
Llevo veinte años restaurando frescos bizantinos. He visto pigmentos del siglo VI que todavía huelen a huevo y vinagre. Pero las pinturas del faro de Sulina no huelen a nada que yo conozca. Y lo peor es que siguen mojadas.


Me llamo Andrei y trabajo para el Ministerio de Cultura de Rumanía, aunque la mayor parte del tiempo me contratan universidades extranjeras. En abril del año pasado me enviaron a Sulina, el último pueblo antes de que el Danubio se rinda al Mar Negro. El encargo era sencillo: documentar y catalogar unas pinturas murales descubiertas dentro del faro viejo, el que apagaron en el setenta y uno. Nadie me explicó bien por qué lo cerraron. Solo que tres fareros desaparecieron la misma noche, una noche sin tormenta, sin oleaje, sin nada. El faro huele a salitre acumulado durante décadas, a metal oxidado y a algo más, algo dulce, como fruta pasada. Instalé mi equipo en la sala de la planta baja: lámparas halógenas, cámara con trípode, cuaderno de campo. Las pinturas cubrían toda la pared interior de la escalera de caracol, desde el suelo hasta donde alcanzaba la vista. Estilo bizantino claro, pero con algo que no encajaba. Los rostros de las figuras estaban vueltos hacia la pared.

El primer día no pasó nada raro. Ni el segundo. Al tercero, mientras fotografiaba un panel a la altura del segundo tramo de escaleras, noté que la pintura del borde inferior estaba húmeda. No húmeda como de condensación. Húmeda como recién aplicada. Toqué el pigmento con el meñique y se me quedó en la piel, espeso, casi tibio. Limpié la mancha con un trapo y seguí trabajando. Pero esa noche, en la pensión del pueblo, me desperté a las tres con un olor que reconocí inmediatamente: témpera al huevo. Ese olor graso, animal, que cualquier restaurador conoce. Venía de mi propia mano. Me lavé tres veces con jabón y el olor seguía ahí, metido debajo de la uña del meñique, como si la piel lo hubiese absorbido. A la mañana siguiente volví al faro. El panel que había fotografiado tenía una figura nueva. Una más. Conté. Las conté tres veces. Eran diecisiete. El día anterior eran dieciséis.


Revisé mis fotos del día anterior. Las amplié en la pantalla del portátil hasta que los píxeles se rompieron. Dieciséis figuras. En la pared, ahora, diecisiete. La nueva estaba al final de la fila, ligeramente más pequeña que las demás, con la misma postura: de espaldas, rostro contra la piedra. Pero esta tenía las manos extendidas hacia los lados, con los dedos abiertos, como si estuviera tocando la pared. Intenté tomar muestras del pigmento para enviarlo al laboratorio. Cuando acerqué el bisturí a la superficie, sentí algo que no puedo explicar bien. La pared estaba tibia. No caliente, no templada. Tibia, como la piel de alguien que acaba de levantarse de una siesta. Retiré la mano. Apoyé la palma completa para estar seguro. El calor era uniforme, constante, y pulsaba. Muy suavemente, como un latido lentísimo. Uno cada cuatro o cinco segundos. Arranqué la muestra rápido. No quise seguir tocando.


Esa noche no dormí en la pensión. Me quedé en el faro con una grabadora de audio y la cámara en modo timelapse. Quería pruebas. Algo racional que explicara la figura nueva. Una broma local, un artista loco, lo que fuera. A las dos de la madrugada la grabadora capturó algo. No pasos, no golpes. Un sonido que tardé días en identificar: cerdas sobre piedra. Un pincel. Alguien pintando, trazo tras trazo, con una cadencia lenta y metódica, durante cuarenta y siete minutos. La cámara no registró movimiento. Ninguno. La escalera vacía, las lámparas apagadas, la oscuridad completa. Solo el audio confirmaba que algo se movía ahí dentro. Cuando revisé las paredes por la mañana, la figura diecisiete ya no estaba de espaldas. Se había girado. No del todo. Solo la cabeza, ladeada unos treinta grados, como si estuviera a punto de mirar por encima de su hombro. Y donde debería estar el ojo visible, alguien había dejado la piedra sin pintar. Un hueco en forma de óvalo. Vacío.


Debí haberme ido entonces. Pero llevo veinte años en esto y nunca había visto nada parecido. Subí hasta el último tramo de la escalera, donde las pinturas terminaban justo debajo de la sala de la linterna. Ahí arriba hacía más calor. El aire olía a cera de abejas y a algo mineral, como sangre seca, y las paredes transpiraban una humedad aceitosa. Encendí la lámpara frontal y lo vi. Las figuras del último tramo ya no estaban de espaldas. Todas se habían girado. Todas me miraban, o habrían mirado, si tuvieran ojos. Cada rostro tenía el mismo óvalo vacío de piedra desnuda. Dieciocho figuras. Había una nueva otra vez. La última, la del extremo superior, era diferente al resto. Estaba pintada de frente, con los brazos extendidos hacia adelante, las palmas abiertas. Y tenía ojos. Dos. Perfectamente redondos. Completamente negros. No era pintura negra sobre piedra. Era ausencia. Como si alguien hubiese raspado dos agujeros en la realidad y detrás no hubiera nada. Me acerqué un paso. El olor a cera se intensificó hasta quemarme la garganta. Entonces la pintura de la boca se movió. No se abrió. Se extendió. La línea de los labios se alargó medio centímetro hacia la derecha, despacio, dejando un rastro húmedo sobre el yeso. Me caí en las escaleras al bajar. Tengo la cicatriz en la barbilla todavía.

Entregué las fotos y el audio al ministerio. El informe oficial dice que los murales son de origen desconocido, probablemente de un artista local no identificado, y recomienda preservarlos. Nadie mencionó que las figuras se mueven. Nadie quiso escuchar la grabación completa. Hace tres meses recibí un correo del guardia municipal de Sulina. Solo decía: ya son veintiuna. Adjuntaba una foto. La amplié en la pantalla y tardé un rato en ver lo que el guardia había visto. La última figura, la veintiuna, tiene las manos extendidas hacia adelante, las palmas abiertas, y lleva algo en el meñique de la mano derecha. Una mancha oscura. Pequeña. Del tamaño exacto de una muestra de pigmento arrancada con bisturí. No he vuelto a Sulina. Pero a veces, cuando me despierto de madrugada, todavía me huelo las manos.
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