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Algo sigue transmitiendo desde la plataforma abandonada frente a Tarragona
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La última transmisión

Algo sigue transmitiendo desde la plataforma abandonada frente a Tarragona

La última transmisión - hook 1
Llevo doce años metiéndome en el agua de noche. He buceado en barcos hundidos donde todavía quedan zapatos de los tripulantes. He tocado motores que llevan medio siglo oxidándose en el fondo. Pero lo que encontré dentro de la plataforma Casablanca Tres no tiene que ver con el mar. Tiene que ver con algo que el mar no se llevó.
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Me llamo Dani. Tengo treinta y ocho años y llevo la mitad de mi vida debajo del agua. Empecé buceando en la Costa Brava con mi padre, que era pescador de coral, y terminé montando mi propia escuela de buceo en Cambrils, a cuarenta minutos de Tarragona. Nada elegante: una oficina que huele a neopreno húmedo, cuatro compresores que hacen más ruido que un camión de basura y una furgoneta con el logo medio despegado. Mi especialidad son las inmersiones nocturnas en pecios industriales. Suena más dramático de lo que es. Básicamente llevamos grupos pequeños —cuatro personas como máximo— a bucear en estructuras hundidas o semihundidas: barcos mercantes, grúas portuarias, tuberías de gaseoductos abandonados. La gracia de hacerlo de noche es que la linterna recorta todo de manera diferente. Las sombras se mueven con el agua. Los colores cambian. Un pez que de día es marrón, de noche parece plateado. La gente sale del agua con los ojos como platos, enganchada. Conozco cada pecio entre Tarragona y el Delta del Ebro. Los tengo catalogados en una libreta que mi exnovia decía que parecía el diario de un obsesivo. Profundidad, corrientes habituales, puntos de entrada, fauna, estado de la estructura. Todo. Y entre todos esos sitios, había uno que llevaba años llamándome: la plataforma Casablanca Tres. La Casablanca Tres fue una plataforma petrolífera auxiliar que operó desde mil novecientos ochenta y algo hasta dos mil quince, cuando Repsol cerró la concesión. No era de las grandes. Era una estructura de soporte técnico, básicamente un bloque de hormigón y acero del tamaño de un edificio de cinco plantas clavado en el fondo a treinta y dos metros de profundidad, con las patas sumergidas y la plataforma superior todavía asomando por encima del agua. La desmantelaron parcialmente. Se llevaron la maquinaria grande, los generadores, los tanques de combustible. Pero dejaron la estructura porque sacarla habría costado más que dejarla oxidarse. Durante el desmantelamiento quedó un técnico de mantenimiento haciendo guardia. Un tipo llamado Àlex Martí, barcelonés, cincuenta y pocos. Su trabajo era supervisar que las cuadrillas no se dejaran nada peligroso y transmitir partes diarios por radio a la capitanía del puerto. Partes rutinarios: estado del mar, inventario de lo retirado, incidencias. Los partes se emitieron cada mañana a las siete durante tres años. Hasta octubre de dos mil diecinueve, cuando dejaron de llegar. Capitanía envió una lancha. Encontraron la plataforma vacía. La radio estaba encendida, sintonizada en la frecuencia correcta. La litera de Àlex estaba hecha. Había una taza de café en la mesa de la sala de control, medio llena. Su equipo personal —mochila, teléfono, documentación— seguía ahí. Pero Àlex no estaba. Ni en la plataforma, ni en el agua, ni en ningún sitio. Se abrió una investigación que no llegó a ninguna parte. La teoría oficial fue que cayó al mar de noche y la corriente se lo llevó. Caso cerrado. Pero entre la gente del puerto circulaba otra versión: que la última transmisión de Àlex, la del día antes de desaparecer, no era un parte normal. Que decía algo sobre un sonido que venía de debajo de la plataforma. Algo que no paraba.
