
Los dosímetros no mienten. Llevaban treinta y cinco años sin mentir en toda mi carrera, y por eso firmé aquellos papeles sin rechistar en el noventa y uno. Pero lo que registró mi contador Geiger cuando volví a bajar a la Sala B-7 el pasado octubre no era radiación. Era algo que respondía cuando le hablabas.



Me llamo Andrés Luján y trabajé veintisiete años para la Junta de Energía Nuclear, que luego pasó a llamarse CIEMAT, Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas. Suena importante, y lo era. Lo que no suena tan importante es lo que hacíamos los de mi departamento: limpiar. Descontaminar, para ser precisos. Cuando un laboratorio registraba niveles por encima de lo permitido, entrábamos nosotros con los trajes Tyvek y las máscaras de filtro absoluto, y dejábamos aquello como si nunca hubiera pasado nada.
Me jubilé en dos mil dieciséis con una pensión decente y un dolor de rodillas que no me deja bajar escaleras sin maldecir. Mi mujer, Carmen, dice que me quejo más que su madre, y probablemente tiene razón. Vivo en Tres Cantos, a veinticinco minutos en coche de la entrada norte del complejo. Veinticinco minutos que durante años hice con los ojos cerrados, curva a curva por la carretera de Navacerrada, con el olor a jara entrando por las rendijas del Renault cuando bajaba la ventanilla en verano.
Lo del complejo subterráneo no es ningún secreto. Bueno, no del todo. Cualquiera que busque en internet encontrará que el CIEMAT tiene instalaciones en la Ciudad Universitaria de Madrid. Lo que no aparece es el anexo experimental que excavaron en los sesenta bajo la Sierra de Guadarrama, aprovechando unas galerías de una antigua mina de wolframio de la guerra civil. Seis niveles. El más profundo, a ciento diez metros bajo la superficie del monte. La idea era sencilla: necesitaban un sitio aislado para experimentos que requerían blindaje natural. La roca granítica de la sierra era perfecta.
Yo entré allí por primera vez en mil novecientos ochenta y cuatro. Tenía veintiséis años y el pelo tan negro que mi jefe, el doctor Riaza, me llamaba Azabache. El complejo olía a hormigón húmedo y a aquel desinfectante industrial que usaban en los hospitales militares, un olor entre lejía y algo metálico que se te quedaba en la ropa durante días. Los fluorescentes del pasillo principal zumbaban a una frecuencia que con los años aprendí a ignorar, pero que los primeros meses me provocaba un dolor de cabeza sordo justo detrás de los ojos.
La Sala B-7 estaba en el cuarto nivel. Para llegar había que bajar por un montacargas industrial que temblaba como si fuera a desplomarse cada vez que arrancaba, y luego recorrer un pasillo de ochenta metros con el techo tan bajo que los altos tenían que agachar la cabeza. Las paredes estaban revestidas de plomo y una capa de pintura gris que siempre estaba descascarillada. Yo nunca supe exactamente qué hacían allí dentro. Nos decían que era investigación en confinamiento de plasma, y eso me bastaba. Mi trabajo no era preguntar. Mi trabajo era que los números del dosímetro volvieran a estar donde tenían que estar.
En marzo del noventa y uno, algo salió mal en la B-7. No hubo explosión, no hubo alarma. Lo que hubo fue un silencio muy largo y luego una llamada a las tres de la madrugada. Cuando llegué, el pasillo del cuarto nivel olía distinto. No era el desinfectante de siempre. Era algo dulce, casi orgánico, como fruta pasada mezclada con ozono. Los técnicos de turno estaban sentados en el suelo del montacargas, con las manos en el regazo, sin hablar. Uno de ellos, Saúl Benítez, tenía los ojos tan abiertos que se le veía el blanco completo alrededor del iris. Nos dijeron que evacuáramos, que sellaran, que firmáramos. Y firmamos.


