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Tres personas desaparecieron en una embotelladora de Lanjarón. Me mandaron a investigar por qué.
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El Turno de Noche

Tres personas desaparecieron en una embotelladora de Lanjarón. Me mandaron a investigar por qué.

El Turno de Noche - hook 1
Hay un sonido que hace el agua cuando se mueve sola dentro de tuberías que llevan cuatro años secas. Un gorgoteo lento, como si algo estuviera tragando. Llevo once meses intentando olvidar ese sonido, y todavía no he conseguido ducharme sin dejar la puerta del baño abierta.
El Turno de Noche - contexto 1El Turno de Noche - contexto 2El Turno de Noche - contexto 3
Me llamo Diego. Trabajo como técnico de prevención de riesgos laborales desde hace doce años, la mayoría de ellos para una consultora de Málaga que me manda a evaluar espacios de trabajo antes de que los abran al público. He auditado de todo: naves industriales en polígonos sin alma, oficinas de coworking montadas en locales que antes eran bares de copas, un par de centros logísticos que olían a humedad y a plástico quemado. Mi trabajo consiste, básicamente, en entrar a sitios donde nadie quiere entrar, revisar que no haya nada que pueda matar a alguien, y firmar un papel que dice que es seguro. Así de simple. En septiembre de dos mil veintitrés me asignaron la planta embotelladora de Lanjarón. La antigua, la que está a las afueras del pueblo, subiendo por la carretera que lleva a la sierra. Había dejado de funcionar como embotelladora en dos mil diecinueve, cuando la empresa trasladó la producción a una planta nueva más abajo, en el valle. El edificio se quedó vacío dos años. Luego alguien en el ayuntamiento tuvo la idea de reconvertirlo en centro de teletrabajo municipal. Un espacio con wifi, escritorios, sala de reuniones. La típica iniciativa de repoblación rural que queda bien en los titulares. Funcionó durante unos meses en dos mil veintiuno. Según el expediente que me mandaron por correo, llegó a tener hasta quince usuarios registrados. Gente que trabajaba en remoto para empresas de Madrid, Barcelona, alguno de fuera de España. El centro estaba abierto de ocho de la mañana a diez de la noche, con turnos de limpieza al mediodía y a última hora. Pero en noviembre de dos mil veintiuno lo cerraron. Tres freelancers que solían quedarse hasta tarde, trabajando en el turno de noche, dejaron de aparecer. No al mismo tiempo. Uno en octubre, dos en noviembre. Las investigaciones no encontraron nada concluyente. La Guardia Civil registró la planta, no halló señales de violencia, no halló cuerpos, no halló explicación. Los tres habían dejado sus portátiles encendidos sobre los escritorios. Las tazas de café a medio beber. Como si se hubieran levantado a estirar las piernas y simplemente no hubieran vuelto. El caso se enfrió. El centro cerró. Y dos años después, alguien en la Diputación decidió que había que reabrirlo. Que el edificio era demasiado valioso como para dejarlo pudrir. Que lo de las desapariciones tenía que tener una explicación racional: una puerta trasera abierta, un desnivel sin señalizar, un acceso a alguna galería subterránea que nadie había mapeado. Ahí es donde entro yo. Mi encargo era hacer una auditoría completa del edificio. Evaluar riesgos estructurales, revisar instalaciones eléctricas, fontanería, salidas de emergencia. Todo el protocolo estándar. Me dieron tres días. Llegué un martes por la mañana con mi maletín de mediciones, mi chaleco reflectante y la certeza absoluta de que aquello iba a ser otro encargo aburrido.