La última transmisión - primer evento 1La última transmisión - primer evento 2La última transmisión - primer evento 3
Tardé en organizar la inmersión porque la zona tiene restricciones de navegación y necesitas un permiso especial de la Autoridad Portuaria. Pero en marzo de dos mil veinticuatro, después de meses peleando con papeles, conseguí una ventana de tres días. Llevé a un grupo reducido: Marta, una fotógrafa submarina que colabora conmigo desde hace años, y dos clientes experimentados, un matrimonio holandés con más de doscientas inmersiones certificadas. Salimos de Cambrils a las ocho de la tarde en mi semirrígida. El mar estaba plano, sin apenas oleaje, lo que en esa zona es casi un milagro. La plataforma estaba a once millas náuticas de la costa. Cuando la vimos aparecer contra el cielo del crepúsculo, nadie dijo nada. Era más grande de lo que esperaba. Las fotos no hacen justicia a la escala de esas cosas. Las patas de acero salían del agua como los huesos de algo enterrado. La parte superior, la cubierta de trabajo, estaba a unos quince metros sobre el nivel del mar, y se veían los restos de las barandillas, las escaleras exteriores medio desprendidas, una grúa pequeña con el brazo torcido hacia abajo como un dedo roto. Fondeamos a unos cincuenta metros. Mientras preparábamos el equipo, Marta comentó algo que me pareció raro. Dijo que el agua olía distinto ahí. Y tenía razón. Hay un olor particular en el mar abierto, esa mezcla limpia de sal y ozono. Pero junto a la plataforma había algo más. Como hierro. Como cuando te cortas y te chupas el dedo. Metálico, denso. Lo atribuí a la oxidación de la estructura. Toneladas de acero descomponiéndose liberan óxido de hierro al agua. Tiene sentido. Tenía sentido. Nos equipamos y entramos al agua a las nueve y cuarenta de la noche. La temperatura era de catorce grados, normal para esa época. Descendimos pegados a la pata noroeste de la plataforma, usando las linternas para seguir la columna de acero hacia abajo. Las concreciones marinas cubrían todo: mejillones, algas, anémonas. Había vida. Meros enormes, congrios asomando de las grietas, bancos de sargos que brillaban cuando los pillaba el haz de la linterna. A veinte metros de profundidad, llegamos a la base de la estructura. Ahí abajo la plataforma tiene un entramado de vigas horizontales que forman una especie de laberinto abierto. Es el tipo de arquitectura submarina que a los buceadores nos fascina: pasadizos, recovecos, juegos de luz y sombra. Empecé a guiar al grupo por la periferia del entramado cuando Marta me agarró del brazo. Me señaló el oído de su capucha y luego apuntó hacia abajo. Hacia el centro de la estructura. Me detuve. Controlé la respiración. Y entonces lo escuché. Un golpe. Metálico. Regular. Como si alguien, desde dentro de la estructura, golpeara una tubería con algo pesado. Un golpe cada cuatro o cinco segundos. Toc. Pausa. Toc. Pausa. Toc. Bajo el agua, el sonido viaja más rápido y más lejos que en el aire. Pero también es difícil localizar la dirección. Podía venir de cualquier parte de la estructura. O de dentro. Hice la señal de calma al grupo. Les indiqué que no era nada —golpeteé mi linterna contra una viga para simular que el sonido lo causaba el oleaje moviendo alguna pieza suelta— y seguimos la inmersión por la ruta prevista. Pero el golpe no paraba. Y no era irregular como lo sería una pieza suelta mecida por la corriente. Era rítmico. Constante. Deliberado.
