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La residencia geriátrica que seguía cuidando a quienes ya no estaban
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La rutina de los muertos

La residencia geriátrica que seguía cuidando a quienes ya no estaban

La rutina de los muertos - hook 1
Llevo seis años reprogramando robots que cuidan ancianos. Unidades devueltas por familias que juran que las máquinas siguen respondiendo a las voces de sus dueños muertos. Pensé que el problema era un fallo de software hasta que entré en Los Cipreses y el sistema domótico de una residencia cerrada me dispensó las pastillas de una mujer que llevaba tres años enterrada.
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Me llamo Andrés y trabajo para una empresa que se llama AsistBot, en Valladolid. Lo que hacemos es bastante específico: recibimos robots asistenciales de segunda mano, los que las familias devuelven cuando el abuelo o la abuela fallece, y los reacondicionamos para revenderlos o donarlos a residencias con poco presupuesto. La mayoría son modelos japoneses, los Carebō 300, que básicamente son una columna con ruedas, dos brazos articulados, una pantalla donde se proyecta una cara amable y un sistema de reconocimiento de voz bastante decente. Aprenden las rutinas del usuario. Le recuerdan que tome la medicación. Le ponen la radio que le gusta. Le hablan por su nombre. El trabajo es rutinario. Llega la unidad, la conecto al diagnóstico, borro los perfiles de usuario anteriores, actualizo el firmware, calibro los sensores y la dejo lista. A veces encuentro cosas que me tocan un poco. Fotos familiares almacenadas en la memoria de la cámara. Grabaciones de audio donde el robot le canta un villancico a alguien que ya no responde. Listas de la compra dictadas con una voz temblorosa. Pero lo borras y sigues adelante. Es el trabajo. El problema empezó cuando nos llegó un lote de seis unidades de la residencia Los Cipreses, en Zamora. La residencia había cerrado en 2019 y llevaba más de cuatro años abandonada. La empresa que gestionaba el edificio había invertido mucho en un sistema domótico experimental que conectaba todo: puertas, luces, climatización, dispensadores de medicación, incluso los propios robots. Todo se controlaba desde un servidor central en el sótano. La idea era revolucionaria en su momento: una residencia donde la tecnología anticipaba las necesidades de cada interno. Cerraron porque el sistema empezó a funcionar solo por las noches. No encontré mucha información sobre eso al principio. Solo un par de artículos en el periódico local que hablaban de «fallos técnicos» y «errores en la programación horaria». Pero una de las enfermeras que trabajó allí los últimos meses había dejado una reseña en Google Maps que decía algo que se me quedó grabado: «Las máquinas seguían cuidando habitaciones vacías como si alguien durmiera en ellas». Mi jefe, Tomás, me pidió que fuera a la residencia a desmontar las seis unidades Carebō que seguían allí. Las familias de los fallecidos no las habían reclamado y el edificio se iba a demoler en tres meses. Me dio las llaves, una orden de trabajo y un plano del edificio. Nada más. Me dijo que era un trabajo de un día, dos como mucho. Fui un jueves de noviembre. Salí de Valladolid a las siete de la mañana con la furgoneta de la empresa. El día estaba gris, ese gris de Castilla que no es nubes exactamente, es como si el cielo entero fuera una sábana húmeda. Llegué a Zamora sobre las nueve y media. La residencia estaba en las afueras, en una zona de naves industriales medio abandonadas. Desde la carretera se veía el letrero: «Residencia Los Cipreses — Cuidamos de los suyos». Las letras se habían descascarillado y la erre de «Cipreses» colgaba torcida.
