando que perdiera el calor. No lo perdió. Entonces oí la voz. No venía de la radio, ni de arriba, ni del agua. Parecía salir de la propia envolvente, amortiguada por capas de tela y gas, como si alguien hablara desde dentro del dirigible con la boca pegada a un colchón. No entendí palabras completas. Solo una cadencia baja, insistente, y algo parecido a mi apellido al final, mal dicho, arrastrado. Mi primer impulso fue llamarme idiota. El viento puede deformar cualquier sonido, las costuras trabajan, los tirantes vibran. Yo mismo me lo repetía mientras notaba que el pulso me latía hasta en las encías. Alumbré la costura longitudinal y vi que una sección de la lona se hundía hacia dentro y volvía a salir, despacio, como si algo grande se apoyara desde el otro lado y retirara el peso. No era el movimiento general del dirigible. Era local. Del tamaño de un torso inclinado. Di un paso atrás y la lona volvió a tensarse. Enseguida, tres golpes sordos sonaron desde el interior de la envolvente. No en el metal, no en la plataforma. Dentro. Tum... tum... tum. Hablé por radio sin apartar la vista. Dije que interrumpía la inspección, que necesitaba subir iluminación exterior y que abrieran el registro de mantenimiento porque quizá había intrusión animal o daños estructurales no informados. Esta vez Salas tardó tanto en contestar que pensé que se había cortado. Cuando por fin habló, su respiración era lo único claro. Luego dijo: “Baje sin darle la espalda”. Eso me dejó clavado. Porque uno puede aceptar una avería rara, una interferencia, incluso una mentira administrativa. Pero cuando el único hombre en tierra te dice eso con la voz de quien ya ha visto algo, el trabajo deja de ser trabajo. Se convierte en una pregunta. Y yo, en vez de bajar enseguida, cometí el error de alumbrar otra vez la lona hundida. Desde dentro, muy despacio, algo deslizó la yema de varios dedos a lo largo de la tela, marcando una mano deforme que avanzó a mi misma altura y se detuvo justo frente a mi pecho.
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Te juro que intenté mantener la cabeza fría. Hay una parte del cerebro profesional que se resiste a rendirse, que sigue buscando categorías: dilatación del material, ave atrapada, saboteador, reflejo. Pero esa mano marcada en la tela no tenía nada de ave ni de reflejo. Los dedos eran demasiado largos y las articulaciones aparecían donde no debían. Además, se movían con lentitud deliberada, siguiendo mi respiración. Cuando yo retrocedía un paso, la presión desde dentro avanzaba otro poco, arrastrando la lona con un crujido seco, como uñas pasando por el reverso de un mantel plastificado. Empecé a bajar hacia la escalera, de frente, sin apartarle la vista, tal como había dicho Salas. La rejilla vibraba bajo mis botas con un traqueteo pequeño pero constante. A cada movimiento, el arnés me rozaba el cuello y me dejaba entrar una hebra de aire helado por la espalda. La linterna frontal me calentaba la frente, y sin embargo tenía los dedos tan fríos que casi no los sentía dentro del guante. Todo eso lo recuerdo con una claridad absurda: el sabor metálico en la lengua, la humedad pegada en el bigote, el chasquido de una brida suelta golpeando contra un tubo a mi derecha. Como si el cuerpo supiera que iba a necesitar pruebas de que aquello pasó de verdad. La mano desapareció de la tela. Y durante dos segundos pensé, con un alivio tan grande que casi me hizo reír, que todo se había acabado. Entonces la lona, justo encima de la plataforma, empezó a hundirse en varios puntos a la vez. Uno, dos, tres. Como si algo se arrastrara por el interior usando codos, rodillas o lo que fuera, recolocando el peso para situarse sobre mí. El material gemía, las costuras tensaban, y del borde de una unión mal sellada empezó a salir un hilo de gas mezclado con condensación, un silbido fino que olía dulzón y frío. Levanté la vista solo un segundo, pero fue suficiente para ver una silueta humana, o casi humana, desplazándose dentro de la envolvente translúcida, apenas sugerida por la luz exterior que moría. Ahí perdí la disciplina. Me giré para bajar más rápido y la plataforma se sacudió con un golpe brutal debajo de mis pies. No a un lado, no por viento. Debajo. Algo impactó desde la parte inferior y los anclajes soltaron un lamento metálico tan agudo que me hizo apretar los dientes. Caí de rodillas. La linterna chocó contra la rejilla, dibujando destellos locos sobre cables, remaches, agua. Y otra vez, aquellos dedos aparecieron, esta vez saliendo por entre una junta lateral donde la plataforma no cerraba del todo con el fuselaje. No puedo asegurarte cómo eran, porque el cerebro hace cosas raras cuando entra en pánico, pero sí sé lo que tocaron. Me agarraron la muñeca izquierda por encima del