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La planta era más grande por dentro de lo que parecía desde fuera. La zona de embotellado original ocupaba toda el ala oeste: una nave enorme con techo de chapa a seis metros de altura, donde todavía quedaban las guías metálicas de las cintas transportadoras empotradas en el suelo de hormigón. Olía a mineral. No a humedad, que es lo que esperaba. A mineral, como cuando lames una piedra mojada. Ese olor ferroso, limpio y antiguo a la vez, que se te mete en la parte de atrás de la garganta. La zona reconvertida en coworking estaba en el ala este. La habían reformado con tabiques de pladur, suelo laminado, pintura blanca. Todo muy correcto, muy funcional. Pero lo habían montado dentro de una estructura industrial de los años setenta, y se notaba. Los techos eran demasiado altos para el espacio. Las ventanas estaban a tres metros del suelo. Y detrás de los tabiques nuevos podías oír el edificio antiguo: el metal que se dilataba con el calor de la mañana, los conductos de ventilación que suspiraban cada vez que corría el viento fuera. Pasé las primeras cuatro horas midiendo, fotografiando, rellenando formularios. Todo estándar. Las salidas de emergencia cumplían normativa. La instalación eléctrica estaba anticuada pero no era peligrosa. Los extintores habían caducado, pero eso era esperable después de dos años cerrado. Nada fuera de lo normal. Fue a las dos de la tarde, mientras comía un bocadillo sentado en uno de los escritorios del coworking, cuando lo noté por primera vez. Un sonido que venía de debajo del suelo. No un golpe, no un crujido. Un movimiento. Como si algo se desplazara lentamente bajo el suelo laminado, a la altura de los cimientos. Un deslizamiento largo, continuo, que duró quizá diez segundos y luego se detuvo. Me quedé con el bocadillo a medio camino de la boca, escuchando. El silencio que vino después era distinto del silencio de antes. Más denso. Como si el edificio entero estuviera conteniendo la respiración. Bajé la mirada al suelo. El laminado era gris claro, de esos baratos que imitan madera. En el punto exacto debajo de mi silla había una mancha. Circular, del tamaño de un plato de postre. Más oscura que el resto. La toqué con la punta del dedo. Estaba húmeda. No mojada, sino húmeda, como la condensación en el exterior de un vaso frío en verano. La olí. Mineral. El mismo olor del ala oeste, pero concentrado. Revisé la documentación de fontanería. Según los planos, no había ninguna tubería activa bajo esa zona. La acometida de agua estaba cortada desde dos mil veintiuno. Tomé nota, hice una foto con el móvil y seguí trabajando. Supuse que era filtración de la sierra. Lanjarón está lleno de manantiales subterráneos. El agua busca caminos.
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El segundo día empecé por la zona de almacenamiento subterráneo. En los planos figuraba como "nivel -1", un sótano de unos cuatrocientos metros cuadrados que originalmente se usaba como depósito de producto terminado. Se accedía por una rampa de hormigón en la parte trasera del edificio, lo bastante ancha como para que entrara una furgoneta. La rampa bajaba en pendiente suave durante unos quince metros. A medida que descendía, la temperatura cambiaba. No bajaba gradualmente, como esperarías al entrar en un sótano. Había un punto exacto, más o menos a mitad de rampa, donde el aire pasaba de templado a frío de golpe. Como cruzar una cortina invisible. Y con el frío venía el olor. Mineral, sí, pero ahora con algo más. Algo orgánico debajo. Como el aliento de una cueva. Húmedo, viejo, con un fondo dulzón que no terminaba de identificar. El sótano estaba vacío. Completamente vacío. Lo cual era extraño, porque según la documentación del coworking, lo habían usado como trastero. Debería haber muebles, cajas, material de oficina sobrante. Pero no había nada. Solo hormigón desnudo, manchado por filtraciones antiguas que habían dejado vetas blancas y amarillentas en las paredes, como las marcas que deja la marea en las