
Llevo cuatro meses sin dormir una noche entera. No por insomnio, no por estrés. Es que cada madrugada, a las tres y cuarenta y dos exactas, alguien abre la ducha del bungalow 7. Y el bungalow 7 lleva cerrado con candado desde el verano de 2003.



Me llamo Rubén, y durante tres temporadas fui animador en el Complejo Costa Tabarca. Para los que no conozcan la isla, Tabarca es un trozo de tierra de menos de dos kilómetros frente a la costa de Alicante. En verano, los barcos traen oleadas de turistas que se amontonan en la playa, comen arroz a banda en los cuatro restaurantes del puerto y se vuelven antes de que caiga el sol. Casi nadie se queda a dormir. Pero nuestro complejo existía precisamente para esos pocos que sí querían pasar la noche: dieciocho bungalows pequeños, paredes encaladas, techos de uralita, el olor constante a salitre y a pintura descascarillada.
Mi trabajo era hacer que la gente se lo pasara bien. Bingo por las noches, gymkhanas en la playa, karaoke los viernes. En temporada alta vivíamos apretados: cocineros, limpiadores, el encargado de mantenimiento —un tipo callado que se llamaba Pascual— y yo. Dormíamos en los bungalows del fondo, los que no tenían vistas al mar sino al muro trasero del complejo, donde crecían las higueras salvajes y siempre olía a fruta podrida cuando apretaba el calor.
Pero cuando septiembre terminaba, todo el mundo se iba. Los barcos reducían el servicio a uno por la mañana y uno por la tarde. La isla se vaciaba como un teatro después de la función. Y alguien tenía que quedarse a vigilar las instalaciones hasta la siguiente temporada. Ese invierno, el de 2003 a 2004, me ofrecí yo. Necesitaba el dinero y pensé que sería un retiro tranquilo: leer, pescar desde las rocas, arreglar cosas. La empresa me pagaba la mitad del sueldo de verano más gastos de comida y me dejaban el bungalow 12, al final de la fila.
Las primeras semanas fueron exactamente lo que esperaba. Silencio. Un silencio tan denso que podías oír las olas rompiendo contra la muralla sur desde cualquier punto del complejo. Me acostumbré al ritual: despertarme con la humedad pegada a las sábanas, calentar café en un hornillo eléctrico que zumbaba como un mosquito viejo, y hacer la ronda por los bungalows comprobando cerraduras, tuberías, goteras. Dieciocho puertas, dieciocho candados. Cada mañana, cada tarde.
Tabarca en invierno es otro sitio. No es que esté vacía, es que parece que nunca hubiera estado llena. Los carteles de los restaurantes se mecen con el viento y la madera cruje como si hablara. Las gaviotas tienen un graznido distinto, más ronco, más territorial. Y la luz cambia: en verano es blanca, violenta; en invierno se vuelve gris perla y las sombras se alargan tanto que a las cuatro de la tarde ya parece de noche.
Del alemán que desapareció sabía lo justo. Se llamaba Klaus Mertens, tenía cincuenta y pocos años, había reservado el bungalow 7 para dos semanas en julio de 2003. Una mañana su cama apareció deshecha, sus cosas seguían dentro —la maleta abierta, un libro en alemán boca abajo sobre la mesilla, las chanclas junto a la puerta—, pero él no estaba. La policía buscó durante semanas, incluyendo rastreo submarino. Nada. Ni cuerpo, ni pista, ni una cámara de seguridad porque el complejo no tenía. Se archivó como desaparición voluntaria, aunque Pascual me dijo una vez, bajando la voz, que la puerta del bungalow estaba cerrada por dentro con el pestillo puesto cuando la forzaron. Nunca le di demasiadas vueltas. Hasta noviembre.


Fue un jueves. Me acuerdo porque los jueves era el día que bajaba al pueblo a comprar en la única tienda que seguía abierta, una especie de colmado donde una señora mayor me vendía latas de conserva, pan del día anterior y tabaco. Esa tarde había vuelto con las bolsas, las dejé en la mesa de mi bungalow y salí a hacer la ronda de las cinco antes de que se fuera la luz.