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Subimos después de cuarenta minutos de fondo. En la superficie, mientras nos quitábamos los equipos en la semirrígida, fui yo quien sacó el tema. No quería que Marta lo mencionara delante de los clientes y les arruinara la experiencia. —¿Habéis oído ese ruido metálico ahí abajo? —dije, como quitándole importancia—. Alguna válvula suelta moviéndose con la corriente. Es normal en estructuras de este tamaño. Los holandeses asintieron. Dijeron que sí, que lo habían notado, pero que no les había preocupado. Bien. Marta no dijo nada. Me miró mientras enrollaba su cabo de seguridad y noté que quería hablar, pero no delante de ellos. Llevamos a los clientes a sus camarotes —habíamos fondeado junto a la plataforma para pasar la noche y bucear al día siguiente— y Marta y yo nos quedamos en cubierta. La noche estaba cerrada. Sin luna. Las estrellas sobre el mar abierto tienen una densidad que no ves nunca en tierra. Pero yo no estaba mirando arriba. Estaba mirando la plataforma. Desde la superficie se veía la cubierta superior como una masa negra contra el cielo. Sin luces, sin movimiento. Pero había un sonido. No el golpeteo. Otro. Un zumbido grave, casi por debajo del umbral de lo que puedes escuchar conscientemente. Más una vibración que un sonido. La sentías en el pecho antes que en los oídos. Como estar cerca de un transformador eléctrico grande, pero no había electricidad en esa plataforma. La habían desconectado de la red hacía años. No había generadores. No había nada que pudiera generar ese tipo de frecuencia. Marta se acercó y habló bajo, como si la plataforma pudiera oírnos. —Dani, ese golpeteo no era una válvula. —Ya lo sé. —Era regular. Cada cuatro segundos. Exactos. He cronometrado los intervalos con el temporizador de la cámara mientras grababa. —¿Lo grabaste? Sacó la cámara y me pasó los auriculares. Había grabado un vídeo de tres minutos apuntando hacia el interior de la estructura. En la imagen solo se veía oscuridad con partículas flotando en el haz de su foco. Pero el audio era claro. Toc. Toc. Toc. Perfectamente espaciado. Y entre los golpes, algo más. Algo que no habíamos percibido durante la inmersión porque estábamos concentrados en el ritmo metálico. Un sonido continuo de fondo. Agudo. Fino. Como un silbido a través de una rendija muy estrecha. O como la frecuencia que emite una radio cuando está sintonizada en una emisora que ya no transmite. Ese pitido plano, muerto, que no es silencio pero tampoco es nada. Me quité los auriculares y miré la plataforma. Estaba completamente a oscuras. Pero mientras miraba, algo parpadeó. Una luz. Pequeña. Verdosa. En lo que calculé que era el nivel de la sala de control, en la cubierta intermedia. Parpadeó dos veces y desapareció. —Dani. —Lo he visto. —No hay electricidad ahí arriba. —No. No la hay. Nos quedamos callados un rato largo mirando la estructura. El zumbido grave seguía. Podía sentirlo en los dientes, en la mandíbula, como cuando aprietas fuerte y notas la vibración de tu propio cráneo. Me dije a mí mismo que tendría una explicación. Que siempre la tiene. Que las estructuras metálicas grandes hacen cosas raras con las corrientes de aire y las mareas. Que quizás había alguna batería residual alimentando un indicador LED olvidado. Me lo dije varias veces. No me lo creí ninguna.
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La segunda inmersión fue al día siguiente, a las diez de la noche. Los holandeses querían repetir —les había encantado la primera— y yo necesitaba volver a bajar. Necesitaba saber qué estaba produciendo ese sonido. Marta me dijo que estaba loco, pero se equipó sin discutir. Esta vez llevé un plan diferente. En lugar de rodear la periferia de la base, quería penetrar en la estructura. La zona central del entramado de vigas tenía accesos suficientemente amplios para pasar con equipo. Había estudiado los planos originales de la plataforma —conseguí una copia en el archivo del Puerto de Tarragona— y sabía que en el centro de la base había un compartimento estanco. Una cámara técnica que en su día albergaba los sistemas de bombeo y las conexiones del pozo de extracción. Una habitación sellada, sumergida, a veintiocho metros de profundidad. Entramos al agua. Catorce grados otra vez. El traje seco me apretaba en el cuello y sentía la goma contra la piel como un dedo presionando constantemente la carótida. Descendimos. La vida marina que habíamos visto la noche anterior no estaba. No había meros. No había congrios. No había sargos. Las anémonas estaban cerradas, replegadas sobre sí mismas como puños apretados. Solo había mejillones y una capa de sedimento fino que se levantaba con cada aleteo y reducía la visibilidad a menos de dos metros. El golpeteo empezó antes de llegar a la base. A quince metros ya era audible. Más fuerte que la noche anterior. Más rápido. Ya no eran cuatro segundos entre golpe y golpe. Eran dos. Toc-toc. Toc-toc. Toc-toc. Como un latido. Guié al grupo hasta la base y localicé el acceso al compartimento central. Era una abertura rectangular en el entramado de vigas, de unos dos metros por uno y medio, parcialmente obstruida por una reja de mantenimiento que estaba doblada hacia fuera. Hacia fuera. Como si algo hubiera empujado desde dentro. Iluminé el interior con la linterna. El