rocas. Encendí la linterna del casco y recorrí el perímetro. En la pared del fondo, la que daba hacia la sierra, encontré algo que no aparecía en ningún plano. Una grieta. Vertical, de unos dos metros de alto y tal vez treinta centímetros de ancho en su punto más abierto. Los bordes eran irregulares, como si el hormigón se hubiera partido desde dentro. Y de esa grieta salía aire. Aire frío, constante, con un silbido suave que cambiaba de tono cuando te acercabas, como si la grieta respirara y tu presencia modificara su respiración. Me arrodillé junto a la abertura. Dentro no se veía nada, solo oscuridad. Pero acerqué la mano y sentí el aire contra la palma, húmedo y frío, con una presión suave pero constante. No era una corriente de ventilación. Era demasiado orgánico para eso. Demasiado irregular. Pulsaba. Como la respiración de algo muy grande y muy lento. Saqué el termómetro láser y apunté al interior de la grieta. La lectura me desconcertó: cinco grados centígrados. El sótano estaba a catorce. Nueve grados de diferencia en treinta centímetros de distancia. Eso no tiene sentido termodinámico en un sótano sellado en septiembre, en Andalucía. Documenté todo. Fotos, mediciones, coordenadas respecto a los planos. Escribí en mi informe que había una fisura estructural que requería evaluación geológica antes de cualquier reapertura. Era la verdad. Pero mientras escribía, sentado en el suelo del sótano con el portátil sobre las rodillas, me di cuenta de que el silbido de la grieta había cambiado. Ya no era constante. Ahora tenía pausas. Intervalos irregulares pero definidos. Como si algo al otro lado estuviera escuchando el tecleo de mis dedos sobre el teclado y respondiera con su propia cadencia. Cerré el portátil. El silbido se detuvo. Esperé. Uno, dos, tres, cuatro, cinco segundos. Y entonces, desde dentro de la grieta, un sonido nuevo: un gorgoteo. Exactamente el mismo gorgoteo que había oído en las tuberías del ala oeste el día anterior. Pero ahora venía de un agujero en la roca viva, no de ninguna cañería. Subí la rampa sin correr. Eso es importante. No corrí. Pero caminé más rápido de lo que camino normalmente.
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Esa noche no dormí bien en la pensión. No por miedo, o eso me dije. Por la incomodidad del colchón, por el ruido de las cañerías del baño, por el café que me tomé demasiado tarde. Excusas razonables, todas. Pero a las tres de la madrugada me desperté con la boca seca y un sabor metálico en la lengua. Como si hubiera estado chupando una moneda mientras dormía. Me levanté a beber agua del grifo y cuando abrí el grifo lo olí. Mineral. Intenso. El agua de Lanjarón, claro. Es famosa precisamente por eso. Pero en ese momento, a las tres de la mañana, con ese sabor en la boca, la coincidencia me revolvió el estómago. El tercer día llegué a la planta a las ocho. Había niebla baja que venía de la sierra y envolvía el edificio como un vendaje sucio. El aire estaba quieto y pesado. Entré directamente al ala este, al coworking, porque quería terminar las mediciones de ventilación y cerrar el informe. Los escritorios seguían exactamente como los había dejado. Mis notas, mi cinta métrica, el trípode del medidor de partículas. Todo en su sitio. Excepto una cosa. Las manchas del suelo. El primer día había encontrado una, debajo de mi silla. Ahora había cuatro. Distribuidas por la sala, todas del mismo tamaño, todas circulares, todas con esa humedad mineral que dejaba los dedos resbaladizos al tacto. Revisé el techo buscando goteras. Seco. Revisé las paredes. Secas. Las manchas no venían de arriba. Me agaché junto a la más cercana y apoyé la oreja en el suelo laminado. Y lo escuché. Debajo. Movimiento. Pero no el deslizamiento lento del primer día. Esto era distinto. Eran golpes. Suaves, rítmicos, espaciados. Como nudillos tocando el hormigón desde abajo. Toc. Toc. Toc. Tres golpes. Pausa. Tres golpes. Pausa. Tres golpes. Me incorporé. El corazón me iba rápido pero la cabeza me iba más rápido. Tres freelancers desaparecidos. Tres