Todo normal hasta el bungalow 7. El candado estaba cerrado, como siempre. Pero la ventana lateral, esa ventanita pequeña del baño que nunca cerraba bien porque el marco estaba hinchado por la humedad, estaba empañada. Desde dentro.
Me quedé mirándola con las llaves colgando de la mano. Empañada. Como si alguien hubiera llenado el baño de vapor. Pero no había nadie dentro, la llave maestra la tenía yo y el candado seguía puesto. Pegué la cara al cristal intentando ver algo y lo único que distinguí fue el lavabo, el espejo y la cortina de la ducha a medio correr. Olía a algo. Un olor dulzón, denso, que se colaba por las juntas de la ventana. No era humedad normal, era como cuando abres una habitación de hotel que ha estado cerrada demasiado tiempo con las toallas mojadas dentro, pero más intenso, con un fondo metálico, como de monedas viejas.
Apoyé la palma de la mano en el cristal. Estaba tibio. No caliente, tibio. Como la piel de alguien con fiebre baja. Eso no tenía sentido. Fuera hacía ocho grados, llevaba el forro polar cerrado hasta la barbilla y podía ver mi propia respiración. Una ventana cerrada en un bungalow sin calefacción ni agua caliente conectada no puede estar tibia.
Retrocedí dos pasos. Miré a mi alrededor como si alguien fuera a aparecer entre los bungalows para explicármelo, pero solo estaban las higueras balanceándose, el muro, y el cielo que ya empezaba a ponerse del color del plomo. Podría haber abierto el candado. Tenía la llave. Pero no lo hice. Me dije que sería condensación atrapada, algún fenómeno físico que no entendía, y me fui.
Esa noche cené las latas de atún frente a la ventana de mi bungalow. Desde ahí no se veía el 7, quedaba al otro lado de la fila, pero no podía dejar de pensar en ese cristal tibio bajo mi mano. Cuando apagué la luz y me metí en la cama, el colchón estaba frío y húmedo como siempre, y el viento silbaba entre las rendijas de la puerta con ese sonido agudo y constante que ya formaba parte de mi vida nocturna. Tardé una hora en dormir. No pasó nada más. Pero algo había cambiado, algo sutil, como cuando entras en una habitación y sabes que alguien acaba de salir aunque no puedas explicar cómo lo sabes. El aire tiene un peso distinto.


Pasaron cuatro días antes de que volviera a ocurrir algo, y casi había conseguido convencerme de que la ventana empañada tenía una explicación aburrida. Pero el martes siguiente, mientras lavaba los platos del desayuno en el fregadero de mi bungalow, oí un golpe. No un golpe fuerte, no un portazo. Un golpe rítmico, sordo, que venía de algún punto a mi izquierda. Cerré el grifo y escuché. Toc. Silencio. Toc. Silencio. Toc. Cada golpe separado por exactamente el mismo intervalo, como un metrónomo. Salí con las manos mojadas y el trapo todavía en el hombro.
El sonido venía del bungalow 7.
Me acerqué despacio, pisando la gravilla del camino que crujía bajo mis botas como huesos pequeños. El viento se había calmado, cosa rara en Tabarca, y eso hacía que el golpe se escuchara con una claridad obscena. Toc. Pausa. Toc. Pausa. Cuando llegué a la puerta, apoyé la oreja contra la madera. El sonido venía de dentro, desde el fondo, probablemente del baño. Era como si alguien golpeara una superficie dura con el nudillo. Con paciencia. Sin prisa.
Esta vez sí saqué la llave. Me temblaban un poco las manos, no voy a mentir, pero más que miedo sentía una irritación absurda, como cuando oyes un grifo gotear de noche y sabes que no vas a poder dormir hasta que lo cierres. Abrí el candado, lo dejé colgando del gancho, y empujé la puerta.