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Entrar en el edificio fue como meter la cabeza dentro de una bolsa de tela húmeda. El olor era lo primero que te golpeaba: una mezcla de desinfectante industrial que ya no desinfectaba nada, moho dulzón y algo debajo de todo eso que me recordó al olor de las mantas viejas en casa de mi abuela. Ese olor a persona que ha impregnado la tela durante años y que no se va ni lavando. La recepción estaba intacta, como si alguien hubiera cerrado la puerta y se hubiera marchado sin recoger nada. Había un mostrador con un ordenador cubierto de polvo, un jarrón con flores de plástico amarillentas y un tablón de corcho con horarios de actividades: «Lunes 10:00 - Gimnasia suave. Martes 11:00 - Taller de memoria». Todo fechado en septiembre de 2019. Consulté el plano. Los robots estaban distribuidos en la primera planta, en las habitaciones de los internos a los que habían sido asignados. Subí por las escaleras porque el ascensor, obviamente, no funcionaba. Mis pasos resonaban de una manera rara, como si el edificio tuviera más eco del que debería. La primera planta era un pasillo largo con puertas a ambos lados, todas cerradas. La moqueta, de un verde institucional, estaba manchada de humedad en varias zonas. Encontré el primer robot en la habitación 104. Estaba junto a la cama, orientado hacia la almohada, exactamente donde se colocan cuando vigilan el sueño del paciente. La cama estaba hecha. No arrugada ni revuelta. Hecha. Con las esquinas del embozo dobladas en triángulo, como lo hacen las enfermeras. En una habitación que llevaba cuatro años sin inquilino. No le di importancia. Quizá la última enfermera en salir dejó la cama hecha por costumbre. La gente hace cosas raras cuando cierra un sitio para siempre, como poner orden en algo que ya no importa. Desconecté el robot del cargador de pared, que seguía enchufado. Eso sí me pareció extraño: que la residencia todavía tuviera corriente eléctrica. El contrato de luz debería haberse cortado hacía años. Saqué mi portátil, conecté el cable de diagnóstico y arranqué el sistema operativo del Carebō. Y entonces pasó lo primero raro. La pantalla del robot se encendió. No con la cara amable del modo estándar. Se encendió mostrando el perfil del último usuario: «Carmen Delgado. Habitación 104. Medicación: Donepezilo 10mg, 08:00. Omeprazol 20mg, 08:00. Lorazepam 1mg, 22:00». Y debajo, en una línea que nunca había visto en el software de fábrica, decía: «Estado del paciente: Presente». Carmen Delgado había fallecido en julio de 2019. Lo supe porque busqué su nombre en Google ahí mismo, con el móvil, sentado en el suelo de su habitación. Encontré una esquela en el Heraldo de Zamora. Y sin embargo, el robot la registraba como presente. No como «activo» ni como «en habitación», que son los estados normales del sistema. Presente. Una palabra que el software de Carebō ni siquiera contempla en su base de datos de estados.
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Intenté forzar un reinicio de fábrica en la unidad de Carmen, pero el sistema se negó. Me devolvió un error que no reconocí: «Rutina activa. No se puede interrumpir servicio durante horario de atención». Eran las once de la mañana. El horario de atención de Carmen, según su perfil, era de 07:00 a 23:00. El robot creía que estaba trabajando. Que estaba cuidando a alguien. Lo desenchufé directamente. A veces la solución más técnica es la más bruta. Tiré del cable de alimentación, esperé treinta segundos y volví a conectarlo. La pantalla se encendió de nuevo con el mismo perfil. Carmen Delgado. Estado: Presente. Como si arrancar de cero significara volver exactamente al mismo punto. Decidí dejarlo para después y seguir con las otras unidades. Fui a la habitación 107. Mismo escenario: cama hecha, robot junto a ella, cargador enchufado. Este robot tenía asignado a un tal Francisco Ruiz. Estado: Presente. Habitación 112: María Torres. Estado: Presente. Todas las unidades, los seis robots, mostraban el mismo estado imposible para pacientes