haz penetró unos tres metros antes de perderse en una oscuridad turbia, cargada de partículas. El suelo del compartimento estaba cubierto de sedimento. Las paredes eran planchas de acero con tuberías remachadas. Y en la pared del fondo, vi algo que no debería estar ahí. Una radio. Una radio portátil VHF, del tipo que usan los técnicos de mantenimiento marítimo. Estaba colgada de un gancho en la pared. Y tenía el indicador de batería encendido. Verde. Parpadeante. La misma luz que habíamos visto la noche anterior desde la superficie. Pero no era posible. La sala de control estaba quince metros por encima del agua, en la cubierta intermedia. Esta radio estaba a veintiocho metros de profundidad, dentro de un compartimento sumergido. Una radio encendida bajo el agua durante al menos cinco años. Enfoqué mejor y vi algo más. En el sedimento del suelo, justo debajo de la radio, había marcas. Surcos. Como los que dejaría alguien arrastrando los dedos por el barro. Pero no eran aleatorios. Formaban líneas. Paralelas. Agrupadas de tres en tres. Como las marcas que harías si estuvieras contando algo. O los días. Marta me tiró de la aleta. Me giré. Me estaba haciendo la señal de ascenso. Señalaba su manómetro: le quedaba menos aire del que debería. A todos nos quedaba menos aire del que debería. Llevábamos solo veinticinco minutos de fondo y el consumo era el de cuarenta. El frío, la tensión, la respiración acelerada que no habíamos sido capaces de controlar. Ascendimos. Y durante toda la subida, el golpeteo nos siguió. Pero ahora había cambiado. Ya no era toc-toc. Era algo que se parecía más a un patrón. Tres golpes rápidos. Pausa. Tres golpes rápidos. Pausa. Tres golpes lentos. Pausa. Tres golpes rápidos. No soy radioaficionado, pero fui scout. Y reconocí eso. Tres cortos, tres largos, tres cortos. SOS.
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Esa noche no dormí. Los holandeses se acostaron temprano —percibían que algo había cambiado, que la inmersión había sido tensa, pero no sabían por qué— y Marta y yo nos quedamos otra vez en cubierta. No hablamos mucho. Ella editaba las fotos en su portátil y yo miraba la plataforma con los prismáticos. A las dos de la madrugada vi la luz verde otra vez. Pero esta vez no fue un parpadeo. Se encendió y se quedó fija. Y al lado apareció otra. Y otra. Tres puntos verdes en la cubierta intermedia, exactamente donde estaba la sala de control. Tres luces que no deberían existir en una estructura sin suministro eléctrico. Y entonces empezó el sonido. No el golpeteo. No el zumbido. Algo nuevo. Un sonido que venía de arriba, de la plataforma misma, no del agua. Un chirrido largo, metálico, como una puerta de acero abriéndose muy despacio. Duró unos diez segundos y después paró. Silencio. El mar estaba absolutamente quieto. No había viento. No había oleaje. Ni siquiera se oía el agua contra el casco de la semirrígida. Era como si alguien hubiera pulsado el botón de silencio del mundo. Marta levantó la vista del portátil. —¿Qué ha sido eso? No contesté. Estaba mirando por los prismáticos. En la cubierta intermedia, en la zona de la pasarela exterior que conectaba la sala de control con las escaleras de acceso, algo se movía. Una forma. No era el viento moviendo una lona ni una pieza suelta balanceándose. Era un movimiento con propósito. Algo que se desplazaba por la pasarela, despacio, de izquierda a derecha. Bajé los prismáticos. Me froté los ojos. Volví a mirar. La forma seguía ahí. Estaba parada al final de la pasarela, junto a la barandilla que daba hacia nosotros. A quince metros de altura. A cincuenta metros de distancia. Y aunque no debería haber podido ver detalles a esa distancia, de noche, sin iluminación, la silueta era claramente humana. Los hombros, la cabeza, los brazos pegados al cuerpo. Inmóvil. Mirando hacia abajo. Hacia nuestro barco. Marta también la vio. No me hizo falta decirle nada. Se quedó rígida a mi lado y noté su mano buscando mi brazo. Sus dedos estaban helados. —Dani, no hay nadie en esa plataforma. —Lo sé. —Entonces qué es eso. No contesté porque no tenía respuesta. La silueta seguía inmóvil. Y entonces hizo algo. Levantó un brazo. Despacio. Lo extendió hacia el costado, horizontal, apuntando al agua. Al mar. A lo que había debajo. Y desde abajo, desde las profundidades de la estructura sumergida, llegó una respuesta. No un golpe. No un zumbido. Una voz. Distorsionada, metálica, como filtrada a través de una radio mala o de mucha agua. No entendí las palabras. No sé si eran palabras. Era un sonido que tenía la cadencia del habla humana, las pausas, las inflexiones, los cambios de tono que usamos al hablar, pero no era un idioma que yo pudiera reconocer. Duró tal vez quince segundos. Y cuando paró, la silueta bajó el brazo. Me giré para arrancar el motor. Iba a sacar a todo el mundo de ahí. Tiré de la cuerda del arranque una vez, dos veces, tres veces. El motor no arrancaba. Tenía combustible, tenía batería, lo había revisado esa tarde. Pero no arrancaba. Olía a gasolina. El carburador estaba inundado. Imposible: el motor es de inyección, no tiene carburador. Cuando miré otra vez hacia la plataforma, la silueta ya no estaba en la pasarela. Las luces verdes se apagaron una por una. El motor arrancó al siguiente intento, como si nunca hubiera tenido ningún problema.