El olor me golpeó primero. El mismo de la otra vez pero concentrado, esa mezcla de humedad estancada y metal que se te pegaba al fondo de la garganta. El bungalow estaba exactamente como lo recordaba: la cama individual contra la pared, el armario de contrachapado con la puerta entreabierta, la mesilla vacía. Todo cubierto por una capa de polvo que no parecía haber sido perturbada. La puerta del baño estaba cerrada.
Di tres pasos hasta ella. La madera del suelo estaba pegajosa bajo mis botas, con esa adherencia que deja la sal cuando se mezcla con la humedad durante meses. Puse la mano en el pomo. Estaba frío, tan frío que quemaba, una sensación que no encajaba con la temperatura del resto de la habitación, que era la misma que fuera. Giré el pomo y abrí.
El baño estaba vacío. El inodoro, el lavabo, la ducha con la cortina de plástico medio corrida. Todo seco. Todo en silencio. Los golpes habían parado en el momento exacto en que abrí la puerta del bungalow, como si lo que fuera que golpeaba supiera que yo había entrado.
Me quedé ahí parado un minuto entero mirando cada rincón. Nada. Revisé detrás de la cortina de la ducha: la alcachofa colgaba torcida, con cal acumulada en los agujeros. La llave de paso estaba cerrada, como tenía que estar. Pero entonces vi algo en el espejo del lavabo. No un reflejo raro, no una cara. Peor. Había una marca en el vaho. Porque el espejo estaba empañado, ligeramente, como si alguien hubiera respirado sobre él hacía poco. Y en el centro, alguien había trazado con el dedo un número: 342.
Lo limpié con la manga del forro polar. Cerré el bungalow, puse el candado, y esa noche dormí con la lámpara encendida. No me avergüenza decirlo. Busqué el 342 en mi teléfono, que apenas tenía cobertura, y lo único que encontré fue que la habitación de Klaus Mertens en el registro del complejo era la entrada número 342 del libro de huéspedes. No sé si era una coincidencia. No sé si las coincidencias existen en una isla de un kilómetro y medio donde vives solo.


Después de lo del espejo dejé de hacer la ronda por las tardes. Solo iba por la mañana, con luz llena, y pasaba por delante del 7 lo más rápido posible, comprobando el candado sin detenerme. Durante una semana no pasó nada y empecé a construir explicaciones. Algún crío del pueblo que había entrado por la ventana del baño para gastarme una broma. Sales minerales reaccionando con la humedad en el espejo. Tuberías viejas expandiéndose con los cambios de temperatura. Me agarré a esas ideas como a un salvavidas.
Pero entonces empezó lo de la ducha.
La primera noche la oí a las tres y cuarenta y dos de la madrugada. Me desperté no por el sonido del agua, que era demasiado lejano, sino por algo más difícil de definir: una presión en los oídos, como cuando bajas en un avión o te sumerges un par de metros en el mar. Me senté en la cama, con el corazón latiendo en la garganta, y entonces la oí. Agua corriendo. Tuberías vibrando dentro de la pared con ese zumbido grave que hace el agua cuando lleva presión. Venía del 7.
No salí. Me quedé sentado con las sábanas apretadas entre los puños, escuchando, durante lo que me parecieron veinte minutos pero probablemente fueron cinco. Luego el agua se cortó. Silencio. Me tumbé, cerré los ojos y no dormí hasta el amanecer.
A la mañana siguiente fui directo al 7. Candado cerrado. Ventana del baño: empañada otra vez, con gotas de condensación resbalando por el cristal como lágrimas lentas. Abrí. El suelo del baño estaba mojado. No húmedo: mojado. Había un charco irregular alrededor de la ducha, y la cortina de plástico estaba pegada a la pared de azulejos como si alguien la hubiera empujado al entrar en la ducha. La alcachofa goteaba. La llave de paso, que yo había cerrado personalmente, estaba abierta un cuarto de vuelta.
Me arrodillé junto al desagüe. El agua que quedaba era tibia. Metí los dedos y toqué algo blando atrapado en la rejilla. Lo saqué con dos dedos y lo levanté hacia la luz que entraba por la ventana: era un mechón de pelo. Rubio. Grueso. Empapado. Lo solté como si quemara y me limpié la mano en el pantalón compulsivamente, frotando hasta que la piel se me enrojeció.