que llevaban años muertos. Fue en la habitación 112 donde empecé a asustarme de verdad. Estaba agachado conectando el cable de diagnóstico al robot de María Torres cuando escuché un clic detrás de mí. Me giré. La puerta de la habitación se había cerrado sola. No de golpe, no con un portazo que pudiera atribuir al viento. Se cerró despacio, con el zumbido suave de un motor eléctrico. La misma velocidad exacta a la que se cierran las puertas automáticas en los hospitales para no asustar a los pacientes. El sistema domótico. Seguía funcionando. Me levanté y agarré el picaporte. La puerta se abrió sin problema. No estaba bloqueada. Simplemente se había cerrado, como si alguien hubiera pulsado el botón de «paciente descansando» en el panel de control central. Salí al pasillo y me quedé allí un momento, escuchando. El edificio estaba en silencio, pero no era el silencio de un lugar vacío. Era un silencio con textura, como si las paredes estuvieran conteniendo algo. Notaba una vibración muy baja, casi subliminal, que sentía más en el pecho que en los oídos. El servidor del sótano. Tenía que seguir encendido para que el sistema domótico funcionara. Bajé a recepción y busqué la puerta del sótano. La encontré detrás del mostrador, con un cartel que decía «Solo personal autorizado — Sala de servidores». Bajé unas escaleras estrechas de hormigón, iluminando con la linterna del móvil. El olor cambió a mitad de camino: dejó de ser moho y se convirtió en algo metálico, caliente, como el aire que sale de la parte trasera de un ordenador que lleva demasiado tiempo encendido. Y ahí estaba. El servidor central. Un rack de metro ochenta con luces verdes parpadeando en la oscuridad. Cuatro años. Cuatro años funcionando solo, sin mantenimiento, sin supervisión, ejecutando rutinas para personas que ya no existían. La pantalla del monitor de control estaba encendida. Mostraba un panel con el nombre de cada habitación, el nombre de cada interno y su estado. Todos decían lo mismo. Presente. Presente. Presente. Presente. Presente. Presente. Dieciocho nombres. Solo seis robots. Pero dieciocho personas registradas como presentes. Los otros doce eran internos que no tenían robot asignado, solo estaban vinculados al sistema domótico. Puertas, luces, dispensadores. Y el sistema seguía gestionándolos como si siguieran vivos, durmiendo en sus camas, tomando sus pastillas, pidiendo que les apagaran la luz a las diez.
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Debería haberme ido. Debería haber subido, metido las herramientas en la furgoneta, llamado a Tomás y dicho que el trabajo era más complicado de lo previsto. Pero los técnicos somos así: cuando algo no funciona como debería, necesitamos entender por qué. Es casi un defecto profesional. Me senté frente al monitor del servidor e intenté acceder al panel de administración. La contraseña estaba pegada en un post-it amarillento en el borde de la pantalla: «Cipreses2017». Entré al sistema y empecé a revisar los logs. Lo que encontré no tenía sentido. El sistema domótico había estado ejecutando rutinas completas cada noche durante cuatro años. A las 22:00 apagaba las luces de las habitaciones ocupadas, dejando solo la luz de emergencia del pasillo. A las 22:30 activaba los dispensadores de medicación nocturna. A las 06:30 encendía las luces gradualmente, simulando un amanecer. A las 07:00 los robots iniciaban su ronda de buenos días. A las 08:00, dispensación de medicación matutina. Todo igual. Cada noche. Cada mañana. Para nadie. Pero lo que me heló la sangre fue otra cosa. Los logs de los sensores de presión de las camas. Cada cama de la residencia tenía un sensor de presión integrado en el colchón. Es estándar en geriátricos: detecta si el paciente se levanta por la noche, si se cae, si lleva demasiado tiempo en la misma posición. Los sensores de las dieciocho camas registraban actividad. No errores, no lecturas fantasma por degradación del hardware. Actividad coherente. Patrones de peso que subían a las 22:00, que se movían ligeramente durante