La última transmisión - resolucion 1La última transmisión - resolucion 2
Volvimos a Cambrils a las tres de la madrugada. No hicimos la tercera inmersión. Les dije a los holandeses que el parte meteorológico había cambiado y que era mejor no arriesgarse. Marta no dijo nada en todo el viaje de vuelta. Cuando atracamos, descargó su equipo y se fue a su coche sin despedirse. Me llamó dos días después para decirme que había revisado el vídeo que grabó en la segunda inmersión. El audio del golpeteo seguía ahí. Pero había algo más. En los últimos treinta segundos de grabación, cuando ya estábamos ascendiendo, se escuchaba la voz. La misma que oímos desde la superficie. Pero en el vídeo submarino era más clara. Y Marta, que estudió filología antes de dedicarse a la fotografía, decía que una parte le sonaba a catalán antiguo. No estaba segura. Dijo que podía distinguir algo que se parecía a «no puc sortir». No puedo salir. Le pedí que me mandara el archivo. Me dijo que lo había borrado. Que no quería tenerlo en su ordenador. Que no quería tenerlo en ningún sitio. Investigué después. Encontré que Àlex Martí, el técnico desaparecido, era de Badalona. Catalanoparlante. Tenía cincuenta y dos años cuando lo declararon desaparecido. Estaba divorciado. Tenía una hija que en dos mil diecinueve tenía veintitrés años. Llamé a Capitanía Marítima y pregunté si podía acceder al registro de las últimas transmisiones de radio de la plataforma. Me dijeron que ese archivo no constaba. Que la última transmisión registrada era del quince de octubre de dos mil diecinueve. Rutinaria. Sin incidencias. Pero un conocido que trabaja en la Guardia Civil del Mar me contó otra cosa, meses después, en un bar, con tres cervezas encima. Me dijo que él formó parte del equipo que subió a la plataforma cuando Àlex dejó de transmitir. Me confirmó lo de la taza de café, lo de la litera, lo de los efectos personales. Pero me dijo algo que no salió en ningún informe. En la sala de control, la radio estaba efectivamente encendida. Sintonizada. Y cuando el primer agente entró en la sala, la radio emitió algo. Un solo segundo de audio antes de quedarse en silencio definitivo. Dijo que sonó como alguien golpeando metal. Un solo golpe. Toc. No he vuelto a la plataforma. He querido. Hay noches en las que, mientras reviso la carta náutica antes de una inmersión, paso el dedo por la marca que indica la posición de la Casablanca Tres y me quedo mirándola más tiempo del que debería. Marta me llama menos. Cuando hablamos, evitamos el tema. Los holandeses me dejaron una reseña de cinco estrellas. Pero a veces, cuando estoy solo en la oficina y hay silencio, creo que puedo oírlo. El zumbido. Grave. Constante. Como si no viniera de un lugar, sino de una frecuencia que siempre estuvo ahí y que simplemente aprendí a escuchar. Y me pregunto si Àlex también la oía. Si por eso se quedó. Si por eso no pudo irse. Si por eso sigue ahí.

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