Treinta y cinco años. Eso es lo que tardé en volver.
No fue nostalgia. Fue una carta. El abogado de Riaza me escribió en septiembre para decirme que el doctor había muerto y que en su testamento pedía específicamente que yo recuperara los cuadernos de bitácora del cuarto nivel. Riaza llevaba años diciendo que aquellos documentos contenían datos que la comunidad científica merecía conocer. Decía que lo que habían medido en la B-7 no era un fallo de instrumentación, como concluyó el informe oficial. Era otra cosa. Nunca me dijo qué.
Conseguí el permiso de acceso a través de un antiguo compañero que ahora trabaja en seguridad del CIEMAT. Me costó tres semanas y un favor que prefiero no detallar. El doce de octubre bajé solo. Sí, solo. Carmen me dijo que estaba loco, y no le faltaba razón. Pero aquello era algo que necesitaba hacer sin testigos. Sin tener que explicar por qué se me cerraba la garganta cada vez que pensaba en el olor de aquel pasillo.
La entrada norte estaba igual que siempre, solo que ahora la vegetación se había comido medio aparcamiento. Tuve que apartar ramas de jara con las manos para llegar a la puerta de seguridad. La cerradura electrónica había sido sustituida por un candado industrial. Mi compañero me había dado la combinación en un papel que quemé después de memorizarla. El candado se abrió con un chasquido seco que resonó contra la roca.
Dentro, el aire era exactamente como lo recordaba. Frío, con ese fondo húmedo de hormigón viejo que te llena la boca de un sabor mineral. Encendí la linterna frontal y empecé a bajar por la rampa del primer nivel. Los fluorescentes, obviamente, no funcionaban. Mis pasos producían un eco que siempre me había parecido normal, pero que ahora, solo, sonaba como si alguien caminara tres metros detrás de mí, imitando mi ritmo con medio segundo de retraso.
Me detuve. El eco se detuvo. Pero no al mismo tiempo. Hubo un paso más. Uno solo. Clarísimo. El sonido de una suela sobre hormigón mojado, a mis espaldas, en la oscuridad.
Me giré y la linterna iluminó veinte metros de pasillo vacío. Nada. Humedad brillando en las paredes. El goteo constante de alguna filtración que llevaba décadas trabajando la roca. Me obligué a respirar despacio. Tienes sesenta y ocho años, Andrés. Se te está yendo la cabeza. El eco juega estas cosas en galerías rectas.
Seguí bajando. Pero empecé a contar mis pasos. Y a escuchar.


El montacargas del cuarto nivel no funcionaba, así que tuve que bajar por la escalera de emergencia. Setenta y dos escalones de rejilla metálica que vibraban bajo mi peso como la cubierta de un barco viejo. Con cada nivel que descendía, la temperatura bajaba. No gradualmente. A tramos. Como si cruzara umbrales invisibles. En el tercer nivel, el vaho de mi respiración era tan denso que la linterna lo convertía en una nube blanca frente a mi cara.
Cuando llegué al pasillo del cuarto nivel, lo primero que noté fue el olor. No el desinfectante industrial de los ochenta. No la humedad mineral del hormigón. Era aquel olor. El del noventa y uno. Fruta pasada y ozono. Dulce y eléctrico al mismo tiempo, como si alguien hubiera dejado un montón de naranjas pudriéndose junto a un transformador sobrecargado. Llevaba treinta y cinco años sin olerlo y mi cuerpo lo reconoció antes que mi cerebro. Se me erizó el vello de los antebrazos y noté un tirón en el estómago, ese reflejo primitivo que te dice que corras antes de que sepas de qué.
No corrí. Seguí andando.
El pasillo estaba tal como lo recordaba. Ochenta metros de techo bajo, paredes de plomo pintadas de gris, ahora con la pintura no solo descascarillada sino colgando en tiras largas como piel muerta. Y algo más. Algo que no debería estar ahí.
Había huellas en el polvo del suelo.