golpes. La coincidencia era demasiado obvia, demasiado narrativa. En mi trabajo he aprendido que los edificios hacen ruidos. Las tuberías se contraen. Los cimientos se asientan. El agua subterránea genera bolsas de presión que pueden producir percusiones rítmicas perfectamente explicables. Lo sé. Me lo repetí cuatro veces mientras bajaba al coche a buscar la palanqueta. Subí de vuelta al coworking con la palanqueta y una linterna de mano. Me arrodillé junto a la mancha más grande, metí la punta de la herramienta en la junta del laminado y levanté una sección de unos cuarenta por cuarenta centímetros. Debajo, el hormigón de la solera estaba húmedo. No mojado: húmedo, con esa película mineral que brillaba bajo la linterna como si fuera saliva. Y en el centro exacto de esa humedad, donde la mancha era más oscura, el hormigón estaba blando. No roto, no agrietado. Blando. Como si algo lo hubiera ablandado desde dentro, disuelto lentamente, molécula a molécula, hasta convertirlo en algo que cedía al presionarlo con el dedo como masilla húmeda. Toqué la zona blanda con la palanqueta. Cedió un centímetro. Dos centímetros. Y del agujero que se formó salió un chorro fino de aire frío, con ese olor que ya conocía tan bien, pero ahora mezclado con algo nuevo. Algo que reconocí inmediatamente porque lo había olido una vez en una inspección de una fábrica de curtidos en Úbeda. El olor dulce, empalagoso e inconfundible de materia orgánica en descomposición. Retrocedí. La palanqueta se quedó clavada en el suelo, vertical, temblando ligeramente con la presión del aire que salía de abajo.
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Debería haber subido al coche y haberme marchado. Debería haber llamado a la consultora, haber dicho que el edificio no era seguro, haber firmado el informe en negativo y haber conducido las dos horas de vuelta a Málaga escuchando la radio. Eso es lo que debería haber hecho. Pero soy técnico de prevención de riesgos laborales. Mi trabajo es identificar peligros. Y lo que había debajo de ese suelo era, técnicamente, un peligro no documentado que requería evaluación. Así que hice lo que hago siempre. Seguí el protocolo. Bajé al sótano por la rampa. Llevaba la linterna de mano, el móvil con la cámara encendida grabando vídeo, y la palanqueta. El sótano estaba igual que el día anterior, vacío y frío, pero la grieta de la pared del fondo había cambiado. Estaba más ancha. No mucho. Quizá cinco centímetros más en su punto máximo. Pero lo suficiente como para que ahora pudiera meter el brazo hasta el codo. No metí el brazo. Eso no lo hice. Pero me acerqué lo suficiente como para iluminar el interior con la linterna. Lo que vi no tenía sentido geológico. Detrás de la pared de hormigón no había roca, ni tierra, ni el relleno de grava que debería haber según los planos de cimentación. Había un espacio. Una cavidad que la linterna no alcanzaba a iluminar entera. Las paredes interiores eran lisas, húmedas, de un color entre gris y rosa pálido, y tenían una textura que me recordó a algo que tardé unos segundos en identificar. El interior de una garganta. Eso es lo que parecía. Tejido vivo, mucosa húmeda, la superficie irregular pero suave de algo orgánico. La linterna temblaba en mi mano. La sujeté con las dos. El haz de luz recorrió las paredes de la cavidad y se detuvo en el fondo, donde la superficie lisa se plegaba hacia abajo formando una especie de conducto vertical, como un esófago. Y en el borde de ese conducto, medio enterrado en la pared húmeda, había algo que brilló con el reflejo de la linterna. Rectangular. Metálico. Lo enfoqué mejor. Era una hebilla de cinturón. No una hebilla antigua, no un resto arqueológico. Una hebilla moderna, de acero inoxidable, del tipo que ves en cualquier cinturón de Zara o Primark. Estaba incrustada en la pared de la cavidad como si la superficie la hubiera absorbido lentamente, como una planta carnívora cerrándose alrededor de un insecto. La mitad de la hebilla sobresalía. La otra mitad ya era parte de la pared. Y entonces lo