Klaus Mertens era rubio. Lo sabía porque había visto la fotocopia de su pasaporte en el expediente que la empresa guardaba en la oficina de recepción. Rubio, ojos claros, cincuenta y dos años.
Esa noche puse la alarma del teléfono a las tres y treinta y cinco. Quería estar despierto cuando pasara. Me senté en la silla junto a la ventana de mi bungalow, envuelto en la manta, con una linterna en la mano y el café enfriándose entre los dedos. A las tres y cuarenta y dos, como un reloj, oí las tuberías. El agua empezó a correr en el 7. Y entonces vi algo que hizo que el café se me resbalara de la mano y se derramara en el suelo sin que me importara: por debajo de la puerta del bungalow 7, por la rendija entre la madera y el escalón de hormigón, salía luz. Una luz amarillenta, parpadeante, como la de una bombilla vieja a punto de fundirse. Los bungalows no tenían electricidad conectada desde septiembre. Yo mismo había bajado los diferenciales del cuadro general.




No debería haber ido. Lo sé. Cualquier persona con dos dedos de frente habría esperado al amanecer, o habría cogido el barco de la mañana y no habría vuelto nunca. Pero hay algo que nadie te explica sobre estar solo durante semanas: la soledad hace cosas raras con la valentía. No te vuelve más cobarde, te vuelve más estúpido. La necesidad de entender, de que las cosas tengan sentido, se vuelve más fuerte que el miedo.
Crucé los treinta metros que separaban mi bungalow del 7 con la linterna apretada en la mano como un arma. La gravilla crujía bajo mis pies y cada paso sonaba amplificado, como si la isla entera estuviera escuchando. La luz seguía ahí, ese resplandor enfermizo filtrándose por debajo de la puerta, y el sonido del agua era más claro ahora, más presente, con un ritmo que no era el de una ducha abierta al azar. Era intermitente. Como si alguien se moviera bajo el chorro. Como si alguien se estuviera duchando.
Puse la llave en el candado. Los dedos me resbalaban. El metal estaba cubierto de una humedad salada que no era rocío, era más espesa, más orgánica, como sudor frío. Giré la llave, quité el candado, y empujé la puerta con el hombro.
La luz venía del baño. Una luz que no tenía fuente visible: no había ninguna bombilla encendida, ninguna lámpara, nada. Era como si las propias paredes emitieran ese resplandor amarillento y vibrante, como el interior de una concha marina cuando la pones contra el sol. El agua sonaba con fuerza detrás de la puerta cerrada del baño. Podía oírla golpear contra algo. No contra el suelo de la ducha. Contra algo que estaba de pie.
La temperatura dentro del bungalow era distinta. Fuera había seis o siete grados y yo temblaba con el forro polar. Dentro era cálido, húmedo, tropical, como entrar en un invernadero. El aire tenía peso, se te pegaba a la piel, y el olor era tan intenso que me dieron arcadas. No era solo humedad y metal. Había algo debajo, algo orgánico, dulce de una forma desagradable, como flores pudriéndose en un jarrón con el agua turbia.
Avancé hasta la puerta del baño. El agua seguía corriendo al otro lado. Puse la mano en el pomo. Estaba caliente. No tibio como la otra vez. Caliente, como si hubiera estado agarrado por alguien durante mucho rato. Giré.
La ducha estaba abierta a tope. El agua salía hirviendo, el vapor llenaba el baño como niebla densa y no podía ver más allá de un metro. Pero vi la cortina. La cortina de plástico estaba cerrada y detrás de ella había una forma. Una silueta. Alguien estaba de pie dentro de la ducha, inmóvil, con los brazos pegados al cuerpo y la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como si escuchara algo. Como si me escuchara a mí.