No eran mías. Yo acababa de llegar por la escalera de emergencia, que conectaba al otro extremo del pasillo. Estas huellas venían de la dirección del montacargas —que no funcionaba, recordemos— y se dirigían hacia la Sala B-7. Eran huellas de pies descalzos. Pequeñas, como de una persona menuda o un adolescente. Y estaban perfectamente espaciadas, con una regularidad mecánica que ningún ser humano caminando produce de forma natural. La distancia entre cada huella era exactamente la misma. Lo medí con el pie. Treinta y un centímetros exactos entre talón y talón.
Pero lo peor no eran las huellas. Lo peor era la temperatura de las huellas. Me agaché y acerqué la mano al suelo, junto a una de ellas, sin tocarla. Noté calor. No mucho, pero inconfundible. Como si quien hubiera caminado por allí tuviera los pies a cuarenta y tantos grados. En un pasillo donde el aire estaba a ocho o nueve grados centígrados, esas marcas irradiaban un calor que no tenía ningún sentido físico.
Saqué el contador Geiger del bolso. No porque pensara que hubiera radiación —después de treinta y cinco años, cualquier contaminación residual sería mínima—, sino por costumbre. Es como el mecánico que no puede pasar junto a un coche sin escuchar el motor.
El contador marcaba cero punto tres microsieverts por hora. Normal. Radiación de fondo, la misma que tienes en tu cocina. Me relajé un poco. Y entonces cometí el error de apuntar el detector hacia las huellas.
Cuatro punto siete microsieverts. Sobre las huellas. Solo sobre las huellas. Un centímetro a la izquierda, cero punto tres. Un centímetro a la derecha, cero punto tres. Exactamente sobre la marca del pie descalzo, cuatro punto siete. Como si lo que hubiera caminado por allí dejara su propia firma en el espectro electromagnético.
No era peligroso. Ni siquiera era preocupante desde el punto de vista sanitario. Pero era imposible.



Seguí las huellas. No sé por qué. Bueno, sí lo sé. Porque había ido a buscar los cuadernos de bitácora y las huellas iban exactamente hacia donde yo necesitaba ir: la Sala B-7.
La puerta estaba al final del pasillo. Una puerta de acero reforzado con el símbolo de radiación pintado en amarillo, ahora casi invisible bajo décadas de humedad. En el noventa y uno la habíamos sellado con cemento de contención y tres capas de precinto industrial. Los precintos seguían ahí. Intactos. No los había tocado nadie.
Pero las huellas llegaban hasta la puerta. Y continuaban al otro lado.
Quiero que entiendas lo que estoy diciendo. Las huellas descalzas, calientes, radiactivas, llegaban hasta una puerta sellada con cemento hacía treinta y cinco años, y al mirar por la rendija inferior —una rendija de quizás dos centímetros entre la puerta y el suelo—, la linterna iluminó más huellas dentro de la sala. Como si lo que fuera que caminó por ese pasillo hubiera atravesado una puerta de acero macizo sin abrirla.
Fue en ese momento cuando el contador Geiger hizo algo que no le había visto hacer nunca. Dejó de medir. La pantalla se quedó en blanco medio segundo y luego mostró un símbolo que no estaba en el manual: una especie de onda sinusoidal con un punto en el centro. Le di un golpe con la palma, como se hace con los aparatos viejos, y volvió a la normalidad. Cero punto tres microsieverts. Como si nada.
Me arrodillé junto a la puerta y acerqué la oreja a la rendija inferior. Estuve a punto de no hacerlo. Una parte de mí, la parte que había sobrevivido veintisiete años trabajando con material radiactivo sin un solo incidente, me decía que me levantara, que volviera a subir esas setenta y dos escaleras y que condujera de vuelta a Tres Cantos y le dijera al abogado de Riaza que los cuadernos podían pudrirse donde estaban.
Pero acerqué la oreja.