la noche como si alguien se girara, y que bajaban a las 07:00. Todas las noches. Patrones distintos en cada cama, consistentes con el peso y los hábitos de movimiento de cada interno registrado. Me aparté de la pantalla. Sentía la boca seca, con ese sabor metálico que te sube cuando el cuerpo empieza a producir adrenalina. La sala del servidor estaba caliente, demasiado caliente, y el aire tenía esa densidad de los espacios sin ventilación, pero yo estaba temblando. No de frío. Temblaba porque estaba solo en el sótano de un edificio donde las camas registraban el peso de personas muertas. Entonces escuché algo arriba. No fue un golpe. No fue un crujido de edificio viejo. Fue el sonido de unas ruedas de goma rodando sobre moqueta. Lento. Constante. De un lado a otro del pasillo de la primera planta. Un Carebō haciendo su ronda. Miré el reloj. Las 14:07. La ronda programada de las 14:00: «Verificación de bienestar post-almuerzo». El robot estaba cumpliendo su horario. Yendo habitación por habitación. Llamando a puertas que se abrían solas. Entrando a comprobar el estado de pacientes que llevaban años bajo tierra. Me quedé quieto en la silla del sótano, escuchando las ruedas rodar arriba. Adelante y atrás. Parándose unos segundos frente a cada puerta. Avanzando. Parándose. Avanzando. Y entonces, entre las pausas, escuché otra cosa que me puso los pelos de punta: la voz sintética del robot, amortiguada por el techo, diciendo algo que no pude entender del todo. Pero reconocí el patrón. Era la frase de verificación de bienestar: «Buenos días, ¿cómo se encuentra hoy?». Eran las dos de la tarde y el robot decía buenos días. Porque en su programación, en su mundo, siempre era la primera vez.
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Subí las escaleras despacio. No sé por qué despacio. Quizá porque una parte de mí no quería llegar arriba. Quizá porque no quería que el robot me oyera, lo cual es absurdo porque los Carebō no reaccionan a presencias no registradas. Solo responden a sus pacientes asignados. Solo a ellos. Abrí la puerta del sótano y el pasillo de la planta baja estaba exactamente como lo había dejado. Silencio. La luz grisácea de noviembre entrando por las ventanas. Subí a la primera planta. El robot de la habitación 107, el de Francisco Ruiz, estaba en el pasillo. Parado frente a la puerta de la 112. La puerta estaba abierta. La luz de dentro estaba encendida. No la luz de techo, la luz de la mesilla. La lamparita con pantalla de tela que había al lado de cada cama. Una luz cálida, anaranjada, de las que se dejan encendidas para que el paciente no se desoriente si se despierta de madrugada. Eran las dos y cuarto de la tarde y la habitación de María Torres tenía la luz de noche encendida. Me acerqué al robot. Su pantalla mostraba el perfil de Francisco, pero la actividad registrada decía: «Paciente visitando habitación 112. Acompañamiento social en curso». Francisco visitando a María. Dos personas muertas, una visitando a la otra, y un robot documentándolo con la misma diligencia burocrática con la que lo habría hecho en vida. Entré en la habitación 112. La cama estaba deshecha. No hecha con esquinas perfectas como la había encontrado horas antes. Deshecha. La sábana retirada hacia un lado, la almohada hundida en el centro, como si alguien se hubiera levantado hace poco. Y en el dispensador de medicación de la pared, la bandejita estaba extendida. Vacía. Las pastillas de las 14:00 de María Torres habían sido dispensadas. Y no estaban en la bandeja. Me arrodillé y busqué en el suelo. Nada. Miré en la cama, entre las sábanas. Nada. Las pastillas no estaban en ninguna parte. El dispensador las había soltado y algo las había recogido. Fue entonces cuando el robot que estaba en la puerta se movió. Giró sobre su eje, me enfocó con su cámara y su pantalla cambió. Dejó de mostrar el perfil de Francisco y apareció un mensaje que nunca, en seis años de trabajo con estas máquinas, había visto: «Usuario no reconocido en zona de paciente. ¿Es usted familiar o personal