No me moví. No podía. El vapor me envolvía y sentía las gotas de agua caliente condensándose en mi cara, en mis brazos, empapándome la ropa. La silueta tampoco se movía. Estuvimos así durante lo que pudieron ser diez segundos o diez minutos, no lo sé, el tiempo se había roto. Podía oír mi propia respiración y debajo de ella, debajo del ruido del agua, algo más: un sonido bajo, casi inaudible, como un zumbido que venía del desagüe o de las paredes o de la propia silueta. No era un sonido mecánico. Era como el murmullo de alguien hablando en un idioma que no reconoces, con la boca cerrada.
Entonces la silueta movió la cabeza. Despacio. La inclinó hacia el otro lado, como un pájaro curioso, y yo sentí algo que no puedo describir de otra forma: la certeza absoluta, animal, irracional, de que lo que estaba detrás de esa cortina no era una persona. La forma era humana, sí, el tamaño era humano, pero la manera en que se movía no lo era. Era demasiado fluida, demasiado continua, como si no tuviera articulaciones.
Di un paso atrás. La cortina se movió. No mucho. Solo un centímetro hacia fuera, como si algo la hubiera empujado desde dentro con la punta de un dedo. Y en ese centímetro de abertura, entre el plástico y la pared, vi algo brillar en la penumbra del vapor. Era un ojo. Abierto. Fijo. Del color del agua estancada.
Salí corriendo. No cerré la puerta, no puse el candado, no miré atrás. Corrí por la gravilla resbalando y tropezando hasta mi bungalow, entré, cerré con llave, empujé la mesa contra la puerta y me senté en el suelo con la espalda contra la cama, abrazándome las rodillas, temblando tanto que podía oír mis propios dientes chocar. El agua del bungalow 7 siguió corriendo durante otra hora. Luego paró. Silencio. Y dentro del silencio, desde algún punto de la oscuridad entre los bungalows, oí pasos sobre la gravilla. Lentos. Mojados. Que se acercaban hacia el mío.



A las seis de la mañana, cuando la primera luz gris entró por la ventana, aparté la mesa y abrí la puerta. Fui directo al bungalow 7. El candado estaba puesto. Cerrado. Como si nunca lo hubiera quitado. Pero yo lo dejé abierto, estoy seguro de eso, salí corriendo sin cerrar nada. Miré la gravilla entre los bungalows: estaba seca. No había huellas. No había charcos. La ventana del baño estaba limpia.
Abrí. El interior olía a polvo y salitre, el olor normal de una habitación cerrada junto al mar. El baño estaba seco. La cortina de la ducha, medio corrida. La llave de paso, cerrada. El espejo, limpio. Como si nada hubiera pasado nunca. Excepto por un detalle. Las chanclas. Las chanclas de Klaus Mertens, las que la policía había dejado junto a la puerta en 2003, habían cambiado de posición. Antes estaban paralelas, las puntas mirando hacia la cama. Ahora estaban juntas, perpendiculares, las puntas mirando hacia la puerta. Como si alguien se las hubiera quitado al entrar. O se las hubiera puesto para salir.
Cogí el barco de las nueve. Llamé a la empresa desde Alicante y dije que no volvía. Inventé una excusa familiar, un padre enfermo, algo así. No me preguntaron mucho. Creo que Pascual, cuando se enteró, tampoco se sorprendió.
Han pasado más de veinte años. El complejo nunca volvió a abrir. Sigue ahí, pudriéndose junto al mar, con las higueras comiéndose los muros y la sal desmoronando las paredes. A veces miro Tabarca en Google Maps, con la vista de satélite, y puedo distinguir las formas rectangulares de los bungalows entre la vegetación. Dieciocho rectángulos blancos. Y no puedo evitar ampliar el siete y buscar algo en la imagen, una sombra, una mancha, un indicio de que lo que vi fue real.
Nunca encuentro nada. Pero de vez en cuando, cuando me ducho en mi casa —en mi piso de Elche, a treinta kilómetros de la costa, con las puertas cerradas y la calefacción puesta—, el agua sale caliente y el espejo se empaña. Y durante un segundo, antes de limpiarlo con la mano, me parece ver un número formándose en el vaho. Siempre el mismo. 342. Pero cuando paso los dedos, no hay nada.
Probablemente no sea nada. Probablemente.
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