Durante los primeros segundos solo oí mi propia sangre bombeando en el tímpano. Luego, algo más. Un sonido regular, rítmico, que tardé en identificar porque no encajaba en aquel contexto. Era como un goteo, pero no de agua. Era más denso, más viscoso. Como miel cayendo sobre una superficie metálica. Plop. Plop. Plop. A intervalos de exactamente tres segundos.
Y entonces, entre un plop y el siguiente, algo respondió al sonido de mi respiración contra la rendija. No fue un eco. Los ecos no cambian de tono. Esto era mi propia respiración devuelta, pero medio tono más grave y medio segundo más larga. Como si algo al otro lado estuviera escuchando el sonido que yo hacía y lo repitiera con modificaciones. Aprendiendo.
Me aparté de la rendija tan rápido que me golpeé la cabeza con la pared de enfrente. El dolor fue casi un alivio. Algo real, tangible, que podía entender.
Me quedé sentado en el suelo del pasillo, con la espalda contra la pared, mirando la puerta de la B-7 durante lo que debieron ser cinco minutos pero que se sintieron como una hora. Intentaba racionalizar. Corrientes de aire. Resonancias acústicas. Fauna subterránea, quizás algún animal que hubiera encontrado la forma de entrar por una grieta.
Nada de eso explicaba las huellas calientes. Nada de eso explicaba el dosímetro.




Lo que me hizo quedarme fueron los cuadernos. Esa promesa a un muerto. Los cuadernos de Riaza estaban dentro de la B-7, en el armario ignífugo de la esquina noroeste. Lo sabía porque yo mismo los había dejado allí la noche del sellado, cuando Riaza me agarró del brazo con una fuerza que no esperaba de un hombre de sesenta años y me dijo: «Andrés, algún día alguien tiene que saber lo que hemos medido aquí. Prométemelo». Y se lo prometí.
Usé la palanca que había traído para romper el cemento de contención. Tardé quince minutos en despejar lo suficiente para poder forzar la cerradura. Cada golpe de palanca retumbaba en el pasillo como un trueno lento, y cada vez que paraba a descansar, el silencio que venía después era peor que el ruido. No era un silencio vacío. Era un silencio lleno. Ocupado. Como cuando entras en una habitación que crees vacía y sabes, sin verla, que hay una persona conteniendo la respiración.
La puerta cedió con un quejido metálico que sentí en los dientes. El aire que salió de la B-7 era tibio. No frío, como debería ser un espacio cerrado bajo cien metros de roca durante tres décadas. Tibio, como el aliento de algo vivo. Y el olor era tan intenso que me lloraron los ojos. Fruta podrida, ozono, y algo nuevo: algo que me recordaba al cobre. A sangre.
Entré.
La sala era más pequeña de lo que recordaba, o quizás es que yo era más viejo y todo me parecía más estrecho. Diez metros por ocho. En el centro estaba la cámara de confinamiento, un cilindro de acero inoxidable de dos metros de alto que había contenido el reactor experimental. Estaba abierto. La tapa superior, que pesaba doscientos kilos y que requería una grúa para moverse, estaba apoyada en el suelo, a medio metro del cilindro, como si alguien la hubiera levantado y depositado con cuidado.
Las huellas descalzas cubrían el suelo de la sala en un patrón que solo puedo describir como orbital. Círculos concéntricos alrededor de la cámara de confinamiento, cada uno más estrecho que el anterior, estrechándose en espiral hasta el borde del cilindro abierto. Como si algo hubiera caminado en círculos alrededor de aquel reactor durante años, acercándose milímetro a milímetro con una paciencia que no es humana.