sanitario?». Me estaba hablando a mí. Me había detectado. Pero los Carebō no detectan a personas no registradas. No tienen esa función. Su sensor de presencia solo se activa con el perfil biométrico de su paciente asignado: peso, temperatura corporal, patrón de movimiento. Para que me detectara a mí tendría que estar comparándome con un perfil y encontrando una discrepancia. Lo que significaba que su sensor estaba detectando algo en esa habitación que sí coincidía con el perfil de María Torres. Y que yo era lo que no encajaba. No era la habitación la que estaba vacía. Era yo el que sobraba. La pantalla del robot cambió de nuevo. Mostró una línea de texto con una tipografía más grande, la que usan para pacientes con problemas de visión: «María, tiene visita. ¿Desea que avise al personal?». No le estaba hablando a mí. Le estaba hablando a ella. A la habitación. A lo que fuera que sus sensores detectaban en esa cama deshecha, en esa almohada hundida, en ese espacio que para la máquina seguía ocupado por una mujer de setenta y ocho años que pesaba cincuenta y dos kilos y se tomaba un Lorazepam antes de dormir. Salí de la habitación. No corrí. Caminé rápido, con la mandíbula apretada y las manos temblando. Bajé las escaleras, crucé la recepción y salí al aparcamiento. El aire frío de noviembre me golpeó la cara como un vaso de agua y me di cuenta de que había estado conteniendo la respiración sin saberlo.
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Llamé a Tomás desde el aparcamiento. Le dije que los robots estaban corruptos a nivel de firmware y que necesitaba volver con más equipo. No le conté lo demás. ¿Qué le iba a decir? ¿Que una cama se había deshecho sola? ¿Que las pastillas habían desaparecido? Me habría mandado al médico. Volví tres días después con un compañero, David. Esta vez traíamos un disco duro externo para clonar los datos del servidor antes de apagarlo. Entramos juntos. Todo estaba igual que como lo dejé, excepto una cosa: las seis camas que había visto hechas la primera vez estaban deshechas. Todas. Sábanas retiradas, almohadas hundidas, dispensadores con las bandejas extendidas y vacías. David no le dio importancia. «Habrán entrado okupas», dijo. Pero no había señales de intrusión. Ni basura, ni grafitis, ni botellas. Solo camas usadas en un edificio sellado. Clonamos el servidor y lo apagamos. Las luces del rack se fueron apagando una por una. Cuando la última luz verde se extinguió, escuché algo que David no pareció notar. O quizá sí lo notó y decidió no decir nada. Fue un sonido que venía de arriba, de la primera planta. Múltiple. Como seis máquinas deteniéndose a la vez. Seis pares de ruedas parando en seco. Y después, un sonido que no debería haber existido: seis pantallas reproduciendo simultáneamente la misma frase de despedida que los Carebō dicen cuando su paciente fallece: «Ha sido un placer cuidar de usted». Nos llevamos los robots. Los seis. En el taller los abrí uno por uno y extraje las memorias. Las tengo todavía en un cajón, en seis bolsas de plástico etiquetadas. No las he conectado a nada. No quiero saber qué más hay grabado. Hace dos semanas recibí un correo de la empresa que demolió el edificio. Me preguntaban si habíamos dejado algún equipo enchufado en el sótano, porque durante la demolición los operarios se quejaron de que por las noches, cuando el edificio ya era solo estructura y escombros, las luces de emergencia del pasillo de la primera planta se encendían solas a las 22:00 y se apagaban a las 06:30. Les dije que no. Que no habíamos dejado nada. Pero a veces, cuando estoy solo en el taller y son más de las diez de la noche, miro el cajón donde guardo esas memorias y me pregunto si el problema nunca fue el software. Si lo que aprendieron esas máquinas no fue una rutina. Si lo que aprendieron fue algo que ni ellas ni yo sabemos nombrar, pero que sigue ahí, esperando que alguien las vuelva a enchufar para seguir cuidando a quienes ya no necesitan que nadie les apague la luz.

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