sentí. El aire cambió. La corriente que salía de la grieta se invirtió. Ya no soplaba hacia fuera. Aspiraba. Suave pero firme, como la inhalación de algo enorme. Los papeles que llevaba en el bolsillo del chaleco se agitaron hacia la abertura. El pelo de los brazos se me erizó, no de miedo, sino por la corriente de aire frío que ahora tiraba de mí hacia la grieta. Y con la inhalación vino el sonido. No el gorgoteo. No el silbido. Algo nuevo. Un sonido que no sé describir con precisión porque no pertenece a ninguna categoría que conozca. Lo más cercano sería el ruido que hace un desagüe grande cuando traga mucha agua de golpe, pero más lento, más profundo, y con un componente casi vocal. Como si el edificio entero estuviera haciendo un sonido que imitaba una palabra sin llegar a serlo. Una vibración que sentí en el pecho antes que en los oídos. La grieta se movió. Eso es lo que vi. Los bordes de la grieta se contrajeron, como un párpado cerrándose muy despacio. Medio centímetro. Tal vez un centímetro. Pero se movieron. El hormigón, el hormigón armado de los años setenta, se contrajo como tejido vivo. Solté la linterna. No la tiré: la solté, como se suelta algo caliente. Cayó al suelo y rodó hacia la grieta, atraída por la corriente de aire. Llegó hasta la base de la abertura y se quedó allí, iluminando el interior de la cavidad desde abajo. Y en esa luz vi las paredes moverse. Ondular. Una contracción peristáltica, lenta y poderosa, como la de un estómago digiriendo. Corrí. Esta vez sí corrí. Subí la rampa sin mirar atrás, crucé la planta, salí por la puerta principal, llegué al coche y arranqué. Conduje dos kilómetros antes de darme cuenta de que seguía con el chaleco reflectante puesto y las manos mojadas. No de sudor. De agua mineral.
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Firmé el informe esa misma tarde desde la pensión. Riesgo estructural grave. Recomendación de no reapertura hasta evaluación geológica completa. Envié las fotos, los vídeos, las mediciones de temperatura. Todo menos la parte de la hebilla. Todo menos lo que vi moverse. Esas cosas no caben en un formulario de riesgos laborales. No hay casilla para "el edificio está vivo". No hay protocolo para eso. La consultora aceptó el informe sin preguntas. La Diputación lo archivó. Según he podido saber, el proyecto de reapertura se canceló definitivamente en enero de este año. El edificio sigue cerrado. La Guardia Civil nunca encontró a los tres freelancers. Pero hay cosas que no he incluido en ningún informe y que necesito decir en algún sitio, aunque sea aquí, aunque sea así. La primera: cuando revisé el vídeo que grabé con el móvil en el sótano, la imagen estaba corrupta. No borrosa, no oscura. Corrupta. Los píxeles se descomponían justo en los fotogramas donde enfocaba la cavidad, como si la cámara no pudiera procesar lo que estaba viendo. Pero el audio se oía perfectamente. Y en el audio hay un momento, justo antes de que se oiga la linterna caer al suelo, donde se escucha algo que no oí en el momento. Una voz. O algo parecido a una voz. Muy baja, muy distorsionada, que dice algo que suena como "más". Una sílaba. Nada más. La segunda: dos semanas después de volver a Málaga, empecé a encontrar manchas en el suelo de mi apartamento. Circulares, del tamaño de un plato de postre, con esa humedad mineral que ya conocía. Aparecían por las mañanas, siempre en la misma zona, junto a la pared que da al sótano del edificio. Llamé a un fontanero. Revisó las tuberías. Todo seco. Las manchas dejaron de aparecer en diciembre. Pero a veces, por las noches, si apoyo la oreja en el suelo de la cocina y contengo la respiración, puedo oírlo. Un gorgoteo lento, lejano, como agua moviéndose en tuberías que no existen. He revisado los mapas geológicos. El acuífero que alimenta los manantiales de Lanjarón se extiende por debajo de media provincia de Granada. Llega hasta la capital. Llega hasta la costa. Llega hasta Málaga. El agua busca caminos. Siempre los encuentra.

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