guante. No fue una presión enorme. Fue peor. Tenían una fuerza indecisa, exploratoria, como si no estuvieran acostumbrados al peso ni a la forma de una mano viva. La temperatura me atravesó el brazo. No era solo frío. Era un frío húmedo, profundo, de cosa guardada mucho tiempo, y al mismo tiempo quemaba, como metal congelado pegándose a la piel. Grité y golpeé con la llave dinamométrica que llevaba colgada. Al segundo golpe soltó mi muñeca. No escuché un quejido, ni una carrera, ni un chapoteo. Solo el roce rápido de algo retirándose por el interior del dirigible, acompañando mi posición desde arriba. Conseguí ponerme en pie y empecé a bajar los peldaños sin dignidad ninguna, enganchando a medias el mosquetón, resbalando con la suela mojada, respirando como si me hubiera tragado humo. A mitad de la escalera miré hacia arriba porque sentí luz roja en la cara. Todas las balizas del Santa Elvira se habían encendido a la vez, fijas, sin parpadear. Eso no debería pasar. En esa luz pude ver la plataforma completa recortada contra la panza del dirigible. Y vi algo asomado por encima del borde. No una cabeza entera. Una inclinación. Un bulto alargado que no sobresalía lo suficiente para enseñar rasgos, pero sí lo justo para que dos manos, muy abiertas, descansaran en la rejilla donde yo había estado arrodillado. Parecía observarme bajar. No con ojos, no puedo decir eso. Pero con atención. Con una quietud intencional que me hizo sentir medido. Seguí bajando y al llegar al último tramo me encontré a Salas esperándome en la base, sin linterna en alto, sin preguntas, sujetando la cuerda guía con las dos manos. Le grité que había alguien arriba. Él levantó la vista solo una vez. Luego me apartó hacia el hangar auxiliar con una brusquedad que no le había visto antes. Cuando quise volver a mirar, las balizas se apagaron. La plataforma quedó negra. Y desde arriba, muy despacio, llegó el sonido de unos pasos metálicos recorriendo la rejilla exactamente hasta el punto donde yo había dejado caer una gota de sangre de la muñeca.
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En el hangar me sentaron sobre una caja de material eléctrico y Salas me envolvió la muñeca con una venda de botiquín sin decir gran cosa. Yo seguía repitiendo que había alguien arriba, que había que llamar a Guardia Civil, que quizá había un intruso escondido dentro de la envolvente. Él no discutía, pero tampoco parecía sorprendido. Solo tenía esa cara de cansancio viejo que pone la gente cuando una posibilidad horrible deja de ser hipótesis. Cuando terminé de hablar, me preguntó una sola cosa: si me había llegado a tocar piel. Le dije que no, que el guante y la manga habían aguantado. Entonces asintió como quien confirma un dato importante. Subimos de nuevo, pero no inmediatamente. Esperamos a que llegaran otros dos hombres del recinto y entramos con focos, arneses dobles y el panel general desconectado. La plataforma estaba vacía. No había nadie, no había marcas claras, no había herramientas movidas salvo la mía tirada a dos metros de donde juraría haberla soltado. Encontraron la caja de conexión abierta y el cable trasero raspado. También vieron la mancha en mi guante. Nadie supo decir qué era. La enviaron a analizar, según me contaron después, y el resultado fue inútil, mezcla de agua, grasa, trazas orgánicas degradadas. Nada concluyente. Mi muñeca, en cambio, quedó con una marca difusa durante días, cinco zonas pálidas al principio y luego moradas, como dedos impresos a través del tejido. Pedí el histórico de incidencias del Santa Elvira. Tardaron en dármelo, pero al final lo vi. Fallos de balizamiento repetidos, lecturas térmicas absurdas en zonas sin carga, radios con interferencias, dos operarios que renunciaron y una nota antigua, escrita meses después de la tormenta, que decía: “Evitar permanencia en plataforma inferior tras activación simultánea de luces”. Sin explicación. Sin firma legible. No volví a aceptar trabajos allí. Podría decirte que todo quedó en un expediente raro y una mala experiencia, pero no sería verdad. A veces, cuando reviso otras aeronaves y oigo crujir una costura con el viento, me acuerdo de aquella voz diciéndome el apellido como si lo aprendiera sobre la marcha. Y hay una cosa más. El Santa Elvira sigue ahí. Lo sé porque hace unos meses lo vi desde la carretera al anochecer. Estaba oscuro, inmóvil, recortado sobre el embalse. Pasé despacio. Ninguna baliza encendida. Hasta que lo dejé atrás por el retrovisor. Entonces se encendieron todas a la vez, fijas, rojas, durante unos cuatro segundos exactos. Y aunque yo ya estaba lejos, vi con total claridad una forma bajo la panza, asomada a la plataforma, esperando a que alguien volviera a subir.

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