Apunté la linterna al interior del cilindro. El acero inoxidable debería haber estado vacío, limpio, quizás con algo de oxidación. Lo que vi fue una superficie interior cubierta de algo que parecía escarcha, pero negra. Cristales diminutos, del tamaño de granos de sal, que absorbían la luz de la linterna en lugar de reflejarla. Y se movían. No rápido. Tan lento que al principio pensé que era un efecto óptico del temblor de mis manos. Pero no. Los cristales se desplazaban por la superficie interior del cilindro como un líquido extremadamente denso fluyendo cuesta arriba, desafiando la gravedad con la misma naturalidad con la que el agua fluye cuesta abajo.
El contador Geiger enloqueció. No con los chasquidos normales. Emitió un tono continuo, un pitido agudo que no le había oído nunca, y la pantalla volvió a mostrar ese símbolo imposible: la onda sinusoidal con el punto. Y entonces hizo algo más. Algo que me heló la sangre de una forma que ninguna historia que haya contado o me hayan contado podrá nunca igualar.
El pitido del contador cambió de frecuencia. Subió, bajó, subió, bajó. Con ritmo. Con patrón. No era interferencia. No era un fallo eléctrico. Era una secuencia. Y la secuencia se ajustaba cada vez que yo movía el detector. Cuando lo acerqué al cilindro, el pitido se aceleró. Cuando lo alejé, se ralentizó. Cuando lo mantuve quieto, el pitido adoptó un ritmo que tardé unos segundos en reconocer.
Era mi pulso. El contador Geiger estaba reproduciendo los latidos de mi corazón. Setenta y dos por minuto. Los conté. Coincidían.
Lo que había dentro de aquel cilindro, fuera lo que fuera, me estaba midiendo a mí.
Agarré los cuadernos del armario ignífugo sin mirar qué más había en la sala. Los metí en la mochila con las manos tan temblorosas que se me cayeron dos veces. Y salí. No corrí, porque a mi edad correr por una escalera de rejilla metálica en la oscuridad es una forma eficiente de romperse el cuello. Pero caminé más rápido de lo que mis rodillas me habían dejado caminar en una década.


Conduje de vuelta a Tres Cantos con la calefacción al máximo y las ventanillas bajadas. Necesitaba el frío del aire de la sierra para sentirme despierto, pero no podía dejar de temblar. Carmen me esperaba en la cocina con una tortilla que no pude comer.
Los cuadernos de Riaza están ahora en la caja fuerte de mi despacho. Los he leído tres veces. La mayor parte son datos técnicos que no entiendo: mediciones de flujo neutrónico, gráficas de temperatura del plasma, anotaciones en una taquigrafía personal que Riaza usaba cuando no quería que nadie más leyera sus notas. Pero hay una entrada, del catorce de marzo del noventa y uno, dos días antes del sellado, que está escrita en letra clara, sin abreviaturas, como si Riaza quisiera asegurarse de que cualquiera pudiera leerla.
Dice: «La muestra ha desarrollado respuesta adaptativa a estímulos externos. Replica frecuencias electromagnéticas del entorno. Replica frecuencias biológicas del operador a menos de dos metros. No es radiación residual. Es radiación intencional. Solicito clasificación inmediata y ampliación del perímetro de contención de B-7 a todo el cuarto nivel. No estamos conteniendo un isótopo. Estamos conteniendo una pregunta».
Una pregunta. Eso escribió.
Han pasado cinco meses desde que bajé. Duermo peor, pero no mucho peor. Carmen dice que hablo en sueños, cosa que nunca había hecho. Dice que repito números, siempre los mismos, en secuencias que ella no entiende. A veces me despierto y el reloj digital de la mesilla muestra una hora imposible —símbolos que no son números, que desaparecen cuando parpadeo.
Pero lo que de verdad me quita el sueño no es lo que encontré en la B-7. Es lo que encontré ayer en el bolsillo interior de la mochila que usé aquella noche. Un bolsillo que yo no abrí, que no toqué, que tiene una cremallera que estaba cerrada cuando llegué a casa.
Dentro había polvo negro. Cristales diminutos, como granos de sal, que no reflejan la luz.
Y esta mañana había menos que ayer.
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