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Algo respira en el módulo sellado de la estación orbital
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Turno 31

Algo respira en el módulo sellado de la estación orbital

Turno 31 - hook 1
Llevo seis meses en la estación orbital y hay una regla que nadie escribió en ningún manual: si escuchas golpes en el módulo C después de las tres de la mañana, no vayas. No respondas. Yo fui.
Turno 31 - contexto 1
Me llamo Andrés y soy técnico de mantenimiento nivel dos en la estación Antares. Suena importante, pero básicamente significa que reviso filtros de aire, ajusto válvulas de presión y cambio paneles LED que parpadean. Mi turno es el nocturno, de once a siete. La estación nunca duerme del todo, pero de noche se acerca. Los laboratorios se apagan, la tripulación se mete en sus cápsulas y todo queda en penumbra azul. El aire huele a plástico caliente y a ese desinfectante industrial que nunca logro identificar. Los pasillos se estrechan cuando estás solo. No es claustrofobia, es geometría: tubos de dos metros de diámetro que se extienden ciento veinte metros en cada dirección. El sonido constante es el del sistema de ventilación, un soplo grave que te entra por los huesos hasta que dejas de notarlo. Llevaba tres semanas sin novedades. Rutina perfecta. Hasta la noche del treinta y uno de octubre.
Turno 31 - primer evento 1
Estaba cambiando un filtro en el módulo B cuando el sensor de CO2 del módulo C disparó una alerta en mi tableta. Nada grave: una lectura de 1200 partes por millón, ligeramente por encima del umbral. El módulo C es almacén. Nadie duerme ahí, nadie trabaja ahí de noche. Entré flotando por la compuerta y el frío me golpeó primero. La calefacción estaba apagada, lo cual no tenía sentido porque el termostato marca ciclos automáticos. Saqué el medidor portátil y la lectura era normal. Seiscientas partes por millón. Perfectamente normal. Pero la tableta seguía marcando mil doscientas. Revisé el sensor de pared y noté algo: la rejilla de ventilación debajo de él estaba húmeda. No mojada, húmeda. Como si alguien hubiera respirado sobre ella durante mucho tiempo. Limpié la rejilla, reinicié el sensor y volví al módulo B. Le resté importancia. Condensación, pensé.
Turno 31 - escalada 1 1
Una hora después, la alerta volvió. Misma lectura, mismo módulo. Fui otra vez. Esta vez, antes de abrir la compuerta, me detuve. Del otro lado venía un sonido que no pertenecía a ningún sistema que yo conociera. Un golpeteo arrítmico, como nudillos contra metal, pero demasiado lento. Toc. Silencio. Toc, toc. Silencio largo. Toc. Abrí la compuerta y el sonido paró. El módulo estaba exactamente igual: oscuro, frío, cajas de suministros aseguradas con correas. Pero el olor había cambiado. Ya no era plástico y desinfectante. Era algo orgánico, dulzón, como fruta olvidada dentro de una bolsa de plástico. Revisé cada contenedor. Todo sellado. Floté hasta el fondo del módulo y apunté mi linterna al techo. Las correas de sujeción del panel superior estaban tensas. Algo las presionaba desde dentro. Algo que no debería tener peso en gravedad cero.
Turno 31 - escalada 2 1
Volví a la sala de control. Quería revisar las cámaras del módulo C. Las grabaciones de seguridad se almacenan en ciclos de doce horas y tardé unos minutos en encontrar el archivo correcto. Retrocedí hasta las dos de la mañana. El módulo vacío en visión nocturna, tonos verdes, todo inmóvil. A las 2:47 la imagen tembló. No como interferencia. Como si la cámara hubiera sentido una vibración física. Y entonces, en la esquina inferior derecha, algo se movió. Una sombra que no correspondía a ningún objeto del inventario. Se desplazaba pegada al techo, lenta, como líquido espeso buscando una grieta. No tenía forma definida. Duró once segundos y desapareció justo antes de que la alerta de CO2 saltara. Rebobiné. Lo vi tres veces. A la cuarta, noté algo que me secó la boca: la sombra no se alejaba de la cámara. Se acercaba a la rejilla de ventilación. La misma rejilla que yo había tocado con las manos desnudas.
Turno 31 - climax 1Turno 31 - climax 2
No debí volver. Lo sé ahora. Pero en ese momento necesitaba una explicación racional, algo que pudiera escribir en un informe sin parecer un demente. Abrí la compuerta del módulo C por tercera vez esa noche. El frío era peor. Mi aliento se condensaba en nubes densas, cosa que jamás pasa con el sistema de climatización funcionando. La linterna parpadeó. No se apagó, parpadeó, como si la energía tuviera pulso. Y entonces lo sentí en la nuca. No fue un soplo de aire. Fue presión. Como si alguien estuviera justo detrás de mí, tan cerca que el aire entre nosotros ya no tenía espacio para moverse. No me giré. No podía. Mi cuerpo entero se negó a obedecer esa orden. Pero vi mi sombra proyectada en la pared por la luz de la linterna. Una sola sombra. Y después, sin que nada se moviera detrás de mí, fueron dos. La segunda era más grande. Más larga. Y se inclinaba hacia mi sombra como si la estuviera oliendo. Flotamos así, la cosa y yo, durante lo que pudieron ser cinco segundos o cinco minutos. El olor dulzón era insoportable, tan denso que podía sentirlo en la lengua, pegajoso como miel podrida. Algo rozó mi mano izquierda. No era metal. No era tela. Era tibio, húmedo, y se retiró antes de que pudiera reaccionar. Me impulsé hacia la compuerta sin mirar atrás y la sellé con el código de emergencia.
Turno 31 - resolucion 1
Reporté una fuga de amoniaco falsa para que sellaran el módulo C con protocolo de contención química. Nadie iba a creerme si decía la verdad. Han pasado dos meses. El módulo sigue sellado. Mis compañeros bromean diciendo que exageré con la fuga. Yo me río con ellos. Pero hay algo que no le he dicho a nadie. Cada noche, exactamente a las 2:47, el sensor de CO2 del módulo C envía una lectura a mi tableta. Siempre la misma cifra: mil doscientas partes por millón. Y cada noche, la cifra es un poco más alta. Anoche marcó mil cuatrocientas. Como si lo que sea que respira ahí dentro estuviera creciendo. O como si hubiera aprendido a respirar más fuerte para que yo lo supiera. A veces, cuando el pasillo está en silencio y el ventilador baja de ciclo, juro que escucho los golpes. Pero ya no vienen del módulo C. Vienen del conducto de ventilación sobre mi litera.

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